El imperio que casi se adelantó: ¿y si la Revolución Industrial hubiera empezado en China?

El imperio que casi se adelantó: ¿y si la Revolución Industrial hubiera empezado en China?

Si un viajero del siglo XI hubiera podido comparar las grandes civilizaciones del planeta, no habría dudado ni un instante sobre cuál iba en cabeza. Mientras Europa vivía en un mundo de aldeas, castillos y caminos de barro, la China de la dinastía Song era, con diferencia, la sociedad más avanzada, rica y poblada de la Tierra. Sus ciudades albergaban a más de un millón de habitantes, su economía usaba papel moneda y sus talleres producían maravillas técnicas que Occidente tardaría siglos en igualar.

China, la superpotencia tecnológica del año 1000

Por eso una de las grandes preguntas de la historia resulta tan tentadora: si China estaba tan por delante, ¿por qué la Revolución Industrial estalló en la lluviosa Inglaterra y no en el imperio del centro del mundo? Y, sobre todo, ¿qué habría pasado si aquel salto se hubiera dado primero en China?

Responderla obliga a mirar de cerca una civilización que tuvo casi todos los ingredientes del despegue industrial mucho antes que nadie, y a preguntarse qué faltó para que la chispa prendiera.

Dinastía Song
Bajo los Song, China fue la civilización más avanzada, rica y poblada del planeta.

Todo estaba casi listo

La lista de logros de la China Song resulta asombrosa. Sus altos hornos producían hierro y acero en cantidades enormes; algunas estimaciones calculan que hacia el año 1078 la producción anual de hierro chino rivalizaba con la que alcanzaría toda Europa muchos siglos después. Los chinos habían inventado la pólvora, la brújula magnética para la navegación y la imprenta de tipos móviles, que un artesano llamado Bi Sheng desarrolló hacia 1040, cuatro siglos antes que Gutenberg.

A eso se sumaba una red de canales que conectaba el imperio, ingenios hidráulicos que aprovechaban la fuerza del agua, una agricultura muy productiva basada en nuevas variedades de arroz y un comercio que llenaba de barcos los puertos. En apariencia, China disponía de casi todos los ingredientes que la Europa del siglo XVIII combinaría para desatar la industrialización: energía, metalurgia, capital, mercados, conocimiento técnico y una población inmensa. Faltaba, sin embargo, la chispa que lo uniera todo.

El tamaño de aquella economía cuesta imaginarlo. La capital, Kaifeng, y más tarde Hangzhou, eran metrópolis bulliciosas con más de un millón de habitantes, mercados que no cerraban de noche, gremios, casas de comidas y una vida urbana que dejaba pequeña a cualquier ciudad europea de la época. El Estado imprimía papel moneda para agilizar un comercio que movía seda, porcelana, té y hierro por miles de kilómetros de ríos y canales. Era, en muchos sentidos, una economía de mercado sofisticada varios siglos antes de tiempo.

Por qué no dio el salto

Los historiadores llevan décadas debatiendo esta cuestión, conocida como la Gran Divergencia. No hay una respuesta única, sino un conjunto de factores que se entrelazan.

El primero es la geografía de la energía. La Revolución Industrial británica se alimentó del carbón, y en Gran Bretaña los yacimientos estaban justo al lado de las ciudades y las fábricas. En China, en cambio, las grandes reservas de carbón se hallaban en el norte, lejos de los centros económicos más dinámicos del sur y del delta del Yangtsé. Transportar esa energía a gran escala resultaba mucho más difícil.

El segundo es lo que un historiador bautizó como la trampa del equilibrio de alto nivel. China tenía tanta mano de obra, y tan barata, que había pocos incentivos para inventar máquinas que sustituyeran a las personas. ¿Para qué construir una costosa máquina de vapor si un ejército de trabajadores podía hacer la tarea por menos dinero? Europa, con salarios relativamente más altos en ciertas regiones, sí tenía motivos para buscar el ahorro de mano de obra.

