En el año 31 a.C., frente a la costa occidental de Grecia, cerca de un promontorio llamado Accio, se decidió el destino del mundo romano. En un combate naval se enfrentaron las flotas de Octavio, heredero de Julio César, y las de Marco Antonio, aliado con la reina Cleopatra de Egipto. De aquella jornada salió el vencedor que pondría fin a un siglo de guerras civiles y fundaría, bajo el nombre de Augusto, el Imperio romano. Rara vez una batalla ha tenido consecuencias tan largas.
La agonía de la República
La República romana llevaba décadas desangrándose en guerras civiles. Tras el asesinato de Julio César en el año 44 a.C., el poder había quedado en manos de un incómodo reparto entre sus principales herederos. Octavio, su joven sobrino nieto e hijo adoptivo, se hizo fuerte en Occidente, con Roma e Italia como base. Marco Antonio, veterano lugarteniente de César y consumado general, asumió el control del rico Oriente. Durante un tiempo, ambos mantuvieron un frágil entendimiento, sellado incluso con el matrimonio de Antonio con Octavia, la hermana de Octavio. Pero las ambiciones de los dos hombres eran incompatibles: en un Estado que ya no cabía en las viejas instituciones republicanas, solo podía haber un amo. El choque final era cuestión de tiempo.
Antonio y Cleopatra
En Oriente, Marco Antonio se había unido sentimental y políticamente a Cleopatra VII, la última gran soberana de la dinastía ptolemaica que gobernaba Egipto, el país más rico del Mediterráneo. La alianza le proporcionaba dinero, barcos y grano, pero también un arma propagandística fatal en manos de su rival. Octavio supo presentar a Antonio ante la opinión pública romana no como un ciudadano ambicioso, sino como un romano degenerado, sometido a una reina extranjera y dispuesto a regalar territorios de Roma a los hijos que había tenido con ella. El repudio de Octavia colmó el vaso. Hábilmente, Octavio evitó declarar una guerra civil —que habría horrorizado a los romanos, cansados de matarse entre sí— y en su lugar declaró la guerra a Cleopatra, presentando el conflicto como una cruzada de Roma contra una amenaza oriental. Con ello convertía a Antonio en un simple traidor al servicio de una extranjera.

La partida de Agripa
La campaña se libró en el mar Jónico y en la costa de Grecia, donde Antonio concentró sus fuerzas terrestres y navales. Su flota era imponente: grandes naves de guerra, pesadas y erizadas de torres, capaces de embestir y de servir de plataformas para nutridos contingentes de soldados. Pero Octavio contaba con una baza decisiva: su amigo y almirante Marco Vipsanio Agripa, uno de los mejores estrategas navales de la Antigüedad. En lugar de buscar el choque frontal, Agripa desplegó una guerra de desgaste: fue tomando bases y puertos a lo largo de la costa griega y cortando las líneas de suministro de Antonio. Poco a poco, el gran ejército y la flota de Antonio quedaron acorralados en el golfo de Ambracia, con las provisiones menguando y las tripulaciones diezmadas por el hambre y las enfermedades. Antes incluso de que se librara la batalla, Antonio estaba ya medio vencido por el bloqueo.

La batalla de Accio
El 2 de septiembre del año 31 a.C., Antonio decidió romper el cerco por mar. Sacó su flota del golfo y la desplegó frente a la de Octavio y Agripa a la entrada del estrecho. Lo que ocurrió a continuación ha sido discutido durante siglos, en parte porque la versión que ha llegado hasta nosotros procede de los vencedores. Las pesadas naves de Antonio y las más ligeras y maniobrables de Agripa combatieron durante horas sin una ventaja clara. Entonces se produjo el episodio que definió la jornada: en pleno combate, el escuadrón de Cleopatra, situado en la retaguardia, izó velas y puso rumbo al sur, hacia Egipto, atravesando la línea de batalla. Antonio, al verlo, abandonó su propia nave insignia, transbordó a un buque más rápido y siguió a la reina, dejando atrás al grueso de su flota. Privadas de su jefe, muchas de sus naves se rindieron o fueron incendiadas. Lo que iba a ser una batalla decisiva terminó, en buena medida, como una fuga.
De Octavio a Augusto
La huida de Accio selló el destino de Antonio y Cleopatra. Sin flota y con su prestigio hundido, sus aliados y legiones fueron pasándose al bando vencedor. Un año después, en el 30 a.C., Octavio invadió Egipto. Acorralados en Alejandría y sin salida, primero Antonio y luego Cleopatra se quitaron la vida; con la muerte de la reina, el milenario Egipto de los faraones se convirtió en una provincia más de Roma. Octavio regresó a la capital convertido en el hombre más poderoso del mundo conocido, dueño único de un Estado inmenso. Con astucia política, no se proclamó rey ni dictador —títulos odiados por los romanos—, sino que fingió restaurar la República mientras concentraba en sus manos todos los resortes del poder. En el año 27 a.C. el Senado le concedió el título de Augusto. Había nacido el Imperio romano, y con él una era de paz interior, la Pax Romana, que duraría dos siglos. Todo ello arrancó de aquella tarde de septiembre frente a Accio, cuando una flota puso rumbo a Egipto y cambió el curso de la historia.
