En el verano de 1816, agricultores de Nueva Inglaterra vieron nevar en junio y helarse sus campos en pleno julio. En Europa, aún exhausta tras las guerras napoleónicas, las lluvias interminables pudrieron las cosechas y desataron la peor hambruna del siglo. Nadie entendía qué estaba pasando. La causa, sin embargo, se encontraba a más de doce mil kilómetros de distancia, en una isla del sudeste asiático: un volcán había estallado y, con él, había alterado el clima de todo el planeta.
Una montaña que perdió su cima
En abril de 1815, el monte Tambora, en la isla de Sumbawa, en las actuales Indonesia, protagonizó la erupción volcánica más potente de la que se tiene registro histórico. Se le asigna un índice de explosividad volcánica de 7, el nivel más alto alcanzado en varios milenios. Antes de la erupción, el volcán medía alrededor de 4.300 metros de altura; después quedó reducido a unos 2.850. Perdió más de un kilómetro de cima, y en su lugar se abrió una caldera de unos seis kilómetros de diámetro.
La explosión se oyó a más de dos mil kilómetros de distancia; en varios puntos la confundieron con cañonazos y llegaron a movilizar tropas creyendo que se libraba una batalla. La erupción mató de inmediato a unas diez mil personas, y decenas de miles más murieron después por el hambre y las enfermedades en la región. En total, se calculan entre setenta mil y noventa mil víctimas. La catástrofe sepultó el pequeño reino de Tambora y borró su lengua, hoy prácticamente desconocida; por eso a veces se la llama la «Pompeya de Oriente».
El velo invisible que enfrió el planeta
El poder de una erupción para cambiar el clima no está tanto en la ceniza visible como en un gas: el dióxido de azufre. El Tambora inyectó una cantidad enorme de este gas en la estratosfera, la capa alta de la atmósfera. Allí, el azufre se transformó en diminutas gotas de aerosoles de sulfato, capaces de reflejar la luz del Sol y devolverla al espacio antes de que caliente la superficie.
La diferencia con la ceniza es crucial. La ceniza es pesada y cae al suelo en pocos días; los aerosoles estratosféricos, en cambio, se extienden por todo el globo y permanecen suspendidos durante uno o dos años, actuando como una fina cortina que apantalla el sol. El resultado fue un descenso de la temperatura media global de unos 0,4 a 0,7 grados. Parece poco sobre el papel, pero fue suficiente para arruinar las estaciones de cultivo en medio planeta. Los científicos llaman a este fenómeno un «invierno volcánico».
Nieve en junio y hambre en verano
El año 1816 pasó a la historia como «el año sin verano»; en Estados Unidos lo bautizaron con una rima sombría que venía a decir «mil ochocientos y muerto de frío». En Nueva Inglaterra y el este de Canadá nevó en junio y las heladas arrasaron las cosechas en julio y agosto. En Europa, el frío y una lluvia incesante destruyeron el grano, dispararon los precios de los alimentos y provocaron motines, saqueos y una oleada de hambre que muchos consideran la última gran crisis de subsistencia del continente.
Las consecuencias fueron en cadena. El hambre debilitó a la población y facilitó la propagación del tifus, que causó estragos, especialmente en Irlanda, castigada por meses de lluvia. En la provincia china de Yunnan, el frío destruyó los arrozales y desató una hambruna terrible. El régimen de monzones se alteró en Asia, y algunos investigadores relacionan aquellas anomalías con la aparición de una nueva y agresiva cepa de cólera. Un solo volcán había puesto en jaque la alimentación de continentes enteros.

El verano que inspiró a Frankenstein
Aquel verano tenebroso también dejó una huella cultural inesperada. En junio de 1816, a orillas del lago de Ginebra, un grupo de escritores se alojaba en la Villa Diodati: lord Byron, Percy Shelley, la joven Mary Godwin —que pronto sería Mary Shelley— y el médico John Polidori. El frío y la lluvia constante los mantenían encerrados día tras día. Para entretenerse, Byron propuso que cada uno escribiera una historia de terror.
De aquel reto surgieron dos obras que marcarían la literatura moderna. Mary Shelley concibió Frankenstein o el moderno Prometeo, considerada una de las primeras novelas de ciencia ficción. Polidori escribió El vampiro, relato que fijó la imagen del vampiro aristocrático y elegante que décadas más tarde inspiraría a Drácula. El propio Byron plasmó la atmósfera de aquel verano sin sol en su poema Darkness («Oscuridad»), que imagina un mundo sumido en tinieblas tras la muerte del astro solar.

La bicicleta y otras consecuencias inesperadas
La crisis alimentaria tuvo un efecto colateral que hoy nos rodea a diario. Con la avena escasa y carísima, muchos caballos murieron de hambre o fueron sacrificados. El inventor alemán Karl Drais buscó entonces una forma de desplazarse sin depender de ellos y, en 1817, presentó la «draisiana», una máquina de dos ruedas que se impulsaba con los pies contra el suelo. Era el antepasado directo de la bicicleta, nacido en buena medida de la escasez provocada por el Tambora.
Hubo más. Los espectaculares atardeceres rojizos y anaranjados de aquellos años, producto de la luz filtrándose entre los aerosoles, parecen haber influido en pintores como J. M. W. Turner, célebre por sus cielos incandescentes. Y en Norteamérica, la ruina de tantas granjas empujó a numerosas familias hacia el oeste en busca de tierras mejores, acelerando la expansión del país hacia el interior.
Lo que Tambora nos enseñó sobre el clima
En 1816 nadie relacionó un volcán indonesio con una helada en Vermont o con una hambruna en Irlanda. La conexión se estableció mucho después, cuando la ciencia comprendió cómo los aerosoles volcánicos pueden enfriar el planeta. Desde entonces, el Tambora se ha convertido en un caso de estudio fundamental para entender la relación entre las grandes erupciones y el clima global.
Su historia encierra además una lección muy actual. El mismo efecto de enfriamiento que provocaron aquellos aerosoles está en la base de ciertas propuestas de geoingeniería que plantean atenuar deliberadamente la luz solar para frenar el calentamiento. Pero el Tambora es, sobre todo, un recordatorio de hasta qué punto está interconectado nuestro mundo: un solo acontecimiento natural, ocurrido en una isla remota, fue capaz de trastocar a la vez la agricultura, la economía, la salud pública e incluso la literatura de medio planeta.
