Ain Yalut: cuando unos exesclavos frenaron a los mongoles invencibles

Ain Yalut: cuando unos exesclavos frenaron a los mongoles invencibles

El terror que llegaba desde el este

A mediados del siglo XIII, ningún ejército del mundo conocido parecía capaz de detener a los mongoles. En apenas dos generaciones, los herederos de Gengis Kan habían levantado el mayor imperio terrestre continuo de la historia, extendido desde las costas del mar de China hasta las estepas que rozaban Europa oriental. Su caballería, ligera, disciplinada y asombrosamente móvil, había humillado a chinos, persas, rusos y a los reinos musulmanes de Asia central.

La reputación de invencibilidad era, en sí misma, un arma. Muchas ciudades se rendían sin combatir para evitar la aniquilación, porque los mongoles castigaban la resistencia con matanzas ejemplares. Cuando aparecían en el horizonte, la duda no era si vencerían, sino cuánto costaría sobrevivir a su paso.

Imperio mongol
La expansión mongola llegó a rozar tres continentes.

En 1258, el nieto de Gengis, Hulagu Kan, protagonizó uno de los episodios más traumáticos de la época: el saqueo de Bagdad. La capital del califato abasí, corazón intelectual del islam durante cinco siglos, fue tomada y devastada. El último califa fue ejecutado y, según las crónicas, el Tigris se tiñó de negro por la tinta de los libros arrojados al agua y de rojo por la sangre de los muertos. Después cayeron Alepo y Damasco. Todo Oriente Próximo parecía condenado a correr la misma suerte.

Para el mundo islámico, acostumbrado a ver en Bagdad el símbolo mismo de su civilización, aquello fue un cataclismo espiritual además de político. Nada parecía capaz de contener a los invasores, y muchos contemporáneos vivieron aquellos años con la sensación apocalíptica de estar asistiendo al fin de una era.

No era la primera vez que los mongoles sembraban el pánico en aquellas tierras. Poco antes de tomar Bagdad, las huestes de Hulagu habían arrasado las fortalezas de la temida secta de los Asesinos en las montañas de Persia, reductos que durante generaciones se habían creído inexpugnables. Un poder que había hecho temblar a reyes y califas fue barrido casi sin esfuerzo. Con cada conquista, la sensación de que nada podía frenarlos se hacía más profunda.

La muerte de un Gran Kan lo cambió todo

Y entonces, a miles de kilómetros de distancia, murió el hombre que, sin saberlo, salvó a Egipto. En 1259 falleció Möngke, el Gran Kan, máxima autoridad de todo el imperio mongol. La noticia obligó a Hulagu a un cálculo puramente político: la sucesión estaba abierta, y ningún príncipe que aspirara a pesar en el reparto del poder podía permanecer lejos del centro del imperio.

Hulagu retiró el grueso de sus fuerzas hacia el este, llevándose consigo a la mayor parte de su ejército y a sus mejores tropas. En Siria dejó una guarnición mucho más reducida al mando de su lugarteniente de confianza, Kitbuqa, un general de origen naimán y de fe cristiana nestoriana. Por primera vez en años, un contingente mongol quedaba expuesto sin la abrumadora superioridad numérica que solía acompañarlo.

En El Cairo, aquel giro del destino no pasó desapercibido. Allí gobernaba un poder joven y peculiar que estaba a punto de aprovechar la oportunidad de su vida.

Los mamelucos: guerreros nacidos esclavos

Los mamelucos eran, literalmente, soldados esclavos. Niños y jóvenes de las estepas —turcos, kipchakos y, más tarde, circasianos— eran comprados o capturados, llevados a Egipto, convertidos al islam y sometidos a un entrenamiento militar durísimo desde la infancia. Aprendían equitación, arco, esgrima y una disciplina de hierro. Al alcanzar la madurez eran manumitidos y formaban una casta guerrera de élite, quizá la mejor caballería de su tiempo.

Con los años, esa élite se apoderó del propio Estado. En 1250, los mamelucos derrocaron a la última dinastía ayubí y fundaron su propio sultanato. Cuando llegó la amenaza mongola, el trono lo ocupaba Saif ad-Din Qutuz, un gobernante enérgico que entendió que negociar no era una opción. Los emisarios de Hulagu habían exigido la rendición con amenazas humillantes; Qutuz respondió ejecutándolos, un gesto que hacía imposible cualquier marcha atrás.

