Pompeya: la ciudad que el Vesubio congeló en el tiempo hace 2000 años

Pompeya: la ciudad que el Vesubio congeló en el tiempo hace 2000 años

La mayoría de las ciudades antiguas nos han llegado como ruinas desgastadas por el tiempo, piedras a las que hay que añadir mucha imaginación. Pompeya es distinta. Gracias a una de las mayores catástrofes de la Antigüedad, esta ciudad romana quedó congelada tal como estaba en un único día del siglo I, con su pan en los hornos, sus pintadas en las paredes y sus habitantes sorprendidos en plena vida cotidiana. Visitarla es, literalmente, caminar por una ciudad detenida en el tiempo hace casi dos mil años.

Una mañana como cualquier otra

Antes de la tragedia, Pompeya era una próspera ciudad de la Campania, en el sur de Italia, no lejos de la actual Nápoles. Contaba con varios miles de habitantes, quizá entre diez y veinte mil, y disfrutaba de todo lo que se esperaba de una urbe romana acomodada: un foro, templos, termas, un anfiteatro, teatros, tiendas, tabernas y elegantes casas decoradas con frescos y jardines. Su ubicación junto al mar y en una tierra volcánica extraordinariamente fértil la había hecho rica en vino, aceite y comercio.

Sobre la ciudad se alzaba una montaña de laderas cubiertas de viñedos: el Vesubio. Sus habitantes lo tenían por un monte cualquiera, propicio para el cultivo. No sabían que aquella cima apacible era en realidad un volcán dormido que llevaba siglos en silencio, acumulando presión bajo tierra. Ni siquiera un terremoto notable ocurrido años antes había sido interpretado como la advertencia que en realidad era.

El día que el Vesubio despertó

La catástrofe llegó en el año 79. La fecha exacta se ha discutido: durante mucho tiempo se fijó a finales de agosto, pero diversos indicios, desde frutos de otoño hallados en la ciudad hasta una inscripción, apuntan más bien a un día de octubre. Fuera cual fuese la jornada, lo que ocurrió es de una violencia difícil de imaginar. El Vesubio entró en erupción con una fuerza descomunal, lanzando a la atmósfera una columna de gases, cenizas y fragmentos de roca que se elevó decenas de kilómetros, hasta formar en el cielo una figura semejante a un gigantesco pino.

Durante horas, una lluvia incesante de ceniza y de piedra volcánica ligera, la pumita, fue cubriendo Pompeya. Muchos vecinos huyeron a tiempo, pero otros se refugiaron en sus casas confiando en que la tormenta amainaría. Fue un error fatal. Los tejados empezaron a hundirse bajo el peso acumulado. Y entonces llegó lo peor: oleadas ardientes de gas y ceniza a cientos de grados, los flujos piroclásticos, que bajaron por la ladera a gran velocidad y mataron en segundos a cuantos aún quedaban. La cercana Herculano, más próxima al volcán, fue arrasada de forma aún más brutal.

La cantidad de ceniza y roca expulsada fue tan enorme que la erupción liberó una energía muchísimo mayor que la de una bomba atómica. Cuando todo terminó, la propia silueta de la montaña había cambiado, el mar se había retirado en algunos puntos y el paisaje de la bahía resultaba irreconocible. Pompeya no solo había sido destruida: había quedado sepultada bajo varios metros de material, como si nunca hubiera existido.

Testigos de la catástrofe

De aquel día tenemos un relato de primera mano casi único en la Antigüedad. Un joven llamado Plinio, hoy conocido como Plinio el Joven, observó la erupción desde la otra orilla de la bahía y años después la describió con detalle en dos cartas al historiador Tácito. Gracias a él sabemos cómo se elevó la columna, cómo cayó la ceniza y cómo cundió el pánico entre la gente que huía en la oscuridad, iluminada solo por antorchas en pleno día convertido en noche.

Vesubio
El Vesubio, el volcán que sepultó Pompeya y sigue vigilando la bahía de Nápoles

Su relato tiene, además, un trasfondo trágico. Su tío, el célebre naturalista Plinio el Viejo, que mandaba una flota romana en la zona, se lanzó al mar para observar el fenómeno de cerca y, de paso, socorrer a los que huían por la costa. Nunca regresó: murió en la playa, se cree que asfixiado por los gases. En su honor, los vulcanólogos llaman todavía hoy erupciones plinianas a las más explosivas y violentas, como aquella que borró Pompeya del mapa.

