En la primavera de 1845, dos navíos de la Marina Real británica zarparon de Inglaterra rumbo al Ártico canadiense. Iban al mando del experimentado oficial sir John Franklin y transportaban a 129 hombres. Su objetivo era completar el Paso del Noroeste, la ansiada ruta marítima que uniría el Atlántico con el Pacífico a través del laberinto helado del norte de Canadá. Estaban mejor equipados que ninguna expedición polar anterior. Nunca regresaron. Ni un solo hombre. La desaparición completa de aquella empresa desató la mayor operación de búsqueda de la época y dio origen a uno de los grandes misterios de la exploración, un enigma que solo empezó a resolverse del todo en pleno siglo XXI.
El sueño del Paso del Noroeste
Durante siglos, las potencias marítimas europeas soñaron con encontrar una ruta hacia Asia por el norte de América que evitara los larguísimos rodeos por el sur. Ese Paso del Noroeste era una obsesión geográfica y comercial. A comienzos del siglo XIX, tras las guerras napoleónicas, la Marina británica dedicó grandes recursos a explorar el Ártico y a rellenar los últimos huecos del mapa. Franklin, veterano de anteriores y penosas expediciones polares por tierra, fue elegido para dirigir la que debía ser la culminación de ese esfuerzo.

La expedición mejor preparada de su tiempo
Los dos barcos, el HMS Erebus y el HMS Terror, eran robustos buques bombarderos reforzados para resistir la presión del hielo. Incorporaban innovaciones notables: máquinas de vapor auxiliares que movían hélices, cascos blindados, calefacción interior y provisiones para varios años, incluida una enorme cantidad de comida en conserva, entonces una tecnología reciente. Sobre el papel, era la expedición polar más avanzada jamás organizada.

La confianza en el éxito era casi absoluta. Franklin gozaba de prestigio, la tripulación estaba curtida y la tecnología parecía imbatible; nadie en el Almirantazgo imaginó que aquella empresa pudiera desvanecerse sin dejar rastro. La flota fue vista por última vez por balleneros europeos a finales de julio de 1845, en la bahía de Baffin, esperando condiciones favorables para adentrarse en el archipiélago. Después, el silencio. A medida que pasaban los meses y los años sin noticias, la inquietud creció en Gran Bretaña, alentada en buena parte por la insistencia de lady Jane Franklin, la esposa del comandante, que presionó sin descanso para que se organizaran búsquedas.
Años de búsqueda desesperada
A partir de finales de la década de 1840 se lanzaron numerosas expediciones de rescate, tanto de la Marina como financiadas por particulares. Paradójicamente, aquella tragedia impulsó la exploración del Ártico como pocas cosas lo habían hecho: en su afán por hallar a Franklin, los barcos cartografiaron miles de kilómetros de costas y canales antes desconocidos. Pero de los desaparecidos apenas encontraban rastros dispersos.
Las primeras pistas concretas llegaron en la isla Beechey, donde se hallaron restos de un campamento de invierno y, sobre todo, las tumbas de tres marineros que habían muerto durante el primer invierno, el de 1845 a 1846. Eran testimonios mudos: confirmaban dónde habían pasado aquel invierno, pero no adónde habían ido después. El grueso del misterio seguía intacto.
La magnitud de aquellas búsquedas fue extraordinaria. Durante más de una década se sucedieron decenas de expediciones, británicas y también estadounidenses, algunas por mar y otras por tierra, que peinaron el archipiélago ártico. El propio esfuerzo se convirtió en una epopeya paralela, con sus héroes, sus fracasos y sus víctimas. La opinión pública seguía el asunto con pasión, y la figura de lady Franklin, incansable en su empeño por conocer la suerte de su marido y por defender su honor, se transformó en un personaje célebre de la época victoriana.
Las pistas del hielo
El documento más revelador apareció años más tarde en la isla del Rey Guillermo: una nota escrita en un formulario naval y depositada en un montículo de piedras. En ella, dos oficiales dejaron constancia de que los barcos habían quedado atrapados por el hielo desde septiembre de 1846, que Franklin había muerto en junio de 1847 y que, para la primavera de 1848, los supervivientes habían perdido a numerosos hombres y habían decidido abandonar los buques para intentar llegar a pie hacia el sur, hacia el continente. Aquella nota, escueta y dramática, es prácticamente el único testimonio directo de la propia expedición.
A esas pistas se sumaron los relatos de los inuit, los habitantes del Ártico, que durante años describieron haber visto a grupos de hombres blancos demacrados arrastrando botes por el hielo, y que hablaron de cadáveres y de campamentos con señales de un final espantoso. El explorador John Rae recogió parte de esos testimonios a mediados del siglo XIX. Su informe, que incluía indicios de que los hombres, en su desesperación final, habían recurrido al canibalismo, escandalizó a la sociedad victoriana, que se resistió a creer que oficiales británicos pudieran haber llegado a ese extremo. Con el tiempo, el análisis de los restos óseos hallados daría la razón, en lo esencial, a los relatos inuit.
Por qué murieron todos
Reconstruir las causas exactas de la catástrofe sigue siendo objeto de debate, pero se perfila un cuadro de desgracias acumuladas. El factor de fondo fue el hielo: los barcos quedaron atrapados durante más de un año en una zona donde el mar no llegó a deshelarse lo suficiente para liberarlos. Aislados, con las provisiones menguando y el frío extremo, los hombres se debilitaron progresivamente.
Se han señalado varias posibles causas de esa debilidad. El escorbuto, la enfermedad por falta de vitamina C que asolaba a los marinos en travesías largas, casi con seguridad hizo estragos; sus efectos, que reabren viejas heridas y debilitan el cuerpo, resultan devastadores en condiciones de frío y esfuerzo extremos. También se sospechó durante décadas de un envenenamiento por plomo, procedente quizá de las soldaduras de las latas de conserva o del sistema de agua de los barcos; los análisis de restos mostraron niveles altos de plomo, aunque hoy los investigadores discuten cuánto contribuyó realmente a la tragedia frente a otros factores. A ello se añadieron el agotamiento, el hambre y, posiblemente, alimentos en mal estado. La marcha final a pie por un terreno gélido y sin recursos, arrastrando pesados botes, fue una sentencia para hombres ya exhaustos.
El hielo devuelve sus secretos
Durante más de siglo y medio, el destino de los propios barcos siguió siendo un enigma. La respuesta llegó gracias a la arqueología subacuática y a la colaboración con el conocimiento inuit, que había conservado la memoria de dónde se había hundido uno de los navíos. En 2014, una expedición canadiense localizó los restos del HMS Erebus en el fondo del mar, al oeste de la península de Adelaida. Dos años después, en 2016, se halló el HMS Terror, notablemente bien conservado en aguas heladas, en una bahía que hoy lleva ese nombre.
El hallazgo de los pecios no cerró todas las preguntas, pero permitió a los arqueólogos empezar a estudiar directamente aquellos buques y su carga, congelados en el tiempo bajo el agua. La ironía final de esta historia es amarga: el Paso del Noroeste que Franklin y sus hombres buscaron hasta morir acabaría siendo recorrido por completo a comienzos del siglo XX por el noruego Roald Amundsen, precisamente aprovechando el conocimiento del terreno y las técnicas de supervivencia de los pueblos inuit. La expedición de Franklin se convirtió así en un símbolo doble: el de la audacia de la exploración y el de la soberbia de quienes creyeron poder vencer al Ártico ignorando a quienes sabían habitarlo.
