Por qué unos países dominan la tecnología: el rompecabezas de la innovación

Por qué unos países dominan la tecnología: el rompecabezas de la innovación

La pregunta aparece a menudo en foros y sobremesas: si un país como China tiene una población enorme y llena de gente brillante, ¿por qué durante tanto tiempo fueron otras naciones, como Estados Unidos, las que marcaron el paso de la tecnología mundial? La duda es legítima, pero parte de una premisa que conviene desmontar antes de responder. Porque la respuesta no tiene casi nada que ver con la inteligencia de las personas y muchísimo con el entorno en el que esas personas viven y trabajan.

Una pregunta con una premisa tramposa

El primer error es suponer que el avance tecnológico de una nación refleja la capacidad intelectual de sus habitantes. No es así. La inteligencia, se mida como se mida, está repartida de forma bastante pareja entre todos los pueblos del mundo: no existe ningún país que tenga el monopolio del talento. China, India, Nigeria o Brasil rebosan de personas capaces; también lo hacían hace siglos, cuando ninguno de ellos lideraba la revolución industrial.

Si el talento está por todas partes pero el progreso no, entonces la explicación hay que buscarla en otro sitio: en cómo cada sociedad organiza, financia y aprovecha ese talento. Un genio sin laboratorios, sin libertad para investigar o sin financiación produce mucho menos que una persona corriente rodeada de los medios adecuados. La materia prima humana no basta; hace falta una maquinaria que la ponga a trabajar.

Las reglas del juego: el papel de las instituciones

Los economistas llevan décadas señalando que la clave de la prosperidad de las naciones está en sus instituciones: las reglas, escritas y no escritas, que rigen la vida económica y política. Una idea muy influyente distingue entre instituciones «inclusivas», que protegen la propiedad, premian el esfuerzo y permiten que cualquiera prospere, e instituciones «extractivas», diseñadas para que unos pocos se beneficien a costa del resto.

Cuando un inventor sabe que podrá patentar su idea, montar una empresa y quedarse con los frutos de su trabajo, tiene incentivos para arriesgarse. Cuando teme que el Estado, un funcionario corrupto o un poderoso le arrebaten el resultado, la creatividad se marchita. La seguridad jurídica, la ausencia de corrupción y la libertad para emprender y equivocarse son, aunque parezcan aburridas, algunas de las verdaderas gasolinas de la innovación.

Un buen ejemplo es el sistema de patentes: al garantizar durante un tiempo el beneficio de un invento, anima a invertir esfuerzo y dinero en investigar. Otro es el acceso a financiación: sin bancos, bolsas o inversores dispuestos a prestar dinero a una idea que todavía no genera beneficios, muchos proyectos brillantes nunca llegarían a nacer. Estas piezas invisibles, que rara vez aparecen en los titulares, importan tanto como los laboratorios y las aulas.

El ecosistema: la lección de Silicon Valley

El ejemplo más citado es Silicon Valley, una franja de California donde nacieron muchas de las mayores empresas tecnológicas del mundo. Su éxito no se debe a que allí vivan las personas más listas del planeta, sino a una combinación difícil de replicar: universidades punteras muy cerca de las empresas, inversores dispuestos a financiar proyectos arriesgados, una densa red de profesionales que cambian de empleo y comparten ideas, y una cultura peculiar que no castiga el fracaso, sino que lo considera parte del aprendizaje.

Ese ecosistema se retroalimenta. Cada empresa exitosa genera profesionales con experiencia y dinero que fundan nuevas empresas, que a su vez atraen más inversión y talento. Reproducir esa maquinaria en otro lugar es endiabladamente difícil, porque no basta con construir edificios o repartir subvenciones: hay que crear una cultura, y eso lleva décadas de aciertos y de errores acumulados.

Universidades y el imán del talento

Hay otro factor decisivo: la capacidad de atraer a los mejores del mundo entero. Durante generaciones, Estados Unidos ha albergado un buen número de las universidades más prestigiosas del planeta, imanes que atraen a estudiantes e investigadores brillantes de todos los países. Muchos de ellos se quedan, fundan empresas o hacen descubrimientos que enriquecen a su país de acogida. No es casualidad que una parte notable de las grandes tecnológicas estadounidenses fuera fundada o codirigida por inmigrantes.

