El misterio resuelto: cómo se construyeron de verdad las pirámides

El misterio resuelto: cómo se construyeron de verdad las pirámides

Llevan más de cuatro mil quinientos años en pie y siguen provocando la misma pregunta: ¿cómo demonios se construyeron? La Gran Pirámide de Guiza, levantada para el faraón Keops hacia el 2560 a. C., mide todavía unos 139 metros y estuvo cerca de los 147 cuando conservaba su revestimiento. Está formada por más de dos millones de bloques de piedra, con un peso medio de dos toneladas y media cada uno, encajados con una precisión que asombra. Durante siglos, esa proeza alimentó toda clase de leyendas, desde ejércitos de esclavos hasta supuestas civilizaciones perdidas o visitantes del espacio. La realidad, reconstruida por la arqueología, es mucho más interesante que cualquier fantasía.

Montañas de piedra en el desierto

Conviene empezar por el tamaño, porque explica la fascinación. La Gran Pirámide fue el edificio más alto del mundo durante casi cuatro milenios, hasta que las catedrales góticas la superaron en la Edad Media. Su base es casi un cuadrado perfecto de unos 230 metros de lado, y cada una de sus caras está orientada con notable exactitud hacia los puntos cardinales. Junto a ella se alzan las pirámides de Kefrén y Micerinos, formando la célebre necrópolis de Guiza, a las afueras de El Cairo. No fueron un capricho aislado, sino la culminación de una larga tradición de tumbas monumentales.

Necrópolis de Guiza
Las tres grandes pirámides de Guiza, culminación de siglos de experimentación

De la mastaba a la pirámide perfecta

Las pirámides no surgieron de la nada. Sus antepasadas son las mastabas, tumbas rectangulares con forma de banco que cubrían el enterramiento de reyes y nobles. El salto llegó hacia el 2650 a. C., cuando el arquitecto Imhotep tuvo una idea revolucionaria para el faraón Zoser: apilar varias mastabas de tamaño decreciente, una sobre otra, hasta formar una escalera gigante hacia el cielo. Así nació la Pirámide Escalonada de Saqqara, la primera gran construcción de piedra de la historia.

A partir de ahí, los egipcios fueron perfeccionando la técnica por ensayo y error. El faraón Seneferu, padre de Keops, fue el gran experimentador: en una de sus pirámides los constructores tuvieron que cambiar el ángulo a mitad de obra para evitar el derrumbe, dando lugar a la curiosa Pirámide Acodada. Con la siguiente, la Pirámide Roja, lograron por fin la forma lisa y estable que se convertiría en canon. Guiza fue, en cierto sentido, el examen final de siglos de aprendizaje.

Pirámide de Zoser
La Pirámide Escalonada de Zoser, el primer paso hacia las grandes pirámides

El mito de los esclavos

La imagen del látigo restallando sobre multitudes de esclavos encadenados procede sobre todo del cine y de relatos antiguos poco fiables. La arqueología cuenta otra historia. En los años noventa, cerca de Guiza se descubrió toda una ciudad de los constructores: barracones, panaderías, fábricas de cerveza, almacenes y hasta un cementerio propio de los trabajadores. Los huesos revelan hombres bien alimentados, con fracturas curadas por médicos, enterrados con honor cerca del rey al que sirvieron. Nada de eso encaja con esclavos desechables.

Hoy se piensa que las pirámides las levantaron cuadrillas de obreros libres, organizados en equipos con nombres propios que competían entre sí, apoyados por agricultores que trabajaban por turnos durante la crecida del Nilo, cuando sus campos quedaban inundados y no había labor en el campo. Era, en parte, una gigantesca obra pública que alimentaba, pagaba y cohesionaba al reino. Se calcula que en los momentos de mayor actividad trabajaron entre veinte mil y treinta mil personas, muy lejos de las cifras exageradas que dejó escritas el historiador griego Heródoto.

Canteras, ríos y barcos

La mayor parte de la piedra no venía de lejos: era caliza extraída de las propias canteras de la meseta de Guiza, a unos cientos de metros de la obra. Pero los materiales más finos sí hacían largos viajes. La caliza blanca y pulida del revestimiento procedía de Tura, al otro lado del Nilo, y los enormes bloques de granito de las cámaras interiores llegaban desde Asuán, a unos 800 kilómetros río arriba. Todo ese peso viajaba por agua.

Aquí la arqueología dio hace poco un golpe de suerte extraordinario. En un antiguo puerto del mar Rojo, en Wadi al-Yarf, aparecieron los papiros escritos más antiguos de Egipto: el diario de un capataz llamado Merer. En él se describe, día a día, cómo su equipo transportaba en barca los bloques de caliza de Tura hasta Guiza, aprovechando los canales del Nilo. Es, literalmente, el parte de trabajo de un hombre que ayudó a construir la Gran Pirámide, y confirma que el río fue la gran autopista de la obra.

Gran Pirámide de Guiza
La Gran Pirámide de Keops, levantada con más de dos millones de bloques

Rampas, trineos y agua

La pregunta del millón sigue siendo cómo subían bloques de varias toneladas a semejante altura. No hay una única respuesta aceptada, pero sí un abanico de técnicas bien documentadas. La clave fue la rampa: planos inclinados de tierra, ladrillo y escombro por los que se arrastraban los bloques sobre trineos de madera. Los expertos discuten si eran rampas rectas, envolventes alrededor de la pirámide o incluso interiores, y probablemente se combinaron varios tipos según la fase de la obra.

Un detalle brillante ayuda a entenderlo: para reducir el rozamiento, los egipcios mojaban la arena por delante de los trineos. La arena húmeda se compacta y resbala mucho mejor que la seca, de modo que se necesita bastante menos fuerza para tirar de una carga pesada. No es una teoría moderna: en la tumba de un noble llamado Dyehutihotep aparece pintada precisamente esa escena, con un obrero vertiendo agua ante un trineo que arrastra una estatua colosal. Con palancas de madera, herramientas de cobre, mazas de piedra dura y una organización impecable, lo aparentemente imposible se vuelve cuestión de tiempo y de brazos.

Una precisión que aún asombra

Lo más difícil de creer no es el tamaño, sino la exactitud. La base de la Gran Pirámide está casi perfectamente nivelada, con desviaciones de apenas unos centímetros a lo largo de más de 200 metros, y su orientación hacia el norte es asombrosamente precisa para una época sin brújula. ¿El secreto? Muy probablemente, la observación de las estrellas: alineando la mirada con determinados astros del cielo nocturno se puede fijar el norte con una fidelidad sorprendente. Para nivelar el terreno pudieron usar canales de agua, que siempre buscan el mismo nivel.

Así que no hicieron falta ni poderes sobrenaturales ni tecnología perdida. Hicieron falta matemáticas prácticas, astronomía paciente, una burocracia capaz de alimentar a miles de personas y una motivación cultural inmensa: la creencia de que el faraón era un dios y de que su tumba debía asegurarle la eternidad. La verdadera maravilla de las pirámides no es que las levantaran seres extraordinarios, sino que las levantaran personas normales, con cobre, cuerdas y una organización fuera de lo común.