El tercero es político. Europa era un mosaico de Estados rivales que competían sin descanso por el poder, el comercio y la tecnología militar, lo que empujaba la innovación. China, unificada bajo un solo imperio, disfrutaba de estabilidad pero carecía de esa presión competitiva. Y hubo un giro decisivo: en el siglo XV, tras las grandiosas expediciones navales del almirante Zheng He, que llegó hasta África con flotas gigantescas, la dinastía Ming decidió cerrarse al mar, desmanteló aquellas flotas y volvió la mirada hacia dentro.

Zheng He
Las flotas del almirante Zheng He llegaron hasta África antes de que China renunciara a la expansión marítima.

El giro hacia dentro

Ninguna decisión simboliza mejor el cambio de rumbo que el destino de aquellas flotas. Entre 1405 y 1433, Zheng He comandó expediciones colosales, con navíos mucho mayores que las carabelas que Europa emplearía décadas más tarde, y recorrió el Índico hasta las costas de Arabia y de África oriental. China tenía a su alcance el dominio de los mares mucho antes que ningún país occidental.

Y entonces, casi de repente, renunció a él. Tras la muerte del emperador que las había impulsado, la corte llegó a considerar aquellas travesías un gasto ruinoso y una distracción frente a las amenazas terrestres del norte. Se dejaron pudrir los grandes barcos, se restringió con dureza la navegación de altura y el imperio se replegó sobre sí mismo. Fue una elección política, no una barrera técnica: China podía dominar los océanos, pero decidió no hacerlo. Ese repliegue resume buena parte del enigma de la Gran Divergencia.

Una China industrial: el experimento mental

Imaginemos ahora que alguno de esos obstáculos no hubiera existido. Supongamos que China hubiera acercado su carbón a sus talleres, que la presión de una competencia interna o externa hubiera premiado las máquinas ahorradoras de trabajo, y que los emperadores hubieran apostado por el mar y el comercio en lugar de encerrarse. Con su ventaja tecnológica y demográfica, China podría haber desatado una revolución industrial siglos antes que Europa.

Las consecuencias serían difíciles de exagerar. El centro del mundo moderno no habría sido el Atlántico, sino el Pacífico y el Índico. Una China industrializada quizá habría proyectado su poder por Asia, África y las islas del Pacífico, y las lenguas, las ideas y las instituciones que hoy consideramos universales podrían haber sido chinas en lugar de europeas. La expansión colonial, la ciencia moderna e incluso la geografía del comercio global habrían adoptado una forma radicalmente distinta.

Es un escenario vertiginoso, pero también un recordatorio de lo contingente que es la historia: la primacía europea de los últimos siglos no era un destino escrito, sino el resultado de una combinación particular de circunstancias.

El azar de la geografía y la historia

Conviene, eso sí, no caer en la simplificación. Los propios historiadores discrepan sobre cuánto pesó cada factor, y algunos advierten de que ciertas regiones de China, como el delta del Yangtsé, eran hacia 1750 casi tan prósperas como las zonas más ricas de Europa. La divergencia final pudo depender de detalles relativamente pequeños, ampliados luego por el acceso europeo a los recursos del Nuevo Mundo y por la afortunada cercanía del carbón británico.

Tampoco conviene idealizar aquel mundo. La China Song acabó cayendo bajo la invasión mongola en el siglo XIII, y los siglos siguientes trajeron guerras, cambios de dinastía y prioridades muy distintas. La ventana en la que el gran salto parecía más al alcance de la mano se abrió y se cerró varias veces, al ritmo de la política, de las invasiones y de las decisiones de unos pocos gobernantes.

Lo que el caso chino deja claro es que la Revolución Industrial no fue un milagro exclusivamente europeo ni la consecuencia inevitable de una supuesta superioridad de Occidente. Durante siglos, la civilización mejor preparada para dar ese salto fue la china, y solo una compleja maraña de geografía, economía y decisiones políticas inclinó la balanza hacia el otro extremo de Eurasia. Pensar en una China industrial no es una fantasía disparatada, sino una manera de entender hasta qué punto el mundo en que vivimos pudo haber sido muy diferente.

Máquina de vapor
El símbolo de la industrialización europea pudo haber nacido, con otras circunstancias, en Asia.