Si pudieras viajar a una calle de la antigua Roma y asomarte a una lavandería, lo primero que te golpearía no sería la vista, sino el olfato. Aquellos talleres apestaban a amoníaco de una forma difícil de imaginar, porque el ingrediente estrella para lavar la ropa no era el jabón, sino algo mucho más barato y abundante: la orina humana, recogida, fermentada y vertida en grandes cubas donde los trabajadores la pisoteaban junto con las prendas. Suena repugnante, pero no era la ocurrencia de un puñado de excéntricos: era la forma normal en que toda una civilización mantenía limpia su ropa, y detrás de esa costumbre había una lógica química impecable.
Una lavandería que apestaba
El lavado de la ropa era en Roma un oficio especializado y muy necesario. Las túnicas y las togas se hacían sobre todo de lana, una fibra delicada, grasienta por naturaleza y difícil de limpiar. De ello se encargaban los bataneros, llamados fullones, que trabajaban en talleres conocidos como fullonicae. No era un trabajo doméstico ni menor: en ciudades como Pompeya se han excavado varias de estas lavanderías, con sus hileras de pilas y cubas de piedra decoradas incluso con pinturas, y sabemos que el gremio tenía peso económico y hasta sus propias fiestas. Eso sí, el olor era tan intenso que estos talleres no eran precisamente los vecinos más apreciados de la manzana.

El secreto químico: el amoníaco
¿Por qué orina? La respuesta está en la química, aunque los romanos no la formularan en esos términos. La orina fresca contiene urea, una sustancia inofensiva; pero cuando se deja reposar durante días, unas bacterias la descomponen y liberan amoníaco. El amoníaco es una sustancia alcalina y un potente desengrasante: rompe las grasas y la suciedad, y ese es exactamente el problema de la lana. Dicho de otro modo, la orina fermentada funcionaba como un detergente natural y, además, ayudaba a fijar y avivar los colores de los tintes. Los romanos habían dado, por pura experiencia, con un producto de limpieza eficaz y gratuito. Todavía hoy muchos limpiacristales y quitagrasas domésticos contienen amoníaco por la misma razón.

La danza del batanero
El proceso completo era todo un arte. Las prendas se metían en cubas llenas de agua mezclada con orina y con una arcilla especial llamada «tierra de batán», que absorbía la grasa. Entonces empezaba la parte más llamativa: los fullones se metían dentro de las pilas y pisoteaban la ropa durante horas, saltando y bailando sobre los tejidos para que la mezcla penetrara bien en la fibra. Los romanos, con su sentido del humor, llamaban a ese pisoteo el «baile del batanero».
Después venían el aclarado en agua limpia, el cardado de la superficie con cardos o con piel de erizo para levantar el pelillo de la lana, y el blanqueado. Para dejar las togas de un blanco impecable, colgaban las prendas sobre una estructura de mimbre y quemaban debajo azufre, cuyos vapores actuaban como blanqueador. Finalmente se prensaban y se doblaban. Una toga bien tratada era un símbolo de estatus, y mantenerla reluciente costaba mucho trabajo… y muchos litros de orina.
Recogida en las esquinas
Semejante demanda exigía un suministro constante de materia prima. Para conseguirlo, los fullones colocaban grandes vasijas de barro en las esquinas de las calles y a las puertas de sus talleres, para que los transeúntes las usaran como urinarios públicos. Cuando estaban llenas, se recogían y se dejaban fermentar durante días hasta que soltaban el amoníaco. Muchas casas tampoco tenían desagüe, así que los orinales domésticos se vaciaban en esos mismos recipientes. De esta forma, algo que hoy tiramos sin pensar se convertía en un recurso valioso que circulaba por la ciudad. Y todo ese trasiego terminó llamando la atención de la persona menos esperada: el emperador.
El impuesto de Vespasiano y el dinero que no huele
El emperador Vespasiano, que gobernó entre los años 69 y 79 d. C. y necesitaba dinero para sanear las arcas del Estado, tuvo una idea muy práctica: gravar con un impuesto la recogida y venta de orina de los urinarios públicos. La medida provocó cierto escándalo. Según cuenta el historiador Suetonio, el propio hijo del emperador, Tito, le reprochó lo indigno de cobrar por algo tan sucio. La respuesta de Vespasiano se hizo legendaria: acercó a la nariz de su hijo una moneda del primer pago y le preguntó si le molestaba el olor. Como Tito respondió que no, el emperador replicó que aquel dinero, sin embargo, salía de la orina.
De aquella anécdota nació la célebre expresión latina «pecunia non olet», es decir, «el dinero no huele», que aún hoy se usa para decir que el origen del dinero no importa mientras sea dinero. El vínculo fue tan duradero que, siglos después, en Francia los urinarios públicos callejeros se llamaron «vespasiennes» en recuerdo de aquel emperador con olfato para los negocios.
Más allá de la colada
El uso de la orina no se limitaba a lavar la ropa. En el mundo antiguo se empleó también para curtir el cuero, ablandando las pieles, y como ingrediente en la fabricación de ciertos tintes. Y hay un uso que hoy resulta especialmente chocante: varios autores romanos mencionan con sorna la costumbre de algunos pueblos de usar orina como enjuague para blanquear los dientes. Por sorprendente que parezca, tenía su fundamento, porque el amoníaco es un buen agente blanqueador; el poeta Catulo se burla precisamente de un personaje por lucir una sonrisa reluciente gracias a esa práctica.
Vista con ojos modernos, toda esta historia mezcla lo repugnante con lo ingenioso. Sin jabones industriales ni productos químicos de laboratorio, los romanos supieron identificar en un desecho cotidiano un limpiador eficaz, montaron a su alrededor todo un oficio y una economía, y hasta lo convirtieron en fuente de ingresos para el Estado. La próxima vez que eches detergente en la lavadora, piensa que estás usando, en el fondo, una versión mucho más refinada de un truco que en Roma resolvían con una vasija en la esquina de la calle.