Universidad Stanford
Las grandes universidades funcionan como imanes de talento internacional

Este «drenaje de cerebros» tiene raíces históricas profundas. En el siglo XX, la huida de científicos europeos durante los años del nazismo y la Segunda Guerra Mundial regaló a Estados Unidos algunas de las mentes más brillantes de la época, desde físicos hasta matemáticos. A ello se sumó una inversión pública colosal en investigación durante la Guerra Fría: proyectos militares y espaciales que, de paso, dieron origen a tecnologías tan cotidianas hoy como internet o el GPS. Buena parte del liderazgo tecnológico de un país se explica por decisiones tomadas décadas atrás.

China acorta distancias

La pregunta original tiene, además, una respuesta que cambia con el tiempo. Durante siglos, China fue una de las civilizaciones más avanzadas del mundo: inventó el papel, la imprenta, la pólvora y la brújula mucho antes que Occidente. Su relativo atraso posterior no fue una cuestión de inteligencia, sino de circunstancias históricas, políticas y económicas concretas.

Shenzhen
Ciudades como Shenzhen simbolizan el vertiginoso avance tecnológico de China

Y esas circunstancias han vuelto a cambiar. En las últimas décadas, China ha invertido cantidades ingentes en educación e investigación, forma cada año a millones de ingenieros y científicos, y se ha situado a la cabeza mundial en campos como las redes de telecomunicaciones, la inteligencia artificial, los vehículos eléctricos o el tren de alta velocidad. La distancia que la pregunta daba por sentada se ha reducido enormemente. Lo que parecía una brecha permanente era, en realidad, un desfase temporal.

Conviene además recordar que el tamaño no lo es todo, pero ayuda. Un mercado interno de cientos de millones de consumidores permite a las empresas crecer, probar productos y financiar investigación a una escala difícil de igualar. China ha sabido combinar ese mercado gigantesco con una política decidida de industrialización y una apuesta sostenida por formar ingenieros, lo que explica buena parte de su reciente aceleración tecnológica.

Cultura, riesgo y tolerancia al error

Hay un ingrediente más difícil de medir pero decisivo: la actitud de una sociedad ante el riesgo y el fracaso. En los entornos más innovadores, montar una empresa que quiebra no se vive como una vergüenza definitiva, sino como una experiencia de la que se aprende. Esa tolerancia anima a mucha gente a intentar cosas nuevas, sabiendo que la mayoría fracasará, pero que unas pocas ideas pueden llegar a cambiar el mundo.

Cambiar esa cultura es quizá lo más lento de todo. Se pueden construir laboratorios en unos años y formar ingenieros en una década, pero transformar la mentalidad colectiva sobre el error, la autoridad o la curiosidad lleva mucho más tiempo. Por eso los países que aspiran a liderar la innovación no solo invierten en ciencia, sino también en educar a ciudadanos capaces de preguntar, dudar y arriesgarse sin miedo.

La ventaja se construye, no se hereda

La conclusión es liberadora y, a la vez, exigente. Liberadora porque desmonta la idea de que unos pueblos son intrínsecamente más capaces que otros: no hay naciones destinadas al progreso ni condenadas al atraso. Exigente porque sitúa la responsabilidad donde corresponde, en las decisiones colectivas: cómo educamos, cómo financiamos la ciencia, qué instituciones construimos y cuánta libertad damos a quienes quieren crear.

El liderazgo tecnológico no es un rasgo genético ni un golpe de suerte, sino el resultado acumulado de miles de decisiones a lo largo del tiempo. Por eso cambia de manos a lo largo de la historia: lo tuvieron China, el mundo islámico o la Europa de la revolución industrial, y hoy se reparte entre varios polos. La verdadera pregunta no es qué país tiene la gente más lista, sino cuál sabe crear las condiciones para que su gente brillante haga cosas extraordinarias.