Guerras ganadas en la sombra: el poder oculto del espionaje

Guerras ganadas en la sombra: el poder oculto del espionaje

La quinta columna invisible

En el siglo V antes de nuestra era, el estratega chino Sun Tzu cerró su tratado El arte de la guerra con un capítulo dedicado por entero a los espías. Su tesis era tan sencilla como incómoda: gastar fortunas en ejércitos y regatear el dinero de la información era, decía, el colmo de la insensatez, porque condenaba a miles de soldados a morir por ignorancia. Para Sun Tzu, conocer al enemigo por anticipado no era cuestión de augurios ni de dioses, sino de personas capaces de moverse en la sombra.

El maestro chino llegó a clasificar a los espías en cinco tipos, desde los informantes locales hasta los agentes dobles y los que él llamaba espías condenados, a quienes se hacía llegar información falsa para que la confesaran en el bando contrario. Aquella tipología, escrita hace más de dos mil años, describe con inquietante precisión el mundo del espionaje moderno. Porque si algo demuestra la historia militar es que muchas guerras no se ganaron en el campo de batalla, sino mucho antes, en despachos discretos donde alguien leyó el correo del enemigo.

La idea de fondo es siempre la misma: quien sabe lo que el adversario piensa hacer puede prepararse, tender trampas o esquivar el golpe. La información, bien empleada, multiplica el valor de cada soldado y de cada cañón. Por eso el espionaje no es un adorno de la guerra, sino una de sus armas más antiguas y decisivas.

Sun Tzu
El estratega Sun Tzu dedicó todo un capítulo del Arte de la guerra a los espías

El maestro de espías de Isabel I

Casi veinte siglos después, la reina Isabel I de Inglaterra reinaba sobre un país rodeado de enemigos y amenazado por conspiraciones. Su escudo fue un hombre austero y meticuloso: Francis Walsingham, secretario de Estado y organizador de una de las primeras redes de inteligencia de la Europa moderna. Walsingham tejió una malla de informantes que se extendía por las cortes del continente y, sobre todo, perfeccionó el arte de interceptar y descifrar cartas.

Su golpe maestro llegó en 1586, cuando destapó la llamada conspiración de Babington, un complot para asesinar a Isabel y colocar en el trono a María Estuardo, reina de Escocia. Los conspiradores se comunicaban mediante cartas cifradas escondidas en toneles de cerveza, convencidos de su secreto. Pero cada mensaje pasaba por las manos de Thomas Phelippes, el criptoanalista de Walsingham, que rompía las claves con facilidad.

Walsingham no solo leyó la correspondencia: llegó a falsificar una posdata para que María revelara los nombres de sus cómplices. Aquellas cartas descifradas fueron la prueba que llevó a la reina escocesa al cadalso. El espionaje, más que cualquier ejército, había decidido el destino de una corona y la seguridad de todo un reino.

Francis Walsingham
Francis Walsingham, el meticuloso maestro de espías de Isabel I de Inglaterra

El telegrama que arrastró a un país a la guerra

Avancemos hasta enero de 1917. La Primera Guerra Mundial se había estancado en el barro de las trincheras y Alemania buscaba una salida desesperada. El ministro de Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, envió un telegrama cifrado a su embajada en México con una propuesta explosiva: si Estados Unidos entraba en la guerra, Alemania ayudaría a México a recuperar los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona perdidos décadas atrás.

El mensaje nunca llegó a su destino sin ser leído. Los criptoanalistas británicos de la célebre Sala 40 del Almirantazgo interceptaron y descifraron el telegrama. Conscientes de su valor, los británicos maniobraron con astucia para hacerlo público sin revelar que espiaban las comunicaciones ajenas. Cuando el contenido del telegrama Zimmermann apareció en la prensa estadounidense, la indignación fue inmensa. Semanas después, Estados Unidos declaraba la guerra a Alemania. Un puñado de descifradores había inclinado la balanza de un conflicto mundial sin disparar un solo tiro.

Telegrama Zimmermann
El telegrama Zimmermann descifrado, uno de los mayores golpes de inteligencia de la historia

La guerra secreta de Bletchley Park

Ninguna operación de inteligencia ha alcanzado la escala ni la trascendencia de la que se libró durante la Segunda Guerra Mundial en una mansión victoriana al norte de Londres. En Bletchley Park, miles de matemáticos, lingüistas y aficionados al ajedrez trabajaron día y noche para romper los códigos de la máquina Enigma, el sofisticado sistema de cifrado que el ejército alemán creía inviolable.

