Mucho más que darse un baño
Para un romano, ir a las termas no era un simple acto de higiene: era el eje de la vida social. Al caer la tarde, después de la jornada de trabajo, ciudadanos de toda condición acudían a estos gigantescos complejos públicos para lavarse, sí, pero sobre todo para charlar, hacer ejercicio, cerrar negocios, buscar clientes, enterarse de los últimos rumores y dejarse ver. Eran, a la vez, balneario, gimnasio, club social, biblioteca y plaza pública.
Lo más llamativo es lo baratas que resultaban. La entrada costaba una moneda de ínfimo valor, al alcance de casi cualquiera, y a veces era incluso gratuita cuando un político generoso pagaba la cuenta para ganarse el favor del pueblo. En una sociedad tan jerarquizada, las termas eran uno de los pocos espacios donde el rico y el humilde compartían la misma agua.
Las termas solían abrir hacia el mediodía y funcionaban hasta el anochecer, de modo que la visita encajaba en el ritmo de la jornada romana justo cuando terminaban los asuntos oficiales. Para muchos, pasar por los baños al final del día era tan natural e irrenunciable como para nosotros volver a casa. Había cientos de establecimientos repartidos por la ciudad, desde modestos baños de barrio hasta los gigantescos complejos imperiales.
Un recorrido de frío y calor
Bañarse era todo un ritual con un itinerario marcado. El visitante dejaba la ropa en el apodyterium, el vestuario, a menudo vigilado por un esclavo para evitar los robos. Muchos empezaban ejercitándose en la palestra, un patio al aire libre donde se jugaba a la pelota, se levantaban pesas o se practicaba la lucha, hasta romper a sudar.
Después venía la secuencia de salas a distinta temperatura. El caldarium era la estancia más caliente, con piscinas de agua muy templada y un ambiente cargado de vapor. El tepidarium, tibio, servía de transición. Y el frigidarium, frío, cerraba el circuito con una zambullida vigorizante. Los complejos más grandes añadían una natatio, una gran piscina descubierta para nadar. Recorrer aquellas salas era una experiencia pensada tanto para el cuerpo como para el disfrute.
El ingenio de calentarlo todo
¿Cómo conseguían los romanos mantener aquellas salas ardientes sin electricidad ni calderas modernas? La respuesta fue una obra maestra de ingeniería: el hipocausto. El suelo de las salas calientes se elevaba sobre pequeñas pilas de ladrillos, dejando un hueco por debajo. Desde un horno alimentado con leña, los esclavos avivaban constantemente el fuego, y el aire caliente circulaba por ese espacio bajo el pavimento y ascendía después por conductos huecos ocultos en las paredes.

De ese modo, suelos y muros irradiaban calor de manera uniforme. Era un sistema tan eficaz que el pavimento del caldarium podía quemar los pies descalzos, y por eso los bañistas caminaban sobre sandalias de suela gruesa. Todo aquel calor exigía un ejército de esclavos trabajando sin descanso en las entrañas del edificio, invisibles para quienes disfrutaban arriba.
Aceite, rascadores y nada de jabón
La forma de asearse también resultaría chocante hoy. Los romanos apenas usaban jabón. Para limpiarse, se untaban el cuerpo con aceite y luego se lo raspaban con un instrumento curvo de metal llamado estrígilo, que arrastraba consigo el aceite, el sudor y la suciedad. En los baños de lujo, un esclavo se encargaba de esta tarea; los atletas retiraban así incluso el polvo de la palestra.
El agua llegaba en cantidades ingentes gracias a los acueductos, esas conducciones que abastecían las ciudades desde manantiales lejanos. Sin ellos, las grandes termas habrían sido sencillamente imposibles: todo el sistema dependía de un suministro constante y abundante que muy pocas civilizaciones antiguas fueron capaces de garantizar.
Alrededor del baño florecía todo un pequeño mundo de servicios. Vendedores ambulantes ofrecían salchichas, pasteles y bebidas; había masajistas que trabajaban el cuerpo con aceites perfumados, depiladores, barberos y hasta quienes alquilaban toallas. Un romano acomodado podía pasar allí buena parte de la tarde, comiendo algo, dejándose masajear y charlando, sin ninguna prisa por marcharse.
Ruido, negocios y escándalos
El ambiente distaba mucho de ser tranquilo. El filósofo Séneca, que tuvo la mala suerte de vivir sobre unos baños, dejó una carta desternillante quejándose del estruendo: los gruñidos de quienes levantaban pesas, los gritos del vendedor de salchichas, los chapoteos de los que se tiraban al agua y, sobre todo, el alarido del cliente al que un depilador le arrancaba los pelos de las axilas.
Aquel bullicio era el de la vida misma. Entre vapores se sellaban acuerdos comerciales, se tejían intrigas políticas y corrían los rumores de la ciudad. Hombres y mujeres solían bañarse por separado, en horarios distintos o en instalaciones diferentes; los baños mixtos existieron, pero fueron mal vistos y prohibidos por varios emperadores, entre ellos Adriano.
La presencia femenina en los baños fue siempre motivo de debate moral. En muchas termas, las mujeres tenían asignado el turno de la mañana y los hombres el de la tarde; en otras existían salas por completo separadas. Los baños mixtos, allí donde se permitieron, escandalizaron a los moralistas y acabaron restringidos una y otra vez, sin que las prohibiciones lograran nunca erradicarlos del todo.
Baños, salud y medicina
Para los romanos, el baño no era solo un placer, sino también una cuestión de salud. Los médicos de la Antigüedad recomendaban la alternancia de agua caliente y fría para tratar toda clase de dolencias, desde el reuma hasta la mala digestión, y algunos, como el griego Asclepíades, hicieron de la hidroterapia el centro de su práctica. Los balnearios construidos junto a manantiales de aguas consideradas curativas atraían a enfermos de todo el imperio.
Esa dimensión medicinal convivía con otra menos noble. Al compartir la misma agua durante horas, y sin los conocimientos de higiene actuales, las termas también podían ser un foco de contagio. Aun así, el balance cultural fue enormemente positivo: pocas instituciones reflejan tan bien el ideal romano de vida civilizada como aquellos edificios donde el cuerpo, la mente y la vida social se cuidaban a la vez.
Templos del ocio imperial
Con el tiempo, los emperadores convirtieron las termas en monumentos a su propia gloria. Las termas de Caracalla, terminadas hacia el año 216, podían acoger a unos 1.600 bañistas a la vez y ocupaban una superficie inmensa, con jardines, bibliotecas griegas y latinas, salas de conferencias y esculturas colosales. Las de Diocleciano fueron aún mayores. No eran simples baños, sino auténticos centros de ocio y cultura financiados por el poder para mantener contenta a la población.
Sus muros estaban revestidos de mármoles de colores traídos de todo el Mediterráneo, sus suelos lucían mosaicos y sus salas se decoraban con estatuas famosas; de hecho, algunas de las esculturas antiguas más admiradas de los museos actuales proceden precisamente de estos baños. Entrar en una de aquellas termas debía de producir el mismo asombro que hoy sentimos al pisar una gran catedral.
Aquel esplendor dependía de una infraestructura frágil. Cuando el Imperio de Occidente se hundió y, durante las guerras del siglo VI, se cortaron los acueductos de Roma, las grandes termas quedaron secas y en silencio. La costumbre no desapareció del todo: sobrevivió transformada en el Imperio bizantino y, muy especialmente, en el hammam del mundo islámico, heredero directo de aquellas salas de vapor. Pero la Roma que se lavaba, negociaba y cotilleaba entre columnas de mármol se apagó para siempre.
