Durante milenios, los muros de los templos egipcios estuvieron cubiertos de miles de pequeñas figuras: aves, ojos, serpientes, manos, plantas y trazos geométricos. Cualquiera que pasara ante ellos sabía que aquello significaba algo, pero durante casi mil quinientos años nadie en el mundo fue capaz de leerlo. La escritura de una de las civilizaciones más grandes de la historia se había convertido en un enigma mudo. Recuperar su voz costó siglos de errores, un golpe de suerte arqueológico y el genio de unos pocos estudiosos obsesionados con un rompecabezas imposible.
El silencio de una escritura
Los jeroglíficos se usaron durante más de tres mil años, pero su empleo fue decayendo en época romana. Los últimos textos jeroglíficos conocidos datan de finales del siglo IV d. C. Con la cristianización de Egipto y el abandono de los antiguos cultos, el conocimiento de aquella escritura sagrada se extinguió. La lengua egipcia sobrevivió transformada en el copto, escrito con un alfabeto de base griega, pero la clave para descifrar los signos monumentales se perdió por completo.

A partir de entonces, los jeroglíficos se contemplaron con una mezcla de fascinación y superstición. Se los tenía por símbolos místicos que encerraban sabiduría oculta, no por un sistema de escritura corriente. Esa idea, tan sugerente como equivocada, sería precisamente el mayor obstáculo para descifrarlos.
Merece la pena detenerse en lo que realmente son los jeroglíficos, porque ahí radica la clave del enigma. No forman una escritura de un solo tipo, sino un sistema mixto. Algunos signos son fonogramas, es decir, representan sonidos, como las letras de nuestro alfabeto o, más exactamente, como grupos de consonantes. Otros son logogramas o ideogramas, que representan una palabra o un concepto entero. Y otros son determinativos, signos mudos que no se pronuncian pero que se colocan al final de una palabra para aclarar a qué categoría pertenece. Mientras los estudiosos europeos creyeron que todos los signos funcionaban de la misma manera, y encima de forma puramente simbólica, no había forma humana de avanzar.
Siglos de callejones sin salida
El principal error de partida venía de la Antigüedad tardía. Un autor llamado Horapolo escribió un tratado en el que interpretaba los jeroglíficos como imágenes puramente simbólicas: cada signo, según él, representaba una idea completa por su significado figurado. Un halcón significaría una cosa; una liebre, otra. Esta visión alegórica dominó el pensamiento europeo durante siglos y desvió por completo los intentos de lectura.
En el siglo XVII, el erudito jesuita Athanasius Kircher se propuso descifrarlos partiendo de esa premisa. Kircher acertó en una intuición importante, la de relacionar el egipcio antiguo con el copto, pero su método de traducción fue una fantasía: convertía inscripciones que en realidad decían nombres de reyes en párrafos enteros de filosofía mística. Sus lecturas, hoy sabemos, eran pura invención. Mientras se creyera que cada signo era un símbolo cerrado y no podía representar sonidos, el enigma seguiría siendo insoluble.
La piedra que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó en 1799, durante la campaña de Napoleón en Egipto. Unos soldados franceses que reforzaban una fortaleza cerca de la localidad de Rashid, que los europeos llamaban Rosetta, hallaron una losa de piedra oscura cubierta de inscripciones. La piedra contenía un mismo decreto, promulgado en época del rey Ptolomeo V hacia el año 196 a. C., escrito en tres registros: jeroglíficos en la parte superior, escritura demótica egipcia en el centro y griego antiguo abajo.
El valor de aquel objeto era inmenso. El griego podía leerse sin dificultad, de modo que se conocía el contenido del texto. Si los tres registros decían esencialmente lo mismo, la piedra ofrecía por primera vez una vía para comparar los signos egipcios con un texto de significado conocido. Tras la derrota francesa en Egipto, la piedra pasó a manos británicas y acabó en el Museo Británico, pero copias de sus inscripciones circularon por toda Europa y se convirtieron en el gran desafío de los eruditos.
Thomas Young abre una brecha
Uno de los primeros en avanzar de verdad fue el británico Thomas Young, un polímata capaz de moverse entre la física, la medicina y las lenguas. Hacia 1814 Young hizo progresos decisivos. Comprendió que la escritura demótica no era puramente simbólica y estableció correspondencias entre grupos de signos. Sobre todo, identificó que ciertos jeroglíficos encerrados en un óvalo, los llamados cartuchos, correspondían a nombres reales, y logró asociar el cartucho de Ptolomeo con los sonidos de ese nombre.

