Pocos temas despiertan tantas pasiones como el origen del Estado de Israel y el conflicto que lo acompaña desde su nacimiento. Precisamente por eso conviene abordarlo con serenidad, atendiendo a los hechos y escuchando las distintas perspectivas. Este artículo no pretende decidir quién «tiene razón», ni cuestionar la legitimidad de ningún pueblo. Tanto los judíos como los palestinos mantienen lazos históricos, culturales y emocionales profundos con esa tierra, y ambos han sufrido a lo largo del proceso. El objetivo es ofrecer un panorama histórico claro y equilibrado, para entender cómo se llegó hasta aquí.
Una tierra con muchas capas de historia
La región que hoy conocemos como Israel y los territorios palestinos ha sido escenario de una historia densísima. Fue cuna de antiguos reinos hebreos, con Jerusalén y su Templo como centro espiritual del pueblo judío, cuya memoria quedó grabada en su religión y su cultura durante milenios. Con el paso de los siglos, la misma tierra se convirtió también en hogar de una población árabe, mayoritariamente musulmana, junto a comunidades cristianas y judías. Durante unos cuatrocientos años, hasta comienzos del siglo XX, formó parte del Imperio otomano.
Ese pasado compartido es la raíz de la complejidad actual. No se trata de una tierra vacía a la que llegara un solo pueblo, ni de un único grupo con vínculos exclusivos. Judíos y árabes palestinos pueden invocar, cada uno a su manera, siglos de presencia, apego y significado en ese territorio. Reconocer esa doble raíz no resta legitimidad a nadie; al contrario, es el punto de partida imprescindible para comprender por qué el conflicto resulta tan difícil de resolver.
La diáspora judía y el nacimiento del sionismo
Tras la destrucción del Segundo Templo por Roma y las expulsiones de la Antigüedad, gran parte del pueblo judío quedó dispersa por Europa, el norte de África y Oriente Medio, en lo que se conoce como la diáspora. A lo largo de los siglos mantuvo vivo el vínculo simbólico con la tierra de sus ancestros a través de la religión, las oraciones y las tradiciones. En muchos lugares, las comunidades judías sufrieron discriminación, expulsiones y violencia, desde la Europa medieval hasta los pogromos del Imperio ruso en el siglo XIX.
En ese contexto de persecución y de auge de los nacionalismos europeos nació el sionismo. El periodista austrohúngaro Theodor Herzl lo articuló políticamente con su libro «El Estado judío» (1896) y con la convocatoria del Primer Congreso Sionista en 1897. Su idea era crear un hogar nacional donde los judíos pudieran vivir seguros, y la mirada se dirigió a la tierra histórica de Israel. Comenzaron entonces las primeras oleadas migratorias. Al mismo tiempo, es fundamental recordarlo, ese territorio ya estaba habitado por una población árabe con su propia vida y sus propios arraigos.

Del Imperio otomano al Mandato británico
La Primera Guerra Mundial lo cambió todo. El Imperio otomano se derrumbó y las potencias europeas se repartieron sus dominios. Durante la contienda, Gran Bretaña hizo promesas que resultarían contradictorias: por un lado, alentó la independencia árabe a cambio de su apoyo militar; por otro, planificó con Francia un reparto colonial de la región; y, además, emitió en 1917 la célebre Declaración Balfour, en la que se mostraba favorable al establecimiento de un «hogar nacional» para el pueblo judío en Palestina.
Aquellas promesas cruzadas sembraron desconfianza duradera. Terminada la guerra, la Sociedad de Naciones otorgó a Gran Bretaña el Mandato sobre Palestina. Bajo administración británica, la inmigración judía aumentó de forma notable, sobre todo en los años treinta, cuando muchos huían de la persecución nazi en Europa. El crecimiento de la población judía y las tensiones por la tierra y el futuro político del territorio provocaron enfrentamientos cada vez más graves entre las dos comunidades y con la propia autoridad británica.

