El crédito nació antes que el dinero
Solemos imaginar que primero apareció el dinero y que el crédito llegó mucho después, cuando alguien no tuvo suficientes monedas para pagar. La historia real es justo al revés. Antes de que existiera una sola moneda acuñada, los seres humanos ya se debían cosas unos a otros y llevaban una cuenta minuciosa de ello. Fiar, apuntar y cobrar más tarde es una de las prácticas económicas más antiguas que conocemos, mucho más vieja que el efectivo.
Durante siglos se contó una historia distinta. El economista Adam Smith imaginó en el siglo XVIII un pasado remoto en el que la gente intercambiaba directamente una vaca por sacos de grano, y en el que el dinero se habría inventado para facilitar ese trueque. Sin embargo, los antropólogos que han buscado ese mundo de puro intercambio no lo han encontrado en ninguna parte. Lo que aparece una y otra vez, en cambio, son comunidades que funcionan a base de favores, obligaciones y deudas anotadas: te llevas hoy lo que necesitas y quedas a deber hasta que puedas devolverlo.

El crédito, en el fondo, es una forma de confianza puesta por escrito o guardada en la memoria colectiva. Y esa confianza precede a las monedas, a los billetes y, por supuesto, a las tarjetas de plástico. Entender de dónde viene es asomarse a los cimientos mismos de la vida en sociedad.
Mesopotamia: deudas escritas en barro
Los primeros registros de deuda que se conservan tienen más de cinco mil años y proceden de las ciudades de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak. Allí, escribas cuidadosos anotaban sobre tablillas de arcilla húmeda, con signos cuneiformes en forma de cuña, quién debía qué a quién. Muchas de esas tablillas no hablan de poesía ni de dioses, sino de préstamos de cebada, de cantidades de plata y de plazos concretos de devolución.
Los grandes prestamistas de aquella época no eran bancos como los de hoy, sino los templos y los palacios. Concentraban enormes reservas de grano y de metal, y las prestaban a campesinos y comerciantes. El interés era altísimo para nuestros estándares: se consideraba normal cobrar en torno a un veinte por ciento anual sobre los préstamos de plata y hasta un tercio sobre los de cebada. No es casualidad que la palabra sumeria para «interés», mash, significara también «cría» o «ternero»: el metal prestado se veía como un rebaño capaz de reproducirse solo.

Aquellas deudas no eran un asunto menor. Una mala cosecha bastaba para que una familia se hundiera: si no podían devolver el grano, el deudor se veía obligado a entregar sus tierras, e incluso a sí mismo, a su mujer o a sus hijos como siervos del acreedor hasta saldar la cuenta. La esclavitud por deudas fue durante milenios la cara más oscura del crédito, y con ella nació también la necesidad de ponerle límites.
Hammurabi y los primeros límites al interés
Hacia el año 1754 a. C., el rey Hammurabi de Babilonia mandó grabar en una gran estela de piedra oscura uno de los códigos legales más famosos de la historia. Entre sus leyes, muchas se ocupan precisamente de las deudas y los préstamos. Fue uno de los primeros intentos documentados de poner reglas al crédito para que los poderosos no arruinaran sin freno a los más débiles.
El código fijaba topes al interés que un prestamista podía reclamar y castigaba a quien intentara cobrar de más: si un acreedor exigía un interés abusivo, podía llegar a perder por completo lo prestado. También limitaba la servidumbre por deudas. Una de sus normas más citadas establece que, si alguien entregaba a su esposa, su hijo o su hija para pagar una deuda, estos debían trabajar tres años para el acreedor y quedar libres al cuarto.

