¿De verdad se inundaba el Coliseo para librar batallas navales?

¿De verdad se inundaba el Coliseo para librar batallas navales?

Cualquiera que haya visitado Roma lo ha escuchado de boca de un guía: hace casi dos mil años, en el mismo lugar donde hoy los turistas se hacen fotos, el emperador ordenaba llenar la arena de agua y hacía chocar barcos de guerra ante miles de espectadores. La imagen parece salida de una superproducción de Hollywood, y de hecho el cine la ha recreado más de una vez. La pregunta es inevitable: ¿ocurrió de verdad?

La respuesta corta es que sí, aunque con matices que hacen el episodio aún más fascinante. La historia del Coliseo romano guarda un capítulo breve y espectacular en el que el anfiteatro más famoso del mundo se convirtió, literalmente, en un lago artificial para el combate. Las fuentes antiguas lo cuentan con detalle, y la arqueología lleva más de un siglo discutiendo cómo lo consiguieron exactamente.

El Coliseo sí se inundó para celebrar batallas navales simuladas, llamadas naumaquias, pero solo durante sus primeros años de vida. Las fuentes antiguas describen combates acuáticos bajo Tito en el año 80 y bajo Domiciano, antes de que la construcción de los sótanos del hipogeo hiciera imposible volver a llenar la arena de agua.

¿Qué eran las naumaquias y quién las inventó?

Las naumaquias eran recreaciones de batallas navales célebres, organizadas como espectáculo público y protagonizadas casi siempre por prisioneros de guerra y condenados a muerte. No eran simulacros inofensivos: se combatía con armas reales y los participantes morían de verdad. Para el público romano eran el espectáculo definitivo, mucho más caro y raro que cualquier cacería de fieras o combate de gladiadores.

La primera de la que hay constancia la organizó Julio César en el año 46 a. C., dentro de los fastos por su cuádruple triunfo. Mandó excavar un estanque artificial en el Campo de Marte, junto al Tíber, y enfrentó en él a dos escuadras que representaban a las flotas de Tiro y de Egipto, con miles de remeros y combatientes. En el año 2 a. C., Augusto fue más lejos: hizo construir un enorme estanque permanente al otro lado del Tíber, en la zona del actual Trastévere, y recreó la batalla de Salamina entre atenienses y persas con una treintena de naves de espolón y unos tres mil combatientes, sin contar los remeros. El propio emperador presumió de aquella obra en su testamento político, las Res Gestae.

Cuadro de Gérôme con gladiadores saludando al emperador Claudio en un espectáculo romano
Ave Caesar! Morituri te salutant, óleo de Jean-Léon Gérôme de 1859. (Jean-Léon Gérôme, dominio público, vía Wikimedia Commons)

La más colosal de todas ni siquiera se celebró en Roma. En el año 52, el emperador Claudio organizó en el lago Fucino, en los Abruzos, un combate con un centenar de naves y unos 19.000 participantes, según cuenta Tácito en sus Anales. Fue allí, y no en el Coliseo, donde según Suetonio los combatientes saludaron al emperador con la famosa frase «Ave, César, los que van a morir te saludan». Es la única vez que las fuentes recogen ese saludo, por mucho que el cine lo haya puesto después en boca de todos los gladiadores. Con estos precedentes, no extraña que los emperadores Flavios quisieran llevar el género a su nuevo anfiteatro.

La historia del Coliseo romano: de lago de Nerón a anfiteatro Flavio

Para entender las batallas navales del Coliseo hay que empezar por una ironía deliciosa: el edificio se levantó, precisamente, sobre un lago. Tras el gran incendio del año 64, Nerón se había apropiado de un enorme terreno en el centro de Roma para construir su palacio, la Domus Aurea, que incluía un estanque artificial rodeado de jardines. Cuando Vespasiano llegó al poder en el año 69, tras el caos de la guerra civil, decidió devolver aquel espacio al pueblo con un gesto de propaganda magistral: desecó el lago del tirano y construyó encima un anfiteatro monumental, financiado con el botín de la guerra de Judea.

El anfiteatro Flavio, que solo siglos después empezó a llamarse Coliseo, podía acoger a unos 50.000 espectadores, protegidos del sol por el velarium, un gigantesco toldo de lona que manejaba un destacamento de marineros de la flota imperial de Miseno. Ya en su diseño hay, por tanto, un vínculo curioso con el mar. Vespasiano murió en el año 79 sin ver terminada su obra, y fue su hijo Tito quien la inauguró en el año 80 con cien días de juegos en los que, según las fuentes, murieron miles de animales. Para qué se usaba el Coliseo el resto del tiempo es bien conocido: cacerías por la mañana, ejecuciones al mediodía y, como plato fuerte, los combates de gladiadores, cuya vida real se parecía poco a la del cine.

