En una sala del Museo del Louvre, en París, se alza una columna de piedra negra de más de dos metros de altura, coronada por un relieve y cubierta de arriba abajo por una apretada escritura en forma de cuñas. Es el Código de Hammurabi, uno de los conjuntos de leyes más antiguos y completos que ha llegado hasta nosotros, redactado hace casi cuatro mil años en la ciudad de Babilonia. Leerlo es asomarse a la mente de una civilización que ya se hacía las mismas preguntas que nosotros: qué es justo, cómo se castiga a quien hace daño y quién tiene derecho a decidirlo.
Una columna de piedra negra
La estela está tallada en diorita, una roca durísima y oscura, y mide unos 2,25 metros. No se descubrió en Babilonia, sino muy lejos, en Susa, en el actual Irán. La razón es un episodio de saqueo: siglos después de Hammurabi, un rey del vecino reino de Elam se llevó el monumento como botín de guerra y lo instaló en su capital, quizá como trofeo. Allí permaneció enterrado hasta que una expedición arqueológica francesa lo sacó a la luz en 1901. Desde entonces preside el Louvre, mientras copias de la época demuestran que el texto se difundió por todo el reino.
Quién fue Hammurabi
Hammurabi fue el sexto rey de la primera dinastía de Babilonia y reinó aproximadamente entre 1792 y 1750 a. C. Cuando subió al trono, Babilonia era solo una ciudad-estado más entre las muchas que se disputaban el control de Mesopotamia, la tierra fértil entre los ríos Tigris y Éufrates. A lo largo de un reinado de más de cuarenta años, mediante una hábil combinación de alianzas, guerras y traiciones calculadas, Hammurabi fue derrotando a sus rivales hasta unificar bajo su mando buena parte de la región. Convirtió una potencia local en un imperio, y su código fue tanto una herramienta de gobierno como una declaración de que un solo rey imponía ya un mismo orden a pueblos antes independientes.
El rey ante el dios del sol
En la parte superior de la estela, un relieve resume toda la filosofía del monumento. Se ve a Hammurabi de pie, en actitud respetuosa, ante una figura sentada en un trono: el dios Shamash, divinidad del sol y, sobre todo, de la justicia. El dios entrega al rey los emblemas del poder, una vara y un anillo. El mensaje es transparente: las leyes que vienen a continuación no son un capricho del monarca, sino un mandato divino. Hammurabi se presenta como el encargado por los dioses de hacer «que el fuerte no oprima al débil», una frase que aparece en el prólogo y que resume la imagen que el rey quería proyectar de sí mismo.

Ojo por ojo… según tu clase social
El texto recoge unas 282 disposiciones que abarcan casi todos los aspectos de la vida: comercio, préstamos, propiedad, alquileres, matrimonio, divorcio, herencias, salarios, precios y responsabilidades profesionales. Hay leyes sobre lo que cobra un médico por una operación, sobre lo que le ocurre a un constructor si la casa que edifica se derrumba y mata a su dueño, o sobre cómo repartir una herencia. Es, en muchos sentidos, un retrato vivísimo de la sociedad babilónica.
Su rasgo más famoso es la llamada ley del talión: el célebre «ojo por ojo, diente por diente». Si alguien dejaba tuerto a otro, podía perder también un ojo; si le rompía un hueso, se le rompía el suyo. Pero aquí llega el matiz que casi siempre se olvida: el castigo no era igual para todos, sino que dependía de la clase social de la víctima y del culpable. La sociedad babilónica se dividía a grandes rasgos en hombres libres, personas dependientes de rango inferior y esclavos. Sacarle un ojo a un hombre libre se pagaba con el propio ojo; pero hacerle lo mismo a un dependiente o a un esclavo se saldaba, en muchos casos, con una simple multa en plata. La justicia existía, sí, pero no era ciega: veía perfectamente el rango de cada uno.
No era el primero
A pesar de su fama, el Código de Hammurabi no fue la primera legislación escrita de la humanidad, aunque a menudo se le atribuya ese título. Varios siglos antes ya existían colecciones de leyes en Mesopotamia, como el código del rey Ur-Nammu, de la ciudad de Ur, o las leyes de Eshnunna y de Lipit-Ishtar. Muchos de esos textos anteriores se han conservado solo de forma fragmentaria, mientras que la estela de Hammurabi llegó casi completa y magníficamente presentada. Por eso se ha convertido en el símbolo por excelencia del derecho antiguo: no por ser el más viejo, sino por ser el más impresionante y mejor conservado.

¿Ley práctica o propaganda real?
Una discusión fascinante divide a los estudiosos: ¿se aplicaban de verdad estas leyes en los tribunales, o eran sobre todo un monumento propagandístico? Curiosamente, en las miles de tablillas con procesos judiciales reales que se han encontrado casi nunca se cita el código de forma expresa. Eso lleva a muchos expertos a pensar que la estela funcionaba más como una proclamación del rey ante los dioses y ante la posteridad —una manera de decir «yo, Hammurabi, fui un soberano justo»— que como un manual de consulta diaria para los jueces. Aun así, el texto refleja principios y costumbres que sí guiaban la vida real: la importancia de los testigos, de los contratos escritos y de las pruebas.
El código incluye también prácticas que hoy nos resultan ajenas, como las ordalías: en algunos delitos difíciles de probar, se arrojaba al acusado al río, y si sobrevivía se le consideraba inocente, pues se entendía que el dios del agua lo había salvado. Junto a esa lógica sobrenatural conviven, sin embargo, ideas sorprendentemente modernas, como la necesidad de demostrar la culpa antes de castigar.
La herencia del código
Casi cuatro mil años después, el Código de Hammurabi sigue siendo mucho más que una curiosidad de museo. Nos recuerda que la idea de escribir las normas para que todos las conozcan, y no dejarlas al capricho de quien manda, es una de las grandes invenciones de la civilización. Fijar la ley por escrito significa que hasta el juez debe someterse a ella, y que un ciudadano puede reclamar sus derechos apelando a un texto público. La frase «ojo por ojo» se ha convertido en símbolo de una justicia primitiva y vengativa, pero en su contexto representó justo lo contrario: un intento de poner límites a la venganza, de que el castigo no superara al daño y de que fuera el Estado, y no la familia ofendida, quien tuviera la última palabra. En esa columna de piedra negra late el nacimiento de una idea que aún nos gobierna.
