En casi todos los libros de texto la historia se cuenta igual: en el año 476 cayó el Imperio romano y comenzó la Edad Media. Es una de esas frases redondas que resultan cómodas y engañosas a partes iguales, porque esconde una verdad extraordinaria. En el 476 no cayó el Imperio romano: cayó solo su mitad occidental. La otra mitad, con capital en Constantinopla, no solo sobrevivió, sino que siguió siendo rica, culta y temida durante casi mil años más. A ese Estado lo llamamos hoy Imperio bizantino, aunque ninguno de sus habitantes habría entendido esa palabra.
Un imperio que jamás se llamó bizantino
El adjetivo bizantino es un invento tardío. Lo popularizó el erudito alemán Hieronymus Wolf en 1557, casi un siglo después de la desaparición del imperio, tomándolo de Bizancio, el antiguo nombre griego de la ciudad que Constantino refundaría como capital. Sus habitantes, en cambio, se llamaban a sí mismos romaioi, es decir, romanos, y a su Estado lo conocían como la Basileia ton Rhomaion: el Imperio de los romanos. Para ellos no había ninguna ruptura. Eran la continuación directa, legal y política del imperio de Augusto y de Trajano.
Lo que sí había cambiado era el idioma cotidiano. Con el paso de los siglos el griego fue desplazando al latín como lengua de gobierno y de cultura, hasta convertirse en la lengua franca del imperio. Aquel Estado combinaba tres herencias que definirían el mundo medieval: la organización y el derecho de Roma, la lengua y la filosofía de Grecia, y la fe cristiana. Esa mezcla lo hizo profundamente distinto de la Roma de las togas, pero no menos romano a sus propios ojos.

Constantinopla, la ciudad inexpugnable
El secreto de esa longevidad tenía nombre propio: Constantinopla. En el año 330 el emperador Constantino inauguró su nueva capital sobre la vieja colonia griega de Bizancio, en un enclave privilegiado a orillas del Bósforo, el estrecho que separa Europa de Asia y comunica el mar Negro con el Mediterráneo. Quien controlaba aquel punto controlaba el comercio entre dos continentes y dos mares.
La ciudad estaba protegida por el agua en tres de sus lados y, por el cuarto, por una de las obras defensivas más formidables de la historia: las murallas teodosianas, levantadas en el siglo V bajo Teodosio II. Eran una triple línea de muros y fosos que durante mil años frustró a persas, ávaros, árabes, búlgaros y rusos. Para completar la defensa, una enorme cadena podía tenderse a la entrada del Cuerno de Oro, el puerto natural de la ciudad, cerrando el paso a las flotas enemigas. Constantinopla llegó a ser la mayor y más rica urbe de Europa, con medio millón de habitantes cuando París o Londres eran aldeas de barro.

Justiniano y el sueño de recuperar Roma
Si hubo un momento en que el imperio soñó con reunir de nuevo las dos mitades, fue bajo Justiniano I, que reinó entre el 527 y el 565. Con un talento excepcional para rodearse de colaboradores brillantes, lanzó a sus ejércitos hacia Occidente. Su general Belisario aniquiló el reino vándalo del norte de África, arrebató Italia a los ostrogodos y llevó las fronteras imperiales hasta el sur de Hispania. Por un instante, el Mediterráneo volvió a ser un lago romano.
Pero la mayor herencia de Justiniano no fue militar, sino jurídica. Mandó recopilar y ordenar siglos de leyes romanas dispersas en el llamado Corpus Iuris Civilis, la base sobre la que se construiría buena parte del derecho europeo posterior. Y en la propia Constantinopla ordenó erigir Santa Sofía, una basílica cuya inmensa cúpula parecía suspendida del cielo. Cuenta la tradición que, al contemplarla terminada en el 537, el emperador exclamó que había superado al mismísimo templo del rey Salomón. También sobrevivió, junto a su esposa Teodora, a la revuelta de Nika del 532, que estuvo a punto de derribarlo y que se saldó con la ciudad en llamas.

Fuego griego, oro y diplomacia
Ningún imperio dura mil años solo por sus murallas. Bizancio sobrevivió porque supo combinar la fuerza con la astucia. Su arma más temida fue el fuego griego, una mezcla incendiaria cuya fórmula exacta se guardó con tanto celo que hoy sigue siendo un misterio. Lanzado desde tubos montados en las naves, ardía incluso sobre el agua y sembró el pánico entre las flotas enemigas. Gracias a él, la ciudad resistió los grandes asedios árabes de los años 674-678 y 717-718, frenando la expansión del islam hacia Europa oriental en un momento decisivo.
Cuando las armas no bastaban, entraba en juego la diplomacia. Los bizantinos convirtieron la política exterior en un arte refinado: pagaban tributos para ganar tiempo, enfrentaban a unos pueblos con otros, sellaban alianzas mediante matrimonios y deslumbraban a los embajadores extranjeros con la pompa de su corte. El imperio también dispuso durante siglos de una moneda de oro estable, el sólido o nomisma, tan fiable que fue aceptada desde Asia hasta el Atlántico, algo así como el dólar de la Edad Media.
El faro del saber antiguo
Mientras en Occidente muchos textos clásicos se perdían, en Constantinopla los monjes y funcionarios seguían copiando a Homero, a Platón y a Aristóteles. Gracias a esa labor callada, buena parte de la literatura y la filosofía de la Antigua Grecia llegó hasta nosotros. El imperio fue, en ese sentido, un guardián de la memoria del mundo antiguo.
Su influencia religiosa fue igual de profunda. De Bizancio partieron los misioneros Cirilo y Metodio, que crearon un alfabeto para los pueblos eslavos, antecedente del actual cirílico, y difundieron el cristianismo ortodoxo por los Balcanes y la Rus de Kiev. Esa herencia espiritual sigue viva hoy en Grecia, en los países eslavos ortodoxos y en Rusia. En el año 1054, sin embargo, las diferencias con Roma acabaron desembocando en el Gran Cisma, que separó de forma duradera a las Iglesias de Oriente y Occidente.
El largo ocaso y la caída de 1453
Ningún imperio es eterno. La decadencia se aceleró en 1071, cuando el desastre de Manzikert entregó gran parte de Anatolia, su granero y su cantera de soldados, a los turcos selyúcidas. El golpe más humillante llegó en 1204, cuando los cruzados de la Cuarta Cruzada, que en teoría marchaban hacia Tierra Santa, saquearon la propia Constantinopla y la sometieron durante décadas a un dominio latino. El imperio se recuperó en 1261, pero ya nunca volvió a ser el de antaño: reducido, empobrecido y cercado.
El final llegó en la primavera de 1453. El joven sultán otomano Mehmed II rodeó la ciudad con un ejército inmenso y, sobre todo, con cañones capaces de derribar por primera vez las viejas murallas teodosianas. Tras semanas de asedio, Constantinopla cayó. El último emperador, Constantino XI Paleólogo, murió combatiendo entre sus soldados, sin corona reconocible, y su cuerpo nunca fue identificado con certeza. Con él expiraba, después de más de mil cien años, el último eslabón del Imperio romano.
Pero Bizancio no desapareció del todo. Su derecho alimentó el de Europa, su fe sigue viva en medio mundo y muchos de sus sabios, huidos a Italia con sus preciados manuscritos, contribuyeron a encender la chispa del Renacimiento. El imperio que sobrevivió mil años a la caída de Roma siguió, a su manera, moldeando el mundo mucho después de haber dejado de existir.
