Midway: los cinco minutos que decidieron la guerra del Pacífico

Midway: los cinco minutos que decidieron la guerra del Pacífico

A comienzos de junio de 1942, en las inmensas soledades del océano Pacífico, se libró una batalla que cambió el rumbo de la guerra en apenas unos minutos decisivos. No hubo grandes duelos de acorazados ni frentes de trincheras: todo se jugó entre portaaviones separados por cientos de kilómetros, cuyos aviones se buscaban a ciegas sobre el mar. Cuando aquella mañana terminó, el poderío naval japonés había recibido una herida de la que nunca se recuperaría. La batalla de Midway es el ejemplo perfecto de cómo la información, la preparación y un puñado de minutos afortunados pueden pesar más que la fuerza bruta.

Después de Pearl Harbor

Medio año antes, el ataque japonés a Pearl Harbor había sumido a la flota estadounidense en el Pacífico en una situación crítica, aunque con un matiz decisivo: sus portaaviones no se encontraban en el puerto aquel día y se salvaron. En los meses siguientes, Japón encadenó una serie de conquistas fulgurantes por todo el sudeste asiático y el Pacífico. Solo en el mar del Coral, poco antes de Midway, un choque entre portaaviones había frenado por primera vez uno de sus avances.

El almirante Isoroku Yamamoto, artífice del plan japonés, buscaba un golpe definitivo. Su idea era atacar el atolón de Midway, una pequeña pero estratégica base estadounidense, para forzar a los portaaviones enemigos a salir en su defensa y destruirlos de una vez por todas en una batalla decisiva. Sobre el papel, la operación reunía una fuerza abrumadora, con varios portaaviones de flota veteranos como núcleo de ataque.

Isoroku Yamamoto
El almirante Isoroku Yamamoto, cerebro del plan japonés para atraer y destruir a los portaaviones estadounidenses

El código roto

Lo que Yamamoto ignoraba era que su ventaja del factor sorpresa ya no existía. Los criptógrafos estadounidenses habían avanzado enormemente en el descifrado de las comunicaciones navales japonesas y sospechaban que se preparaba una gran operación contra un objetivo que en los mensajes aparecía designado con unas siglas. Para confirmar que se trataba de Midway, idearon una estratagema: hicieron que la base transmitiera, sin cifrar, un mensaje ficticio sobre una avería en su sistema de agua. Cuando poco después el tráfico japonés mencionó que aquel objetivo tenía problemas de agua, la duda quedó despejada.

Con esa información en la mano, el almirante Chester Nimitz, comandante estadounidense en el Pacífico, tomó una decisión audaz: en lugar de esperar el golpe, tendería una emboscada. Reunió los portaaviones de que disponía, incluido uno que había sido dañado en el mar del Coral y que fue reparado a marchas forzadas en tiempo récord, y los situó al acecho cerca de Midway, fuera del alcance de la exploración japonesa. Los cazadores estaban a punto de convertirse en presa sin saberlo.

Chester Nimitz
El almirante Chester Nimitz decidió tender una emboscada tras conocer los planes japoneses

Una mañana de decisiones fatales

La mañana del 4 de junio, la fuerza de portaaviones japonesa lanzó su primer ataque contra las instalaciones de Midway, convencida de que no había buques enemigos importantes en las cercanías. Al comprobar que la base seguía siendo una amenaza, el mando japonés ordenó preparar una segunda oleada contra el atolón. Fue en ese momento cuando un avión de reconocimiento comunicó lo impensable: había portaaviones estadounidenses en la zona.

La noticia sumió a la flota japonesa en un dilema angustioso. Sus aviones estaban siendo rearmados con bombas para atacar tierra y ahora había que cambiarlos a toda prisa por torpedos para golpear a los buques. Las cubiertas se llenaron de aparatos, combustible y municiones en pleno trasiego, en el peor momento posible. A esa confusión se sumaba la necesidad de recuperar los aviones que regresaban del ataque a Midway. La formación japonesa quedó, durante un intervalo crucial, extraordinariamente vulnerable.

Los cinco minutos que lo cambiaron todo

Los estadounidenses lanzaron sus escuadrones en oleadas sucesivas. Los primeros en llegar fueron los lentos bombarderos torpederos, que atacaron casi sin protección y fueron masacrados por los cazas japoneses y la artillería antiaérea; escuadrones enteros quedaron prácticamente aniquilados sin lograr un solo impacto. Su sacrificio, sin embargo, no fue en vano: para destruirlos, los cazas japoneses habían descendido a baja altura, dejando el cielo despejado sobre la flota.

Fue entonces cuando, procedentes de gran altura, aparecieron los bombarderos en picado estadounidenses. Se lanzaron sobre las cubiertas japonesas repletas de aviones armados y cargados de combustible en el instante más frágil imaginable. En un intervalo de apenas unos minutos, tres de los grandes portaaviones japoneses quedaron convertidos en infiernos de fuego secundario que las tripulaciones no pudieron controlar. Aquel puñado de minutos, en el que se concentró el desenlace de meses de guerra, ha pasado a la historia como el momento en que se decidió el Pacífico.

Portaaviones
Los portaaviones, y no los acorazados, fueron las piezas decisivas del combate en Midway

El último portaaviones y el precio final

Todavía quedaba en combate un cuarto portaaviones japonés, que lanzó sus aviones en un contraataque desesperado y logró dañar gravemente a uno de los portaaviones estadounidenses, que acabaría hundiéndose días después. Pero su suerte estaba echada: por la tarde, los bombarderos en picado estadounidenses regresaron y también lo dejaron ardiendo sin remedio. Con ello, los cuatro grandes portaaviones que formaban el corazón de la fuerza de ataque japonesa se habían perdido en un solo día.

El precio para Japón fue mucho más allá de los barcos. En aquellas cubiertas se hundieron también centenares de aviones y, sobre todo, un número irremplazable de pilotos, mecánicos y técnicos con años de experiencia. Una nación con una industria más limitada que la de su adversario no podía reponer con facilidad ni los buques ni, mucho menos, a esos hombres. Estados Unidos, por su parte, sufrió pérdidas dolorosas pero asumibles, y conservó intacta su capacidad de seguir construyendo y formando a marchas forzadas.

Un antes y un después en el Pacífico

Midway invirtió el signo de la guerra en el océano. Hasta entonces, Japón había marcado el ritmo, elegido los objetivos y acumulado victorias. A partir de aquella batalla, la iniciativa pasó al bando estadounidense, que comenzaría poco después su larga campaña de avance isla a isla hacia el archipiélago japonés. La flota que había parecido imparable quedó privada de su instrumento ofensivo más valioso justo cuando más lo necesitaba.

La batalla dejó además una enseñanza que trasciende lo naval: en la guerra moderna, la información puede valer tanto como los cañones. Sin el trabajo silencioso de los descifradores, la emboscada de Nimitz habría sido imposible, y una fuerza inferior no habría podido derrotar a otra muy superior sobre el papel. El azar tuvo su parte —esos minutos en que todo coincidió—, pero fue un azar minuciosamente preparado por quienes supieron leer las intenciones del enemigo antes de que este las ejecutara.

Por eso Midway se recuerda como uno de esos raros momentos en los que el curso de una guerra entera se comprime en una sola mañana. Entre el humo de las cubiertas ardiendo se decidió no solo el destino de un atolón perdido en el Pacífico, sino el equilibrio de fuerzas de todo un océano durante los años que quedaban de contienda.