Baibars
Baibars, uno de los artífices de la victoria, llegaría a ser sultán.

Junto a Qutuz destacaba un comandante llamado Baibars, un mameluco de origen kipchako, brillante y ambicioso, que conocía de primera mano las tácticas de las estepas. Ambos reunieron al ejército y marcharon hacia el norte para buscar a Kitbuqa antes de que este recibiera refuerzos. Aquella marcha no estuvo exenta de tensiones: al cruzar territorio cruzado, los francos de Acre, hostiles también a los mongoles, permitieron el paso a los mamelucos e incluso los abastecieron. Enemigos naturales, mamelucos y cruzados compartían por un momento un adversario aún más peligroso, y el pragmatismo se impuso sobre la enemistad.

La trampa en la fuente de Goliat

El lugar del choque fue Ain Yalut, nombre que significa «la fuente de Goliat», en el valle de Jezreel, en Galilea. Allí, el 3 de septiembre de 1260, ambos ejércitos se encontraron en un terreno que los mamelucos conocían bien y que habían elegido con cuidado.

Baibars empleó contra los mongoles su propia táctica más temida: la retirada fingida. Una parte de la caballería mameluca entabló combate y luego simuló huir en desorden, arrastrando a Kitbuqa a una persecución impetuosa. Convencido de tener la victoria al alcance de la mano, el general mongol lanzó a sus jinetes tras los fugitivos, directamente hacia el grueso del ejército mameluco, que aguardaba oculto y en orden de batalla entre las colinas.

Cuando la trampa se cerró, los mongoles quedaron rodeados. El combate fue durísimo y hubo un momento en que un ala mameluca estuvo a punto de ceder. Cuenta la tradición que Qutuz arrojó su yelmo al suelo para que todos lo reconocieran y cabalgó al frente lanzando una y otra vez una llamada a defender el islam, reanimando a sus hombres en el instante crítico.

Kitbuqa cae y el mito se derrumba

La resistencia mongola se quebró. Kitbuqa fue capturado y ejecutado, y su ejército, aniquilado o dispersado. Por primera vez, una fuerza mongola de cierta entidad había sido derrotada en una batalla campal y expulsada de un territorio que ya consideraba conquistado. Damasco y Alepo volvieron a manos musulmanas en cuestión de semanas.

La victoria tuvo, además, un epílogo amargo y muy propio de la época. De regreso hacia Egipto, el sultán Qutuz fue asesinado en una conspiración en la que estuvo implicado el propio Baibars, que se hizo con el trono. Como sultán, Baibars consolidaría el poder mameluco y se convertiría en uno de los grandes enemigos tanto de los cruzados como de los mongoles durante las décadas siguientes.

Por qué Ain Yalut cambió la historia

Conviene no exagerar: Ain Yalut no destruyó al Imperio mongol, que siguió siendo una potencia formidable, ni fue la única derrota que sufrieron los descendientes de Gengis Kan. Pero su valor simbólico y estratégico fue enorme. Rompió el aura de invencibilidad que tanto había ayudado a los mongoles y demostró que podían ser vencidos con disciplina, terreno favorable y sus propias tácticas vueltas en su contra.

Sobre todo, marcó un límite. El avance mongol hacia el oeste y el sur, que parecía imparable tras la caída de Bagdad, se detuvo en Siria. Egipto, con su riqueza y su población, quedó a salvo y se convirtió en el bastión que preservó buena parte de la cultura islámica en un momento crítico. El Ilkanato mongol de Persia y el sultanato mameluco mantendrían una frontera tensa durante generaciones, pero la marea que amenazaba con anegarlo todo se había frenado.

Los historiadores han debatido largamente sobre qué habría pasado si Hulagu no hubiera retirado el grueso de su ejército. Es posible que, con todas sus fuerzas, los mongoles hubieran arrollado igualmente a los mamelucos. Pero la historia no se escribe con lo que pudo ser, sino con lo que fue, y lo que fue es que en Ain Yalut se detuvo, por primera vez de forma duradera, la mayor máquina de conquista que había conocido el mundo hasta entonces.

Hay también una ironía difícil de ignorar. Quienes detuvieron a los guerreros más temidos de su tiempo no fueron reyes de sangre ilustre ni imperios milenarios, sino hombres que habían nacido esclavos en las mismas estepas de las que procedían sus enemigos. En la fuente de Goliat, unos antiguos esclavos escribieron una de las páginas más inesperadas de toda la historia militar.