Por qué nos damos la mano: la historia del gesto más universal del mundo

Por qué nos damos la mano: la historia del gesto más universal del mundo

Dos personas se encuentran, extienden la mano derecha, entrelazan los dedos, aprietan y sacuden un par de veces. El gesto dura un segundo y lo hacemos sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo. Y, sin embargo, el apretón de manos es una convención cargada de historia, un pequeño ritual que hunde sus raíces en la Antigüedad y que ha significado, según la época, paz, pacto, igualdad o simple cortesía. ¿De dónde viene esta costumbre tan extendida que hoy une a desconocidos en medio planeta?

La teoría de la mano desarmada

La explicación más difundida sobre el origen del apretón de manos apela a la desconfianza. En un mundo peligroso, donde cualquier extraño podía ocultar un arma, tender la mano derecha abierta era una forma de mostrar que se venía en son de paz: la mano que habría empuñado la espada o el puñal se ofrecía vacía y desarmada. Al estrecharla, ambos comprobaban que el otro no escondía nada.

Algunos añaden que el característico movimiento de arriba abajo tenía también un propósito práctico: sacudir la mano y el brazo del otro serviría para hacer caer cualquier daga oculta en la manga. Conviene tomar estas explicaciones con prudencia, porque son difíciles de demostrar y probablemente simplifican demasiado una historia más compleja. Pero encierran una idea que sí parece central: el apretón nació, en buena medida, como un gesto de confianza entre quienes podían ser rivales.

Testimonios de hace miles de años

El gesto es mucho más antiguo de lo que solemos imaginar. En la antigua Grecia, estrecharse la mano derecha, un acto que los griegos llamaban dexiosis, aparece representado una y otra vez en el arte. Muchas estelas funerarias muestran a un difunto dándose la mano con un ser querido, un gesto que simbolizaba el vínculo, la despedida o la unión más allá de la muerte. También en los poemas de Homero los personajes se toman las manos para sellar una promesa o un juramento.

Aún más atrás en el tiempo, en el antiguo Oriente Próximo, encontramos escenas parecidas. Un célebre relieve asirio del siglo IX antes de nuestra era muestra a un rey de Asiria estrechando la mano de un rey de Babilonia para sellar una alianza entre ambos pueblos. El apretón como símbolo de acuerdo y buena voluntad entre poderosos ya estaba, por tanto, plenamente establecido hace casi tres mil años.

Los romanos heredaron y difundieron el gesto. Para ellos, estrechar la mano derecha, la dextrarum iunctio, era un poderoso símbolo de lealtad, concordia y compromiso. Aparecía en las monedas para proclamar la unión entre ejércitos o entre gobernantes, y formaba parte del rito matrimonial, en el que los esposos se daban la mano derecha como sello de su acuerdo. La diosa que personificaba la buena fe, Fides, se representaba precisamente con manos entrelazadas. De aquellas monedas romanas a las que hoy circulan por nuestros bolsillos, el apretón ha seguido simbolizando lo mismo: un pacto que se cumple.

Los cuáqueros y el apretón igualitario

Durante mucho tiempo, en la Europa de la etiqueta rígida, el apretón de manos no era el saludo dominante. La sociedad estaba jerarquizada, y las formas de saludar lo reflejaban: uno se inclinaba ante un superior, hacía una reverencia, se descubría el sombrero o besaba la mano de una dama. El saludo marcaba, ante todo, quién estaba por encima de quién.

Un giro importante llegó en el siglo XVII con los cuáqueros, una comunidad religiosa surgida en Inglaterra que defendía la igualdad de todos los seres humanos ante Dios. Se negaban a inclinarse ante nadie o a quitarse el sombrero como muestra de sumisión, porque consideraban que ningún hombre era superior a otro. En su lugar adoptaron el apretón de manos, que ofrecían por igual a ricos y pobres, a nobles y campesinos. Aquel gesto, que trataba a los dos por igual, encajaba a la perfección con sus ideas y contribuyó a popularizarlo como saludo cotidiano y democrático.

A partir del siglo XIX, el apretón de manos se generalizó como saludo cortés en buena parte de Occidente, y los manuales de buenas maneras empezaron a codificarlo con detalle: cuándo ofrecer la mano, con qué firmeza estrecharla, durante cuánto tiempo mantenerla. Lo que había sido un gesto cargado de simbolismo religioso o político se convirtió también en pura etiqueta social, en la primera impresión que una persona daba de sí misma. Un apretón flojo o esquivo podía arruinar una presentación; uno firme y franco abría puertas.

Un mundo lleno de saludos distintos

El apretón de manos se ha extendido enormemente, pero está lejos de ser universal. Cada cultura ha desarrollado sus propias formas de saludar, y muchas prescinden por completo del contacto. En buena parte de Asia, la reverencia sigue siendo la norma: en Japón, inclinar el cuerpo con distintos grados de profundidad transmite respeto y jerarquía sin necesidad de tocarse. En el sur de Asia es común juntar las palmas de las manos ante el pecho y saludar con una leve inclinación, el gesto conocido como namasté.

En otras partes del mundo la gente se saluda con besos en las mejillas, cuyo número varía según el país, con abrazos, con palmadas o incluso frotando las narices. Incluso el propio apretón tiene sus reglas no escritas: en unos lugares se espera firme y enérgico, señal de seguridad y sinceridad; en otros, más suave, porque un apretón demasiado fuerte se considera agresivo. Un mismo gesto puede leerse de maneras muy diferentes según dónde se haga.

Lo que la ciencia descubrió en un apretón

El apretón de manos ha llamado también la atención de los científicos, que le han encontrado funciones inesperadas. Una investigación sugirió que, después de estrechar la mano de otra persona, tendemos a llevarnos disimuladamente la mano cerca de la nariz. La hipótesis es que, sin darnos cuenta, estaríamos recogiendo señales químicas del otro, una forma sutil y ancestral de «oler» a quien acabamos de conocer, como hacen tantos animales al encontrarse.

Hay, por supuesto, una cara menos poética. El contacto de las manos también transmite gérmenes, y por eso las grandes epidemias han hecho que, cada cierto tiempo, la humanidad se replantee la costumbre y busque saludos alternativos que eviten el roce. Sin embargo, superado el susto, el apretón siempre ha terminado por regresar, prueba de lo hondo que está arraigado.

Del campo de batalla al cierre de un trato

Con el paso de los siglos, el apretón de manos ha ido acumulando significados. Sigue siendo un saludo, pero también sella acuerdos: cerrar un trato «con un apretón de manos» equivale a dar la palabra, un compromiso que muchos consideran tan válido como un contrato firmado. En el deporte, los rivales se dan la mano antes y después de competir como muestra de respeto y juego limpio. En la política, el apretón entre dos líderes enfrentados puede convertirse en la imagen de todo un tratado de paz.

Aquel gesto que quizá empezó para demostrar que no se llevaba un arma escondida se ha transformado, con el tiempo, en un lenguaje silencioso de confianza, respeto y acuerdo. La próxima vez que tiendas la mano a un desconocido, piensa que estás repitiendo un ritual que griegos, asirios, cuáqueros y millones de personas antes que tú han practicado durante miles de años. Pocas costumbres tan breves guardan tanta historia.