Que un rey de hace casi cuatro mil años considerara necesario regular todo esto nos dice mucho: la deuda ya era entonces un motor de la economía y, al mismo tiempo, una fuente constante de conflictos sociales. Los problemas que hoy asociamos al endeudamiento son, en realidad, tan antiguos como la escritura.
El arte de borrar las deudas
Los antiguos descubrieron pronto un problema que todavía nos suena: cuando las deudas se acumulan sin freno, la sociedad entera se tensiona. Demasiada gente endeudada, empobrecida y convertida en sierva podía provocar revueltas o dejar los campos sin brazos que los trabajaran. La solución que encontraron fue tan drástica como eficaz: cancelarlo todo de golpe.
Los reyes mesopotámicos proclamaban de tanto en tanto lo que hoy llamaríamos un «borrón y cuenta nueva». Los sumerios lo denominaban ama-gi, una expresión que significaba algo así como «retorno a la madre», porque los siervos por deudas podían volver a sus hogares. En estas proclamas se anulaban las deudas, se liberaba a los esclavizados por ellas y, a veces, se devolvían las tierras a sus antiguos dueños. Era una forma de reiniciar el sistema antes de que estallara por dentro.
Esa misma idea reaparece en la tradición hebrea con el año del jubileo, descrito en la Biblia: cada cierto número de años debían perdonarse las deudas y liberarse a los esclavos. La palabra que hoy usamos para grandes celebraciones, «jubileo», procede precisamente de aquel reinicio periódico de las cuentas. El perdón de la deuda, tan debatido en nuestros días, tiene por tanto miles de años de historia.
Del grano a la moneda: Grecia, Roma y los palos de contar
La moneda acuñada, tal como la conocemos, es un invento relativamente tardío: aparece hacia el siglo VII a. C. en el reino de Lidia, en la actual Turquía. Para entonces, el crédito llevaba ya miles de años funcionando. La moneda no sustituyó a la deuda; simplemente le añadió una herramienta más y le dio un rostro metálico que podía guardarse en el bolsillo.
En la antigua Atenas, el problema del endeudamiento estuvo a punto de desgarrar la ciudad. A comienzos del siglo VI a. C., tantos campesinos habían caído en la servidumbre por deudas que el legislador Solón decretó la seisachtheia, la «sacudida de las cargas»: canceló muchas deudas y prohibió que un ciudadano ateniense pudiera ser esclavizado por deber dinero. En Roma existió una figura parecida, el nexum, un contrato por el que el deudor empeñaba su propio cuerpo; también acabó siendo abolido tras siglos de abusos.

Roma llegó a tener auténticos banqueros, los argentarii, que aceptaban depósitos, cambiaban moneda y prestaban dinero anotando cada operación en sus libros de cuentas. Y en la Europa medieval, mucho después, el crédito se apoyó a veces en objetos tan humildes como los palos de contar: varas de madera en las que se hacían muescas para registrar una deuda y que luego se partían en dos, de modo que acreedor y deudor guardaran cada uno su mitad como prueba imposible de falsificar. En otras partes del mundo, conchas como el cauri cumplieron durante siglos funciones parecidas.
¿Cuál fue, entonces, la primera deuda?
Con todo esto llegamos a la pregunta difícil: ¿cuál fue la primera deuda de la historia? La respuesta sincera es que nunca lo sabremos con certeza. La deuda más antigua de la que tenemos constancia escrita es alguna de esas tablillas mesopotámicas de préstamos de grano, pero casi con seguridad no fueron las primeras deudas, sino solo las primeras que alguien se molestó en anotar. Antes de la escritura hubo, sin duda, incontables promesas de devolver un favor guardadas únicamente en la memoria de las personas.
Quizá la primera deuda verdadera fue un puñado de semillas prestadas a un vecino con la promesa de devolverlas tras la cosecha. Ese gesto sencillo contiene ya toda la esencia del crédito: confiar en que el otro cumplirá en el futuro. Vista así, la deuda no es un defecto de nuestra economía moderna, sino uno de los cimientos invisibles sobre los que se levantó la propia civilización. Fiamos, apuntamos y esperamos cobrar desde mucho antes de tener siquiera una palabra para «dinero».