Fue un paso enorme, porque insinuaba que los jeroglíficos podían tener valor fonético, al menos para escribir nombres extranjeros. Sin embargo, Young siguió pensando que, en lo esencial, la escritura egipcia era simbólica y que lo fonético era una excepción reservada a nombres foráneos. Le faltó dar el salto conceptual definitivo. Ese salto lo daría otro hombre.
Champollion descifra el código
Ese hombre fue el francés Jean-François Champollion, un lingüista prodigioso que desde niño se había obsesionado con Egipto y que dominaba numerosas lenguas antiguas, entre ellas el copto, la pieza que resultaría clave. Champollion comprendió que el sistema egipcio no era ni puramente simbólico ni puramente fonético, sino mixto: combinaba signos que representaban sonidos con otros que representaban ideas y con determinativos que precisaban el sentido.
En 1822 llegó su momento de revelación. Estudiando cartuchos de nombres reales, entre ellos los de Ramsés y Tutmosis, Champollion demostró que los signos fonéticos también se empleaban para escribir palabras egipcias antiguas, no solo nombres griegos o romanos. Al reconocer en esos nombres raíces que conocía por el copto, verificó que su sistema funcionaba. La tradición cuenta que corrió a comunicárselo a su hermano exclamando que ya lo tenía, antes de sufrir un desvanecimiento por la emoción. Ese mismo año expuso sus conclusiones en la célebre Carta a monsieur Dacier, considerada el acta de nacimiento de la egiptología.

Lo que devolvió el desciframiento
El logro de Champollion no fue solo leer unas cuantas palabras: fue recuperar el acceso a una civilización entera. De pronto, los innumerables textos grabados en templos, tumbas, estelas y papiros dejaban de ser adornos misteriosos y volvían a hablar. Los nombres de faraones, las oraciones a los dioses, los decretos, las cuentas administrativas y hasta las cartas privadas podían volver a entenderse. Egipto recuperaba su historia contada por sus propios protagonistas, en lugar de depender de lo que griegos y romanos habían escrito sobre él.
Entre Young y Champollion se abrió, por cierto, una agria disputa de prioridad que enfrentó durante años a británicos y franceses. Young había dado pasos reales y reclamó su parte del mérito; Champollion, en cambio, comprendió el sistema en su conjunto y lo convirtió en una herramienta capaz de leer textos nuevos. La historiografía suele reconocer hoy la contribución de ambos, pero atribuye a Champollion el desciframiento propiamente dicho, porque fue él quien pasó de leer unos nombres a leer la lengua. Su temprana muerte, a los cuarenta y un años, no le impidió dejar sentadas las bases de una gramática y un diccionario del egipcio antiguo que orientarían a las generaciones siguientes.
La hazaña también encierra una lección sobre cómo se avanza en el conocimiento. Durante siglos, un prejuicio, la idea de que los jeroglíficos eran símbolos místicos, bloqueó cualquier progreso. Hizo falta un hallazgo afortunado, la Piedra de Rosetta, y la capacidad de abandonar la vieja premisa para resolver el enigma. Champollion triunfó, en buena medida, porque se atrevió a mirar los jeroglíficos no como magia, sino como lo que eran: una escritura ingeniosa creada por seres humanos para dejar constancia de sus vidas. Al recuperar su lectura, no solo descifró unos signos: le devolvió la voz a tres mil años de historia.
