Nelson: el almirante manco y tuerto que dominó los mares de Europa

Nelson: el almirante manco y tuerto que dominó los mares de Europa

Del hijo de un pastor rural al mando de una flota

Nada en la infancia de Horatio Nelson anunciaba al héroe naval más célebre de la historia británica. Nació en 1758 en Burnham Thorpe, un tranquilo pueblo del condado de Norfolk, como uno de los muchos hijos de un modesto pastor anglicano. De salud frágil y complexión menuda, ingresó en la Marina Real a los doce años gracias a la mediación de un tío materno que era capitán de navío. El mar de aquella época era una escuela dura: enfermedades, disciplina brutal y travesías interminables curtían o destruían a los muchachos.

Nelson prosperó. A los veinte años ya era capitán, una edad temprana incluso para los estándares de entonces. Pronto demostró dos rasgos que definirían su carrera: una audacia rayana en la temeridad y un don extraordinario para inspirar lealtad en sus hombres. No se limitaba a dar órdenes desde la distancia; compartía el peligro, explicaba sus planes a sus capitanes y convertía a cada tripulación en algo parecido a una familia. Esa cercanía, que él mismo llamaba «el toque Nelson», sería tan decisiva como su instinto táctico.

Horatio Nelson
Horatio Nelson, el marino que perdió un ojo y un brazo sin perder nunca su audacia.

Las heridas de un héroe

La leyenda de Nelson está escrita en su propio cuerpo. En 1794, durante el asedio de Calvi, en Córcega, la metralla y las piedras levantadas por un impacto le dañaron gravemente el ojo derecho; nunca quedó del todo ciego, pero perdió casi por completo la visión de ese lado. Tres años después, en 1797, dirigió un asalto anfibio contra Santa Cruz de Tenerife que resultó un fracaso sangriento: la operación fue rechazada por los defensores y una descarga le destrozó el brazo derecho, que hubo que amputar esa misma noche.

Conviene aquí una precisión honesta, porque su fama de invicto se ha exagerado con los años. El desembarco de Tenerife fue una derrota clara y costosa. Lo que hizo de Nelson una figura irrepetible no fue no perder jamás, sino ganar precisamente las grandes batallas de flota que decidían el destino de las naciones. Manco y medio ciego, lejos de retirarse, regresó al servicio con una determinación redoblada. Aquel cuerpo maltrecho se convirtió en símbolo de una entrega absoluta a su país.

La audacia de San Vicente

El año 1797 no solo le costó un brazo; también le dio su primer gran renombre. En la batalla del cabo de San Vicente, frente a las costas del suroeste de la península ibérica, la flota británica se enfrentó a una escuadra española muy superior en número. En pleno combate, Nelson desobedeció la maniobra prevista y sacó su navío de la línea por iniciativa propia para cerrar el paso a los barcos españoles que trataban de escapar. Acto seguido lideró en persona el abordaje de dos navíos enemigos, saltando de uno al otro. Aquella hazaña temeraria, contraria a toda ortodoxia naval, lo convirtió de golpe en un héroe y le valió el ascenso y una condecoración.

El Nilo: la trampa que atrapó a Napoleón

En 1798, un joven general francés llamado Napoleón Bonaparte había desembarcado en Egipto con un ambicioso plan: amenazar la ruta británica hacia la India y construir un imperio en Oriente. La flota que lo había transportado fondeaba confiada en la bahía de Abukir, junto a una de las bocas del Nilo. Nelson la encontró al atardecer y tomó una decisión que nadie esperaba: en lugar de aguardar al día siguiente, atacó de inmediato y deslizó parte de sus barcos entre la línea francesa y la costa, un espacio que los franceses creían intransitable.

Atrapada entre dos fuegos, la escuadra francesa fue aniquilada en la que se conoce como Batalla del Nilo. El buque insignia enemigo, el enorme Orient, saltó por los aires en una explosión que, según los testigos, detuvo por unos instantes el propio combate. La victoria fue estratégica además de táctica: dejó a Napoleón y a su ejército aislados en Egipto, sin posibilidad de recibir refuerzos ni de regresar con facilidad. Fue uno de los golpes más humillantes de toda la carrera del futuro emperador.

Batalla del Nilo
En la bahía de Abukir (1798), Nelson destruyó la flota francesa y dejó a Napoleón atrapado en Egipto.

Copenhague y el ojo ciego

En 1801, en la batalla de Copenhague, Nelson protagonizó una de las anécdotas más célebres de la historia naval. Durante el combate, su superior le envió por señales la orden de retirarse. Nelson, convencido de que estaba a punto de vencer, se llevó el catalejo a su ojo ciego y declaró con sorna que, en efecto, él no veía ninguna señal. Ignoró la orden, prosiguió el ataque y forzó una victoria. La escena, mezcla de insubordinación y genio, resume el temperamento de un hombre que confiaba en su propio juicio por encima de casi todo.

Trafalgar: la victoria que costó su vida

El 21 de octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, en la costa suroeste de España, Nelson se enfrentó a la flota combinada franco-española al mando del almirante Villeneuve. Antes del combate hizo transmitir a sus barcos un mensaje que se haría inmortal: «Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber». En lugar de alinear su flota en paralelo a la enemiga, como mandaba la tradición, ordenó a sus navíos avanzar en dos columnas perpendiculares para cortar la línea rival en varios puntos y provocar un combate cuerpo a cuerpo donde la superior artillería y disciplina británicas serían decisivas.

Batalla de Trafalgar
En Trafalgar, la flota británica cortó la línea franco-española en dos columnas y logró una victoria total.

El plan funcionó a la perfección. La flota aliada quedó partida y batida barco a barco; los británicos capturaron o destruyeron una veintena de navíos sin perder ni uno solo. Pero la victoria tuvo un precio terrible. Desde la cofa del navío francés Redoutable, un tirador disparó sobre la cubierta del buque insignia de Nelson, el HMS Victory, y lo alcanzó. Trasladado bajo cubierta, el almirante agonizó durante horas, el tiempo justo para saber que había ganado. Sus últimas palabras, dirigidas a su capitán y amigo Hardy, y su murmullo final —«Gracias a Dios, he cumplido con mi deber»— sellaron la leyenda.

Un mito nacional

Trafalgar aseguró el dominio británico de los mares durante más de un siglo y alejó para siempre cualquier amenaza de invasión sobre las islas. Nelson, muerto en el instante de su mayor triunfo, se transformó de inmediato en un héroe casi mitológico. Su cuerpo fue llevado a Londres y enterrado con honores de Estado en la catedral de San Pablo. Décadas después, la nación coronó una de sus plazas más famosas con una altísima columna en su honor, la Columna de Nelson, en el lugar que lleva el nombre de su última batalla: Trafalgar Square.

Su vida privada, marcada por una apasionada y escandalosa relación con Emma Hamilton, alimentó tanto su fama como la maledicencia de su época. Pero por encima de todo quedó la imagen del comandante que convertía la desventaja en victoria, que se hacía querer por sus marineros y que exigía de sí mismo más que de nadie. En la memoria británica, Nelson no es solo un almirante: es la encarnación de una época en la que el destino de un imperio se jugaba en la cubierta de un barco de madera.