La ciudad enterrada y redescubierta

Cuando la erupción cesó, Pompeya había desaparecido bajo varios metros de ceniza y piedra. Con el tiempo, hasta su recuerdo se fue difuminando y el emplazamiento quedó cubierto de campos. La ciudad permaneció así, oculta y extrañamente intacta, durante más de mil quinientos años. Aquella misma capa que la había matado la protegió del saqueo, de la intemperie y del olvido total.

El azar la devolvió a la luz en el siglo XVIII. Las excavaciones sistemáticas comenzaron en 1748, impulsadas por la monarquía borbónica que gobernaba entonces Nápoles. Lo que fue apareciendo dejó atónita a Europa: calles enteras con sus adoquines y las huellas de los carros, casas con sus muebles, murales de colores vivísimos, ánforas, joyas, utensilios de cocina e incluso pintadas electorales y mensajes obscenos garabateados en las paredes. No era un yacimiento cualquiera, sino una ciudad entera detenida en su vida diaria.

Los primeros excavadores, más cazadores de tesoros que arqueólogos, se llevaron estatuas y objetos valiosos para las colecciones reales y a menudo dañaron lo que no consideraban rentable. Solo más tarde se comprendió que el auténtico tesoro no eran las piezas sueltas, sino la ciudad completa y la inmensa información que guardaba sobre la vida romana. El descubrimiento, además, alimentó en toda Europa una verdadera fiebre por la Antigüedad clásica que influyó en el arte y la decoración de la época.

Los moldes que devolvieron el rostro a las víctimas

El hallazgo más estremecedor tardaría aún en llegar. Los cuerpos de quienes murieron sepultados se descompusieron con los siglos, pero la ceniza endurecida a su alrededor conservó el molde exacto de sus figuras, dejando huecos vacíos en el terreno. En el siglo XIX, el arqueólogo Giuseppe Fiorelli tuvo una idea genial: rellenar esos huecos con yeso líquido antes de terminar de excavar. Al retirar la ceniza, aparecían los moldes de las víctimas en la última postura de su vida.

El resultado es sobrecogedor. Podemos ver a personas acurrucadas cubriéndose el rostro, a familias abrazadas, a un perro retorcido por la agonía, a hombres y mujeres tratando de protegerse en su último instante. No son estatuas idealizadas, sino la forma real de gente corriente atrapada por la muerte. Pocas veces la historia nos mira tan de cerca y de forma tan humana.

Una ventana única al mundo romano

Precisamente por haber muerto de golpe, Pompeya nos ha enseñado sobre la vida cotidiana de Roma más que ninguna otra ciudad. Aquí sabemos qué comían sus habitantes, cómo decoraban sus casas, qué anunciaban en los muros, cómo eran sus tabernas y sus panaderías, qué dioses adoraban y hasta con qué bromas y groserías se entretenían. Los frescos de lugares como la Villa de los Misterios siguen deslumbrando por su color y su técnica casi veinte siglos después.

Villa de los Misterios
Los frescos de la Villa de los Misterios conservan un color asombroso casi veinte siglos después

Su vecina Herculano ha aportado un tesoro complementario. Al quedar sepultada por materiales que carbonizaron y sellaron la madera en lugar de destruirla, allí se han conservado objetos que en Pompeya desaparecieron: puertas, muebles, vigas e incluso los rollos de papiro de una biblioteca entera. Esos frágiles cilindros carbonizados, imposibles de desenrollar sin romperlos, se examinan hoy con tecnología moderna con la esperanza de leer por fin textos perdidos de la Antigüedad.

Todo ese conocimiento nació de una tragedia. Miles de personas perdieron la vida bajo la ira del Vesubio, un volcán que, conviene recordarlo, no está apagado y sigue vigilando una de las zonas más pobladas de Italia. Pompeya es, a la vez, un cementerio y un milagro: la prueba de que a veces la naturaleza, al destruir, también preserva, y nos regala una ventana irrepetible a un día cualquiera de hace dos mil años.