Enigma podía generar un número astronómico de combinaciones, y sus ajustes cambiaban cada día a medianoche. Sin embargo, el equipo británico, con el matemático Alan Turing a la cabeza y apoyándose en los avances previos de los criptógrafos polacos, diseñó máquinas electromecánicas, las bombas, capaces de reducir esas combinaciones a algo manejable. La inteligencia obtenida al descifrar los mensajes alemanes recibió el nombre en clave de Ultra.

Ultra permitió a los Aliados conocer los movimientos de los submarinos alemanes en el Atlántico, anticipar ofensivas y proteger convoyes vitales. Los historiadores debaten cuánto acortó la guerra, pero muchos coinciden en que pudo adelantar el final del conflicto en varios años y salvar millones de vidas. Y todo se mantuvo en un secreto tan hermético que su alcance no se hizo público hasta décadas después, cuando muchos de sus protagonistas ya habían muerto sin poder contar lo que hicieron.

Midway: cuando un mensaje falso decidió el Pacífico

Al otro lado del mundo, el criptoanálisis obraba un milagro parecido. En la primavera de 1942, los descifradores estadounidenses de Pearl Harbor habían penetrado parcialmente el código naval japonés. Sabían que se preparaba un gran ataque contra un objetivo identificado solo por las siglas AF, pero desconocían cuál era. El oficial Joseph Rochefort sospechaba que se trataba del atolón de Midway y urdió una trampa: ordenó que la guarnición de Midway enviara por radio, en un código sencillo, un mensaje diciendo que su planta desaladora se había averiado y sufría escasez de agua.

Poco después, la inteligencia japonesa transmitió que AF padecía problemas de agua. La trampa había funcionado: AF era Midway. Gracias a ello, el almirante Nimitz supo dónde y cuándo atacaría la flota japonesa y pudo tender una emboscada. La batalla de Midway, en junio de 1942, costó a Japón cuatro portaaviones y marcó el punto de inflexión de la guerra en el Pacífico. Una mentira sobre una planta de agua había cambiado el rumbo de un océano.

Batalla de Midway
Portaaviones en la batalla de Midway, cuyo desenlace dependió en parte del criptoanálisis

El engaño como arma: la sombra sobre Normandía

El espionaje no consiste solo en robar secretos, sino también en sembrar mentiras. En vísperas del desembarco de Normandía, en 1944, los Aliados montaron una gigantesca operación de engaño llamada Fortitude para convencer a Hitler de que el ataque principal caería sobre Paso de Calais y no sobre las playas normandas. Crearon ejércitos fantasma con tanques hinchables y tráfico de radio ficticio, y se apoyaron en un sistema extraordinario: casi todos los espías alemanes en Gran Bretaña habían sido capturados y convertidos en agentes dobles, de modo que la información que enviaban a Berlín la dictaban los propios británicos.

El engaño funcionó tan bien que, incluso después del desembarco, el mando alemán mantuvo divisiones enteras esperando un segundo ataque que nunca llegó. En una operación anterior, la ingeniosa Mincemeat, los británicos habían dejado a la deriva el cadáver de un supuesto oficial con documentos falsos para desviar la atención alemana de la invasión de Sicilia. En ambos casos, la guerra se libró en la mente del enemigo antes que en el campo de batalla.

La lección perdurable

De los espías de Sun Tzu a las máquinas de Bletchley Park, un hilo une veinticinco siglos de historia militar: la información vale tanto como el acero, y a veces mucho más. Ejércitos numéricamente superiores han sido derrotados por conocer demasiado tarde las intenciones del adversario, y potencias en apuros se han salvado gracias a un mensaje interceptado a tiempo.

El espionaje rara vez aparece en los cuadros heroicos ni en los monumentos. Sus protagonistas trabajan en silencio y a menudo mueren sin reconocimiento, atados por juramentos de secreto que duran décadas. Sin embargo, su influencia sobre el destino de las naciones ha sido inmensa. La guerra visible, la de las cargas y las banderas, siempre ha tenido una hermana invisible que, desde la sombra, decidía muchas veces quién ganaría antes incluso de que sonara el primer disparo.