La historia recuerda a muchos conquistadores por la extensión de sus matanzas. Aśoka es célebre por lo contrario: por haber sido uno de los pocos gobernantes poderosos que, en la cúspide de su fuerza militar, decidió renunciar a la guerra. Emperador de casi todo el subcontinente indio en el siglo III a. C., transformó una monarquía guerrera en un experimento político basado en la no violencia, la tolerancia y el bienestar de sus súbditos. Su figura, medio olvidada durante siglos, resurgió en la era moderna hasta convertirse en un símbolo nacional de la India.
El nieto de un aventurero
Aśoka pertenecía a la dinastía Maurya, la primera que logró unificar la mayor parte de la India. Su abuelo, Chandragupta Maurya, había fundado el imperio a finales del siglo IV a. C., aprovechando el vacío de poder que dejó la retirada de las tropas de Alejandro Magno del noroeste del subcontinente. A ese impulso inicial se sumó la administración de su padre, Bindusara, de modo que Aśoka heredó, hacia el año 268 a. C., un Estado ya consolidado y enorme.
Las fuentes lo describen como un príncipe ambicioso y despiadado en sus comienzos, que habría tenido que abrirse paso hasta el trono en medio de disputas familiares. Antes de reinar, la tradición cuenta que ejerció como gobernador de provincias importantes, donde aprendió el oficio de administrar territorios y sofocar rebeliones. Bajo su mando, el Imperio Maurya alcanzó su máxima extensión, abarcando desde las actuales Afganistán y Pakistán hasta casi el extremo sur de la península india, con la única excepción de algunos reinos meridionales. Nunca antes, y durante mucho tiempo tampoco después, un solo soberano gobernó un territorio tan vasto en el sur de Asia.
Gobernar semejante imperio exigía una maquinaria administrativa sofisticada. Los Maurya heredaron y perfeccionaron un aparato de funcionarios, recaudadores de impuestos, espías y caminos que conectaban las regiones más alejadas con la capital, Pataliputra, una de las mayores ciudades del mundo en su época. Sobre esa estructura, sólida y centralizada, Aśoka podría más tarde apoyar su ambicioso programa de reformas morales y sociales.

El baño de sangre de Kalinga
El acontecimiento que cambió su vida y su reinado fue la guerra contra Kalinga, un reino independiente situado en la costa oriental, en la actual Odisha. Hacia el año 261 a. C., Aśoka lanzó una campaña brutal para someterlo. La victoria fue total, pero el precio en vidas resultó espantoso.
Lo extraordinario es que conocemos la cifra por boca del propio emperador. En uno de sus edictos, Aśoka reconoce que en aquella guerra murieron alrededor de cien mil personas, otras tantas fueron deportadas y muchas más perecieron después por las secuelas del conflicto. Y, en lugar de jactarse, expresa un profundo remordimiento. Aquel testimonio, tallado en piedra por orden del vencedor, es uno de los documentos más singulares de la Antigüedad: un rey todopoderoso confesando en público el horror de su propia victoria.
Los historiadores debaten hasta qué punto aquel arrepentimiento fue tan repentino y sincero como sugiere la propaganda oficial, o el resultado de un cambio más gradual. Lo indiscutible es el giro que siguió: a partir de entonces, Aśoka dejó de emprender nuevas guerras de conquista, algo casi inaudito en un soberano en la plenitud de su poder. En su lugar, anunció que la única conquista digna de perseguir era la del corazón de las personas mediante el ejemplo y la persuasión, no mediante las armas. El coste humano de Kalinga se convirtió así, según sus propias palabras, en el punto de inflexión de todo su reinado.
La conversión y el dharma
Según la tradición, la matanza de Kalinga provocó en Aśoka una crisis moral que lo acercó al budismo, una corriente todavía joven que predicaba la compasión y el fin del sufrimiento. El emperador adoptó como principio de gobierno lo que sus inscripciones llaman el dharma: un código ético de conducta que no se identificaba con una sola religión, sino con valores como la no violencia, el respeto a toda forma de vida, la honestidad, la generosidad y la tolerancia entre credos.
Este dharma no era una simple declaración piadosa. Aśoka lo convirtió en política de Estado. Nombró funcionarios encargados de velar por el bienestar de la población y por la difusión de esos principios, redujo los sacrificios de animales, limitó la caza y promovió el trato humano incluso hacia los prisioneros. Al mismo tiempo, insistió una y otra vez en la tolerancia: pedía respeto para todas las doctrinas y advertía de que quien ensalzaba su propia fe denigrando la ajena perjudicaba, en realidad, a su propia religión. En un mundo antiguo lleno de guerras de conquista, aquel mensaje resultaba insólito.

Edictos grabados en piedra
Para hacer llegar sus ideas a un imperio inmenso y de muchas lenguas, Aśoka recurrió a un medio genial: grabar sus mensajes en rocas, cuevas y grandes columnas de piedra pulida repartidas por todo el territorio. Estos edictos, escritos en su mayoría en lengua prácrita, se adaptaban al idioma de cada región; en el noroeste, en la frontera con el mundo helenístico, aparecen incluso versiones en griego y en arameo.
Los pilares de Aśoka, algunos de más de diez metros de altura, se rematan con hermosos capiteles con figuras de animales. El más famoso, el capitel de los leones que coronaba una columna en Sarnath, muestra cuatro leones adosados espalda contra espalda. Miles de años después, la India independiente lo adoptó como emblema nacional, y la rueda que aparece en su base, la rueda del dharma, ocupa hoy el centro de la bandera del país. Pocos símbolos políticos modernos hunden sus raíces tan hondo en la Antigüedad.
Un imperio de hospitales y árboles
Más allá de la propaganda moral, Aśoka impulsó obras concretas de bienestar público. Sus inscripciones mencionan la construcción de pozos y albergues a lo largo de los caminos para comerciantes y peregrinos, la plantación de árboles que dieran sombra y frutos, y la creación de un sistema de atención sanitaria destinado tanto a las personas como a los animales, con cultivo de plantas medicinales allí donde faltaban.
También convirtió el budismo en una fe de proyección internacional. Envió misioneros a reinos vecinos y lejanos, y la tradición atribuye a su hijo Mahinda la introducción del budismo en la isla de Sri Lanka, donde arraigaría de forma duradera. Aśoka patrocinó además la construcción de numerosos monumentos religiosos; la gran estupa de Sanchi, uno de los conjuntos budistas más antiguos que se conservan, tiene su origen en su reinado.

El emperador olvidado y redescubierto
El Imperio Maurya no sobrevivió mucho tiempo a su muerte, ocurrida hacia el año 232 a. C. Sin un poder central fuerte, el vasto territorio se fue fragmentando en las décadas siguientes. Con el paso de los siglos, la propia figura histórica de Aśoka se difuminó: su nombre pervivía en leyendas budistas, pero se había perdido la clave para leer las antiguas inscripciones que él mismo había ordenado tallar.
La redención de su memoria llegó en el siglo XIX, cuando eruditos europeos e indios lograron descifrar la escritura brahmi en la que estaban redactados sus edictos. Solo entonces se comprendió que aquel misterioso soberano de los textos budistas y el autor de las inscripciones eran la misma persona, y que sus columnas repartidas por el subcontinente formaban el testimonio directo de un programa político sorprendentemente humano. Hoy, Aśoka es recordado como uno de los grandes gobernantes de la historia: no por cuántos enemigos venció, sino por haber tenido el poder para seguir conquistando y haber decidido, en su lugar, gobernar en paz.