El Plan de Partición de la ONU de 1947
El final de la Segunda Guerra Mundial y el horror del Holocausto, en el que fueron asesinados millones de judíos europeos, dieron un impulso decisivo al proyecto de un Estado propio y aumentaron la presión internacional. Incapaz de gestionar el conflicto, Gran Bretaña trasladó el asunto a la recién creada Organización de las Naciones Unidas. En noviembre de 1947, la Asamblea General aprobó la Resolución 181, que proponía dividir el territorio en dos Estados, uno judío y otro árabe, con Jerusalén bajo un régimen internacional especial.
La reacción fue opuesta en cada bando, y entender por qué es clave para no simplificar. El liderazgo sionista aceptó el plan, viéndolo como el reconocimiento internacional de un Estado propio largamente anhelado. El liderazgo árabe palestino y los países árabes vecinos lo rechazaron: consideraban injusto que se repartiera una tierra donde la población árabe era entonces mayoritaria, y percibían la partición como una decisión impuesta desde fuera sobre su futuro. Ambas posturas respondían a lógicas comprensibles desde la experiencia y las aspiraciones de cada pueblo.

1948: la creación de Israel y la Nakba
El 14 de mayo de 1948, al expirar el Mandato británico, los dirigentes sionistas proclamaron el Estado de Israel. Al día siguiente, varios países árabes vecinos intervinieron militarmente, y estalló la primera guerra árabe-israelí. Israel no solo sobrevivió al conflicto, sino que amplió su territorio más allá de las líneas previstas en el plan de partición. Aquellos meses marcaron el inicio de una nueva etapa cuyo eco sigue presente.
Los mismos hechos se recuerdan de forma radicalmente distinta según quién los cuente, y ambas memorias merecen respeto. Para los israelíes, fue la Guerra de Independencia: el renacimiento de la soberanía judía y un refugio vital tras siglos de persecución y el trauma del Holocausto. Para los palestinos, fue la Nakba, la «catástrofe»: alrededor de setecientos mil personas se convirtieron en refugiadas, muchas localidades quedaron despobladas y numerosas familias perdieron sus hogares. El sufrimiento y el desarraigo de la población palestina fueron reales, como real fue también la búsqueda de seguridad de un pueblo perseguido.
Dos narrativas sobre una misma tierra
De aquel origen surgieron dos relatos nacionales enfrentados que perduran hasta hoy. La narrativa israelí subraya el regreso a la tierra ancestral, la necesidad de un refugio seguro frente al antisemitismo y el derecho a la autodeterminación de un pueblo largamente perseguido. La narrativa palestina pone el acento en el desplazamiento, la pérdida de tierras y hogares, y la aspiración, aún no cumplida, a un Estado propio y al reconocimiento de su identidad nacional.
Con el paso de las décadas surgieron numerosas iniciativas diplomáticas que trataron de acercar posturas, desde armisticios y acuerdos parciales hasta ambiciosos procesos de paz que despertaron grandes esperanzas antes de estancarse. Ninguno ha logrado hasta hoy una solución definitiva aceptada por ambas partes. Las cuestiones de fondo siguen sin respuesta consensuada: el trazado de las fronteras, las garantías de seguridad, el estatus de una Jerusalén sagrada para varias religiones y el futuro de los refugiados palestinos y sus descendientes. Cada intento ha dejado enseñanzas, y también frustraciones, que forman parte de la propia historia del conflicto.
El conflicto no terminó en 1948: guerras posteriores como la de 1967, las cuestiones de las fronteras, los refugiados, los asentamientos y el estatus de Jerusalén han mantenido abierta la herida durante generaciones. Comprender cómo empezó todo no permite repartir culpas ni dictar veredictos, pero sí ayuda a mirar el presente con más matices. Detrás de cada postura hay historias humanas, memorias de sufrimiento y anhelos legítimos de seguridad y dignidad. Reconocerlo en ambos pueblos es, quizá, la única base sólida sobre la que algún día pueda construirse un entendimiento.
