La batalla de Crécy se libró el 26 de agosto de 1346, en el norte de Francia, entre el ejército inglés de Eduardo III y el francés de Felipe VI. Los franceses eran al menos el doble. Después de la batalla, los heraldos ingleses contaron en el campo los cuerpos de 1.542 nobles franceses, entre ellos un rey, mientras que los muertos ingleses fueron muy pocos. El historiador Andrew Ayton lo resumió así: la reputación de Inglaterra como potencia militar se ganó en una sola tarde de combate. Lo que pocas veces se cuenta es que aquella táctica no se inventó en Crécy, sino contra los escoceses, y que el mismo método llegaría veintiún años después a Castilla, a la batalla de Nájera.
La campaña de 1346: de Normandía a Crécy
La guerra había empezado en 1337. Eduardo III reclamaba la corona de Francia por su madre, Isabel, hija del rey Felipe IV, y la disputa dinástica se mezclaba con rivalidades por Gascuña, el comercio de la lana y el vasallaje feudal. Aquel conflicto duraría 116 años y pasaría a la historia como la Guerra de los Cien Años.
El 12 de julio de 1346, Eduardo desembarcó por sorpresa en Saint-Vaast-la-Hougue, en Normandía. Para cruzar el canal había reunido más de 700 barcos, la mayor flota inglesa hasta entonces. Durante seis semanas arrasó todo a su paso: el 26 de julio tomó y saqueó Caen, y a mediados de agosto quemaba aldeas a pocos kilómetros de París. Felipe VI reunió un gran ejército y lo persiguió hacia el norte. Los ingleses quedaron atrapados al sur del río Somme, con todos los puentes vigilados, hambrientos y agotados, hasta que el 24 de agosto cruzaron a la fuerza por el vado de Blanchetaque, aprovechando la marea baja. Dos días después, Eduardo decidió plantar cara en una ladera junto a la aldea de Crécy-en-Ponthieu, en unas tierras que había heredado de su madre.

Una táctica ensayada contra los escoceses
El despliegue inglés de Crécy no era una improvisación genial. Catorce años antes, en Dupplin Moor (1332), un pequeño ejército de nobles ingleses y exiliados escoceses había destrozado a las tropas del rey de Escocia con una fórmula sencilla: todos los hombres de armas a pie en el centro y los arqueros en los flancos. Al año siguiente, en Halidon Hill (1333), el propio Eduardo III la repitió con el mismo resultado. En Crécy la aplicó a una escala mucho mayor.
El ejército se dividió en tres cuerpos. Cada uno tenía en el centro a los hombres de armas desmontados, con lanceros galeses detrás, y a los arqueros en las alas y en una línea adelantada, muchos de ellos ocultos en bosquecillos o tendidos en el trigo. Delante cavaron hoyos para que los caballos tropezaran, y colocaron algunas piezas de pólvora. La vanguardia la mandaba el hijo del rey, Eduardo de Woodstock, de apenas 16 años, que pasaría a la historia como el Príncipe Negro. Los ingleses estaban en posición desde el amanecer, descansados y bien alimentados.

