Kublai Kan: el nieto de Gengis que conquistó toda China

Kublai Kan: el nieto de Gengis que conquistó toda China

Nieto de un conquistador

Kublai nació en el año 1215, en plena expansión del mayor imperio terrestre que ha conocido la historia. Era nieto de Gengis Kan, el guerrero que había unido a las tribus nómadas de la estepa y lanzado a los mongoles a una conquista que se extendería desde el mar de China hasta las puertas de Europa. Hijo de Tolui, uno de los hijos de Gengis, Kublai creció entre la vida guerrera de los jinetes y una creciente curiosidad por las civilizaciones sedentarias que su familia sometía.

Esa doble mirada lo distinguiría de sus antepasados. Mientras muchos mongoles despreciaban a los pueblos agrícolas y solo veían en ellos botín, Kublai comprendió pronto que un imperio no se sostiene solo a caballo. Se rodeó de consejeros chinos, se interesó por su cultura, su administración y sus filosofías, y empezó a soñar no con saquear China, sino con gobernarla como un verdadero emperador.

La lucha por el trono mongol

El camino al poder no fue sencillo. Tras la muerte de su hermano, el gran kan Möngke, en el año 1259, estalló una guerra de sucesión entre Kublai y su hermano menor, Ariq Böke, que contaba con el apoyo de los mongoles más tradicionales de la estepa. La contienda duró varios años y terminó con la victoria de Kublai en el año 1264. Pero aquel enfrentamiento tuvo un precio: el inmenso Imperio mongol, ya de por sí difícil de gobernar, se fue fragmentando de hecho en varios kanatos cada vez más independientes.

Kublai obtuvo el título de gran kan, pero su autoridad real sobre los kanatos occidentales era más nominal que efectiva. Su poder verdadero se concentraba en el este, sobre Mongolia y el norte de China. Lejos de lamentarlo, Kublai volcó su ambición en ese territorio y decidió convertirse en algo más que un jefe de la estepa: quería ser el emperador de China.

El emperador que se hizo chino

En el año 1271, Kublai dio un paso histórico: proclamó una nueva dinastía imperial al estilo chino, la dinastía Yuan, y se presentó como su primer emperador. Era una jugada política de enorme calado. En lugar de gobernar como un ocupante extranjero, se envolvió en la legitimidad milenaria de los emperadores de China, adoptando sus ritos, su burocracia y su idea del poder.

Trasladó el centro de su imperio a una nueva capital construida en el emplazamiento de la actual Pekín, conocida entonces como Kanbaliq, la ciudad del kan. Desde allí gobernó un Estado que combinaba la eficacia militar mongola con la sofisticada administración china. Impulsó el uso del papel moneda, mantuvo un extenso sistema de postas y correos que agilizaba las comunicaciones, y practicó una notable tolerancia religiosa, acogiendo por igual a budistas, musulmanes, cristianos y seguidores de otras creencias. Fue en su corte donde, según su famoso relato, el mercader veneciano Marco Polo afirmó haber servido durante años, maravillado por la riqueza y la organización de aquel imperio.

Su gobierno, sin embargo, nunca fue una fusión entre iguales. Kublai organizó a la población en categorías jerárquicas que situaban a los mongoles y a sus aliados extranjeros por encima de los chinos, sobre todo de los del sur, apartados de los cargos de mayor confianza. Encargó incluso la creación de un nuevo alfabeto, ideado por un monje tibetano, con la ambición de escribir con un mismo sistema todas las lenguas del imperio. Amplió el Gran Canal para llevar el grano del sur hasta la capital y embelleció Kanbaliq con palacios, murallas y jardines que dejaron atónitos a los viajeros. La suya fue una síntesis singular: un soberano mongol que se apoyaba en la tradición china sin dejar nunca de recordar a todos quién mandaba.

Marco Polo
El viajero veneciano cuyo relato difundió en Europa la fama de la corte de Kublai.

La caída de la China Song

El gran objetivo militar de Kublai fue completar algo que ni su abuelo había logrado: la conquista del sur de China, gobernado por la próspera y refinada dinastía Song. Era un enemigo formidable, protegido por ríos, ciudades amuralladas y una economía avanzada. La campaña exigió a los mongoles aprender un tipo de guerra ajeno a su tradición: asedios prolongados y, sobre todo, combate naval, pues los jinetes de la estepa tuvieron que construir flotas de guerra.

El punto de inflexión de aquella larga guerra fue el asedio de la fortaleza de Xiangyang, que vigilaba el acceso al corazón del sur. La ciudad resistió durante años hasta que los mongoles, con la ayuda de ingenieros llegados de Oriente Próximo, emplearon enormes máquinas de asedio capaces de batir sus murallas. Su caída abrió el camino hacia las ricas tierras meridionales y precipitó el desenlace de la contienda.

La resistencia Song fue tenaz, pero acabó cediendo. El desenlace llegó en el año 1279 en la batalla naval de Yamen, frente a la costa meridional. Acorralada la corte Song, un funcionario saltó al mar con el último emperador, todavía un niño, en brazos antes que rendirse. Con aquella tragedia, toda China quedaba por primera vez bajo dominio mongol, unificada bajo el cetro de Kublai. Nunca antes un pueblo de la estepa había gobernado el país entero.

El viento divino: el límite de su poder

Ni el imperio más poderoso de su tiempo era invencible. Kublai lanzó ambiciosas expediciones más allá de China que terminaron en fracaso. Las más famosas fueron sus dos intentos de invadir Japón, en los años 1274 y 1281. En ambas ocasiones, enormes flotas mongolas fueron destrozadas por violentos tifones justo cuando se disponían a desembarcar. Los japoneses interpretaron aquellas tormentas providenciales como un viento divino, kamikaze en su idioma, enviado por los dioses para protegerlos. La palabra sobreviviría durante siglos.

Tampoco tuvieron éxito sus campañas en el sudeste asiático, en las selvas de Vietnam, Champa o Birmania, y una expedición naval a la lejana Java acabó igualmente en desastre. El clima, las enfermedades y la distancia frenaron una y otra vez a los ejércitos de Kublai. El imperio había alcanzado sus límites naturales, y ni todo su poder podía superarlos.

Xanadú y el eco de un imperio

Kublai poseía una fastuosa residencia de verano, Shangdu, que la imaginación occidental transformaría siglos después en la legendaria Xanadú, sinónimo de opulencia y exotismo gracias a los relatos de viajes y a la poesía europea. Sus últimos años fueron menos gloriosos: la muerte de su esposa favorita y de su heredero lo sumieron en la tristeza, y se cuenta que buscó consuelo en la comida y la bebida, deteriorando su salud.

Murió en el año 1294, dueño de un imperio inmenso pero ya imposible de gobernar en su totalidad. La dinastía Yuan que había fundado sobrevivió menos de un siglo: en el año 1368 fue derrocada por una rebelión que dio paso a la dinastía Ming, de nuevo de origen chino. Aun así, la figura de Kublai marcó una época. Fue el hombre que transformó a los mongoles de saqueadores en gobernantes, que unificó China bajo un solo cetro y que, desde su corte deslumbrante, tendió puentes entre Oriente y Occidente. Bajo su cetro, viajeros, mercancías e ideas circularon entre Europa y Asia con una fluidez desconocida hasta entonces. El nieto del conquistador de la estepa acabó siendo, ante todo, un emperador.