Cómo nacieron las universidades y por qué apenas han cambiado en 900 años

Cómo nacieron las universidades y por qué apenas han cambiado en 900 años

Cada septiembre, millones de jóvenes se matriculan en una institución que, en lo esencial, funciona igual que hace ochocientos años. Se inscriben en una facultad, siguen un plan de estudios, aprueban exámenes, obtienen un grado y, en la ceremonia final, se visten con una toga y un birrete que vienen directamente de la Edad Media. Pocas instituciones humanas han sobrevivido tanto tiempo conservando su forma. Los reinos han caído, las fronteras se han redibujado y la tecnología ha transformado el mundo entero, pero la universidad sigue reconociéndose a sí misma en su versión del siglo XII. ¿De dónde salió esta idea tan resistente?

Antes de la universidad: escuelas de catedral y maestros ambulantes

Durante los primeros siglos de la Edad Media, la enseñanza superior en Europa dependía sobre todo de la Iglesia. Los monasterios copiaban y conservaban libros, y las escuelas de las catedrales formaban a los futuros clérigos en gramática, retórica y algo de teología. Eran centros modestos, ligados a un obispo y a una ciudad concreta, sin títulos reconocidos más allá de sus muros.

A partir del siglo XI, el renacer de las ciudades, del comercio y del derecho creó una demanda nueva. Hacían falta juristas capaces de interpretar contratos, médicos con formación y teólogos que discutieran cuestiones cada vez más sofisticadas. Alrededor de algunos maestros famosos empezaron a reunirse cientos de estudiantes llegados de toda Europa. Ese fenómeno, espontáneo y desordenado, fue el germen de algo distinto.

Bolonia: un sindicato de estudiantes

La palabra universidad no significaba en su origen un lugar lleno de saber, sino algo mucho más práctico. Universitas era el término latino para una corporación, un gremio, una asociación de personas con intereses comunes. Igual que existían gremios de zapateros o de tejedores, en las ciudades universitarias surgieron gremios de quienes vivían del estudio.

En Bolonia, hacia finales del siglo XI, fueron los propios estudiantes quienes se organizaron. Muchos eran adultos, extranjeros y con recursos, que venían a formarse en derecho romano. Al ser forasteros, carecían de protección legal y estaban a merced de los caseros y los comerciantes locales. Para defenderse, se agruparon en una universitas que negociaba los precios de los alojamientos, fijaba las tarifas y hasta contrataba y multaba a sus propios profesores si faltaban a clase o no cumplían el programa. En Bolonia mandaban los alumnos, y el maestro que se retrasaba podía ser sancionado por sus estudiantes.

París: el poder de los maestros

En París el modelo fue el contrario. Allí la corporación la formaron los maestros, no los estudiantes, y de ese esquema nacieron la mayoría de las universidades del norte de Europa, incluidas Oxford y Cambridge. Los profesores controlaban quién podía enseñar, qué se enseñaba y cómo se examinaba. Para dar clase había que obtener una licencia, la licentia docendi, una autorización oficial que es el origen directo de nuestra palabra licenciatura.

Esa tensión entre dos modelos, el gobernado por estudiantes y el gobernado por profesores, definió durante siglos cómo se repartía el poder dentro de cada institución. Pero ambos compartían algo revolucionario: eran comunidades autónomas, con sus propias reglas, capaces de plantar cara al obispo, al rey o al concejo de la ciudad.

Universidad de Oxford
Oxford siguió el modelo parisino, gobernado por los maestros, y se convirtió en referencia del mundo anglosajón.

La vida agitada del estudiante medieval

Estudiar en la Edad Media no era un asunto tranquilo. Muchos jóvenes llegaban a la ciudad con catorce o quince años, vivían en pensiones abarrotadas y sobrevivían con lo justo. Las clases empezaban de madrugada, se tomaban apuntes al dictado porque los libros eran carísimos, y buena parte del aprendizaje consistía en memorizar y debatir. Los conflictos entre estudiantes y vecinos eran frecuentes y a veces terminaban en verdaderos disturbios, algunos con decenas de muertos. De aquellas tensiones nació también la costumbre de que la universidad tuviera sus propios tribunales y su propia autoridad, al margen de la del alcalde.

El invento que aún usamos: grados, exámenes y toga

Para que un título valiera lo mismo en Bolonia, en París o en Salamanca, hacía falta un sistema común. Y las universidades medievales lo crearon con una precisión sorprendente. El estudiante empezaba como bachiller, un aprendiz que ya había superado las primeras pruebas. Después aspiraba a la licencia para enseñar y, finalmente, al grado de maestro o doctor, que lo convertía en miembro de pleno derecho del gremio del saber.

Ese recorrido incluía años de estudio, disputas públicas y exámenes ante un tribunal, exactamente igual que hoy defendemos un trabajo o una tesis. Incluso la palabra facultad viene de entonces: designaba cada una de las grandes ramas del conocimiento, con las artes como base y la teología, el derecho y la medicina como estudios superiores. La toga, el birrete y la ceremonia de graduación no son adornos folclóricos, sino los restos vivos del rito con el que un gremio medieval admitía a un nuevo miembro.

Latín, escolástica y libertad frente al poder

Un estudiante podía viajar de Italia a Inglaterra y seguir las clases sin problema por una razón sencilla: en toda Europa se enseñaba en latín. Ese idioma común convirtió al continente en un único espacio intelectual. Un manuscrito escrito en París podía leerse y discutirse en Praga o en Coímbra sin traducción.

El método de enseñanza se llamó escolástica, y consistía en plantear una cuestión, exponer los argumentos a favor y en contra, y resolverla mediante la razón y la autoridad de los textos. Podía parecer rígido, pero entrenaba una habilidad valiosísima: pensar de forma ordenada y defender una postura ante quien la rebatía. En ese ambiente enseñaron figuras como Tomás de Aquino, y se recuperaron y comentaron las obras de Aristóteles, muchas de ellas llegadas a Europa a través de los sabios árabes.

Las universidades obtuvieron además privilegios que las protegían del poder civil. Reyes y papas les concedieron cartas que garantizaban su autonomía, la exención de ciertos impuestos y el derecho a juzgar a sus propios miembros. Esa independencia, ganada hace ochocientos años, es el antepasado directo de lo que hoy llamamos libertad académica.

Universidad de Salamanca
La fachada plateresca de Salamanca, la universidad hispana más antigua, fundada en el siglo XIII.

Por qué siguen casi igual

La universidad ha sobrevivido a guerras, revoluciones e imperios porque acertó con una fórmula difícil de mejorar. Separó el título de la persona que lo concede: un grado no depende del favor de un maestro concreto, sino de un tribunal y de unas reglas. Creó una jerarquía clara de méritos, del bachiller al doctor, que todavía usamos. Y protegió un espacio donde discutir ideas sin depender del humor del gobernante de turno.

Muchas de las universidades fundadas en la Edad Media siguen funcionando hoy en las mismas ciudades: Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Salamanca, Coímbra. Han cambiado los laboratorios, las materias y el número de estudiantes, pero el esqueleto es medieval. Cuando un graduado cruza el escenario con su toga para recoger un diploma escrito en un lenguaje solemne, está repitiendo, sin saberlo, un gesto que nació entre los gremios de estudiantes y maestros de hace novecientos años. Pocas ideas humanas han demostrado tanta resistencia al paso del tiempo.