Las dos fuerzas, en cifras
Ninguna cifra de Crécy es exacta: los registros franceses se perdieron y los cronistas de la época exageraban sin pudor (uno llegó a hablar de 120.000 franceses). Estas son las estimaciones de los historiadores actuales.
| Inglaterra | Francia | |
|---|---|---|
| Comandante | Eduardo III | Felipe VI |
| Efectivos | Entre 7.000 y 15.000 | Al menos el doble, quizá el triple |
| Tropas clave | Unos 2.500 hombres de armas, todos a pie, y entre 5.000 y 7.000 arqueros ingleses y galeses | Unos 8.000 hombres de armas a caballo y entre 2.000 y 6.000 ballesteros genoveses |
| Ritmo de tiro | Hasta 10 flechas por minuto | Unos 2 virotes por minuto |
| Muertos | Unos 40 según el recuento posterior (algunos historiadores calculan hasta 300) | 1.542 nobles contados por los heraldos, más miles de soldados de a pie |
Cada arquero llevaba un carcaj de 24 flechas, y esa mañana recibió otros dos: 72 flechas, suficientes para unos quince minutos de tiro a máxima velocidad. Hubo que reponerlas sin parar desde los carros de la retaguardia, y en las pausas los arqueros salían a recoger las del suelo. Se calcula que en la batalla pudieron dispararse medio millón de flechas.
El duelo de los genoveses
Los exploradores franceses avistaron a los ingleses hacia el mediodía. El ejército venía de una marcha de unos 19 kilómetros desde Abbeville, desordenado y con la infantería rezagada. Los jefes aconsejaron esperar al día siguiente, pero el ataque empezó esa misma tarde. No está claro si lo decidió Felipe VI o si los caballeros más impacientes se lanzaron sin esperar órdenes. Los franceses desplegaron la oriflama, su estandarte sagrado, que significaba que no se tomarían prisioneros.
En vanguardia iban los ballesteros genoveses, mandados por Antonio Doria y Carlo Grimaldi, de la misma familia Grimaldi que hoy reina en Mónaco. Poco antes había caído un chaparrón. Los arqueros ingleses desencordaron sus arcos para protegerlos, y una crónica de la época asegura que las cuerdas de las ballestas se aflojaron con el agua, aunque otros historiadores creen que iban protegidas en fundas de cuero. Lo que sí es seguro es que los genoveses habían dejado sus paveses, los grandes escudos tras los que se cubrían para recargar, con el bagaje francés, y que el barro les hacía más lenta la recarga. Superados en alcance y en ritmo de tiro, dispararon quizá un par de andanadas y se retiraron. Los caballeros franceses que venían detrás los tomaron por cobardes o traidores y cargaron a través de ellos, matando a muchos.
Hasta medianoche: las cargas francesas
Lo que siguió fue una sucesión de cargas cuesta arriba, sobre el barro, entre los hoyos y a través de los genoveses en fuga. Las flechas herían sobre todo a los caballos, que no llevaban armadura: los animales heridos caían, derribaban a sus jinetes y desordenaban a las filas que venían detrás. Cuando los caballeros llegaban a la línea inglesa, habían perdido casi todo el impulso. Muchos murieron aplastados o asfixiados en el barro, y tras la batalla aparecieron cuerpos sin una sola herida. Al estruendo se sumaron las bombardas inglesas: el cronista florentino Giovanni Villani escribió que lanzaban bolas de hierro con fuego y hacían un ruido como de trueno, y en el campo de batalla se han encontrado balas de hierro compatibles con ellas.
Cuántas veces cargaron los franceses es algo que se discute, pero siguieron haciéndolo hasta bien entrada la noche. En una de esas cargas, el Príncipe Negro llegó a caer de rodillas, y su padre envió refuerzos de la reserva. Uno de los que murieron fue el rey Juan de Bohemia, que estaba ciego: pidió a sus caballeros que ataran las riendas de sus caballos a las del suyo para poder cargar con ellos, y murieron todos. Felipe VI recibió un flechazo en la mandíbula, perdió dos caballos y abandonó el campo cerca de la medianoche. A la mañana siguiente, las tropas francesas que seguían llegando fueron dispersadas por los ingleses, ahora a caballo, con otros miles de muertos.
Mitos de la batalla de Crécy frente a lo que dicen las fuentes
| Lo que se cuenta | Lo que dicen las fuentes |
|---|---|
| La lluvia arruinó las ballestas genovesas | Lo dice una crónica de la época y lo siguen algunos historiadores; otros creen que las cuerdas iban en fundas de cuero. Lo seguro es que no tenían sus paveses y que el barro les hacía difícil recargar. |
| Eduardo III se negó a ayudar a su hijo para que «el muchacho se ganara las espuelas» | Es una anécdota del cronista Froissart. Según otros relatos, el príncipe cayó de rodillas y su padre sí le mandó refuerzos. |
| El Príncipe Negro tomó las tres plumas y el lema «Ich dien» («yo sirvo») del rey ciego de Bohemia | La historia aparece por escrito por primera vez en 1376, y no hay pruebas de que Juan de Bohemia usara ese lema ni esa cimera. Las plumas ya aparecían en la familia desde la boda de Eduardo III con Felipa de Henao. |
| Los cañones decidieron la batalla | Hubo bombardas, pero las crónicas no se ponen de acuerdo sobre cuántas ni sobre su efecto. La batalla la decidieron los arqueros y los hombres de armas a pie. |
| Crécy fue el fin del caballero | Los ingleses ganaron con caballeros, solo que desmontados. La caballería siguió siendo decisiva durante mucho tiempo. |

De Crécy a Nájera: el Príncipe Negro en Castilla
El adolescente de Crécy volvió a usar la misma fórmula dos décadas después, y esta vez en la península ibérica. En 1366, el rey Pedro I de Castilla había sido expulsado del trono por su hermanastro, Enrique de Trastámara, apoyado por Francia y por el caballero bretón Bertrand du Guesclin. Pedro pidió ayuda al Príncipe Negro, que cruzó los Pirineos con un ejército anglo-gascón. El 3 de abril de 1367, en Nájera (La Rioja), lo desplegó como en Crécy: hombres de armas a pie en el centro y arqueros en los flancos. La victoria fue aplastante, y Pedro recuperó el trono, aunque por poco tiempo: en 1369 su hermanastro lo mató en Montiel.

De aquella campaña salió una joya que hoy se puede ver en Londres. Pedro I entregó al príncipe una gran piedra roja, el llamado «rubí del Príncipe Negro», que en realidad es una espinela de unos 170 quilates. Desde 1838 ocupa el frente de la Corona Imperial del Estado británico. Pero Nájera fue una victoria cara: Pedro no pagó lo prometido y el príncipe volvió enfermo de Castilla. Murió en 1376, antes que su padre, sin llegar a reinar.
Lo que cambió Crécy
Con el ejército francés deshecho, Eduardo III sitió el puerto de Calais, que cayó en 1347 después de once meses. Inglaterra lo conservó hasta 1558, más de dos siglos, como puerta de entrada al continente. A finales de ese mismo año de 1347 llegó a Europa la peste negra, que mató al propio Villani en 1348 y obligó a los dos reinos a prolongar la tregua.
La fórmula de Crécy se repitió en Poitiers, en 1356, donde el Príncipe Negro llegó a capturar al rey Juan II de Francia, y de nuevo en Azincourt, en 1415, casi setenta años después. Pero ganar batallas no bastó para ganar la guerra: los franceses aprendieron a evitar el choque frontal, y en el siglo siguiente, con Juana de Arco como símbolo, fueron recuperando el reino hasta que en 1453 a Inglaterra solo le quedó Calais.
Fuentes
Jean Froissart, Crónicas (siglo XIV). Jean le Bel, Verdaderas crónicas (hacia 1360). Giovanni Villani, Nuova Cronica (hasta 1348). Andrew Ayton y Philip Preston, The Battle of Crécy, 1346, Boydell Press, 2005. Clifford J. Rogers, War Cruel and Sharp: English Strategy under Edward III, 2000. Jonathan Sumption, The Hundred Years War I: Trial by Battle, 1990.