Grabado de Piranesi con el interior en ruinas del anfiteatro, testimonio de la historia del Coliseo romano
El interior del anfiteatro Flavio según un grabado de Piranesi del siglo XVIII. (Dominio público, vía Wikimedia Commons)

Tito, Domiciano y el agua en la arena: lo que dicen las fuentes

Aquí llegamos al corazón del asunto. Dos autores antiguos, Suetonio y Dion Casio, afirman que durante los juegos inaugurales del año 80 hubo espectáculos acuáticos. Dion Casio, el más explícito, cuenta que Tito hizo llenar de agua el anfiteatro, exhibió caballos y toros adiestrados para actuar en el líquido elemento y organizó un combate naval en el que unos participantes hacían de corcirenses y otros de corintios, recreando una guerra del siglo V a. C. El poeta Marcial, testigo directo de aquellos juegos, dedicó varios epigramas de su Libro de los espectáculos al asombro de ver agua donde antes había tierra firme.

Las fuentes añaden que Tito celebró otra naumaquia mayor, con miles de hombres, en el viejo estanque de Augusto al otro lado del Tíber, lo que confirma que los romanos distinguían entre las dos sedes: para las grandes flotas, el estanque; para el prodigio técnico, el anfiteatro. A Domiciano, hermano y sucesor de Tito, se le atribuyen también espectáculos navales en el Coliseo, además de la excavación de un nuevo estanque junto al Tíber cuando el anfiteatro dejó de ser apto para ellos.

Sestercio de bronce del emperador Tito con la imagen del anfiteatro Flavio recién inaugurado
Sestercio acuñado bajo Tito hacia el año 80 con la imagen del anfiteatro. (Rc 13, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons)

¿Cómo se inundaba el Coliseo para las batallas navales?

Es la gran pregunta, y la respuesta obliga a rebajar un poco la épica. El Coliseo nunca se llenó como una piscina de varios metros de profundidad: los cálculos modernos apuntan a una lámina de agua de metro y medio aproximadamente, suficiente para hacer flotar embarcaciones ligeras de fondo plano, probablemente versiones a escala de las naves de guerra reales. Nada de trirremes auténticos con tres filas de remeros: el espacio de la arena, de unos 80 por 54 metros, no daba para maniobrar flotas de verdad.

En cuanto al mecanismo, los ingenieros romanos jugaban con ventaja: el edificio se asentaba sobre la cubeta del antiguo lago de Nerón, una zona naturalmente baja y bien surtida de conducciones de agua. Los estudios de ingeniería hidráulica sugieren que una red de canales conectada a los acueductos podía llenar la arena en cuestión de horas, y que el desagüe hacia los colectores de la ciudad permitía vaciarla con la misma rapidez. Era la misma pericia con el agua que mantenía en funcionamiento las termas romanas, auténticos centros sociales del imperio, aplicada al espectáculo puro. Aun así, conviene ser honestos: no se ha encontrado el sistema exacto de llenado, y una parte de los arqueólogos sigue debatiendo si la arena se inundaba por completo o solo un gran estanque central. El debate existe, y no ocultarlo es lo que separa la historia de la leyenda.

El hipogeo, o por qué se acabaron las naumaquias en el Coliseo

Si las inundaciones fueron posibles, fue solo durante una ventana muy corta. Poco después de la inauguración, bajo el reinado de Domiciano, se construyó bajo la arena el hipogeo: una red de dos niveles de túneles, jaulas, montacargas y trampillas que permitía hacer aparecer fieras y decorados como por arte de magia. Aquella maravilla escénica tuvo un precio: con los sótanos llenos de maquinaria de madera, cuerdas y poleas, inundar la arena pasó a ser sencillamente imposible. La arqueología es aquí contundente, porque el hipogeo que hoy ve cualquier visitante ocupa justo el espacio que antes habría acogido el agua.

Hubo además razones prácticas. Una naumaquia era carísima: exigía naves, miles de condenados adiestrados para remar y combatir, y un despliegue hidráulico enorme para unas horas de función. Frente a eso, los combates de gladiadores y las cacerías ofrecían espectáculo diario a un coste mucho menor. Roma optó por la rentabilidad: las batallas navales se trasladaron a estanques construidos a propósito y, con el paso de las décadas, fueron desapareciendo del calendario festivo. En un imperio capaz de extravagancias como la de Calígula, que según la tradición quiso nombrar cónsul a su caballo Incitato, resulta casi sorprendente que fuera el sentido práctico el que dictara sentencia.

Conclusión

Sí, el Coliseo se inundó para librar batallas navales, pero solo al principio de su larga vida y en condiciones mucho más modestas de lo que sugiere la imaginación popular: agua poco profunda, barcos a escala y una ventana de apenas unos años entre la inauguración de Tito y la construcción del hipogeo. Las grandes naumaquias, las de flotas enteras y miles de combatientes, se libraron en estanques excavados a propósito por César, Augusto y sus sucesores.

Quizá lo más revelador de este capítulo de la historia del Coliseo romano no sea el dato en sí, sino lo que dice de Roma. Una civilización capaz de convertir un lago privado en el mayor anfiteatro del mundo, y luego el anfiteatro en un lago durante una tarde, no necesitaba efectos especiales: los construía con piedra, agua y una ambición sin límites. Dos mil años después seguimos haciéndonos la misma pregunta ante sus ruinas, y esa es, probablemente, la mejor prueba de que el espectáculo les salió redondo.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.