Es una de esas diferencias que damos por sentadas hasta que cruzamos una frontera o alquilamos un coche en el extranjero. En la mayor parte del mundo se circula por la derecha; en un tercio de los países, por la izquierda. No hay ninguna razón natural que imponga un lado u otro: la elección es puramente cultural e histórica. Y detrás de esa aparente arbitrariedad se esconden caballeros medievales, carreteros con prisa, el afán de orden de Napoleón y hasta un fabricante de automóviles de Detroit.
Cuando casi todo el mundo iba por la izquierda
Durante buena parte de la historia, lo natural fue circular por la izquierda, y la explicación tiene que ver con algo muy concreto: la mayoría de las personas son diestras. Un viajero que se cruzaba con un desconocido en un camino prefería mantenerlo a su derecha, es decir, del lado de su brazo hábil, por si había que echar mano de la espada. Ir por la izquierda del camino dejaba la mano derecha libre y lista para defenderse.
Había una razón práctica añadida. Montar a caballo se hacía —y se sigue haciendo— por el lado izquierdo del animal, en parte porque la espada colgaba a la izquierda y habría estorbado al subir por el otro flanco. Si uno montaba y desmontaba por la izquierda, lo lógico era hacerlo junto al margen del camino y no en mitad del tráfico, lo que reforzaba la costumbre de circular por ese lado.

Existe incluso una tradición según la cual el papa Bonifacio VIII, con motivo del Jubileo del año 1300, habría recomendado a los peregrinos que se dirigían a Roma mantenerse por la izquierda para ordenar la enorme afluencia de gente. Sea leyenda o no, ilustra hasta qué punto la izquierda era, durante siglos, la norma no escrita del viejo continente.
Por qué los carreteros empezaron a echarse a la derecha
El cambio empezó, como tantos otros, por motivos muy prácticos. A finales del siglo XVIII se popularizaron en Francia y en Estados Unidos grandes carros de carga tirados por varias parejas de caballos. Estos carros no llevaban pescante: el conductor no iba sentado en el vehículo, sino montado sobre uno de los caballos traseros de la izquierda, para poder manejar el látigo con la mano derecha sobre todo el tiro.
Desde esa posición veía mucho mejor el borde del camino y a los vehículos que venían de frente si mantenía su carro a la derecha. De ese modo, los dos conductores que se cruzaban quedaban cada uno junto a la línea central, donde mejor podían vigilar que sus ruedas no chocaran. Así, casi sin proponérselo, la circulación por la derecha se fue imponiendo en las rutas comerciales de esos países.
Napoleón y la conquista del carril derecho
Lo que empezó como una costumbre de carreteros se convirtió en norma política con la Revolución Francesa y, sobre todo, con Napoleón. Los ejércitos franceses marchaban por la derecha, y allá donde llegaban sus conquistas iba también su manera de organizar los caminos. Buena parte de la Europa que cayó bajo la influencia napoleónica —los Países Bajos, numerosos territorios alemanes, Italia, España o Polonia— adoptó o consolidó la circulación por la derecha.
Se creó así una curiosa geografía política del tráfico: los territorios que Napoleón dominó tendieron a la derecha, mientras que los que se le resistieron con más éxito, empezando por el Reino Unido, se aferraron a la izquierda casi como quien defiende una seña de identidad. La forma de conducir se volvió, en cierto modo, una cuestión de bandos.
El imperio que mantuvo la izquierda
El Reino Unido no solo conservó la circulación por la izquierda, sino que la exportó a todo su vastísimo imperio. Por eso hoy se conduce por la izquierda en países tan distintos y tan alejados entre sí como la India, Australia, Sudáfrica, Kenia o buena parte del Caribe. Allí donde ondeó la bandera británica, el volante quedó a la derecha y los coches se mantuvieron por el lado izquierdo de la carretera.
Japón, que nunca fue colonia británica, también circula por la izquierda. Influyó en ello que fueran ingenieros británicos quienes construyeran su primera red ferroviaria en el siglo XIX, lo que fijó la izquierda como sentido de circulación en los trenes y, por extensión, en las carreteras. A veces, la elección de todo un país se decide en detalles tan concretos como quién tendió sus primeras vías.
El día que Suecia cambió de lado
Cambiar de un lado a otro no es tarea sencilla, pero se ha hecho. El caso más famoso es el de Suecia. Hasta 1967, los suecos conducían por la izquierda, pese a que casi todos sus vecinos continentales lo hacían por la derecha y a que la mayoría de sus propios coches tenían el volante a la izquierda, pensado para circular por el otro lado. La incoherencia provocaba accidentes en las fronteras y complicaba el comercio.
La solución fue drástica. El 3 de septiembre de 1967, en la jornada conocida como «Día H» (por «Högertrafik», tráfico por la derecha), todo el país cambió de carril a la vez. A una hora fijada de la madrugada, los vehículos se detuvieron, cambiaron con cuidado al lado derecho de la calzada y reanudaron la marcha. Se reprogramaron semáforos, se sustituyeron miles de señales y se rediseñaron cruces enteros. Contra todo pronóstico, los primeros días registraron incluso menos accidentes de lo habitual, seguramente porque todo el mundo conducía con una prudencia extrema.
Cambios más recientes
Suecia no fue el único país que se atrevió a dar el volantazo. Islandia hizo lo mismo apenas un año después, en 1968, y varios territorios han cambiado de sentido a lo largo del siglo XX, casi siempre para alinearse con sus vecinos o con la antigua metrópoli. El caso más reciente y llamativo es el de Samoa, que en 2009 pasó de circular por la derecha a hacerlo por la izquierda, una decisión inusual tomada para que sus habitantes pudieran importar coches más baratos desde Australia y Nueva Zelanda, donde se conduce por ese lado.
Cada uno de estos cambios recuerda hasta qué punto el sentido de la circulación es una convención y no una ley de la naturaleza. Basta con que un país decida modificarla, y con que todos sus conductores acepten hacerlo el mismo día a la misma hora, para que de la noche a la mañana el tráfico entero cambie de lado sin que el mundo se detenga.
Un mapa dividido en dos
El resultado de todos estos vaivenes es el mapa actual, en el que alrededor de dos tercios de la humanidad circula por la derecha y el tercio restante por la izquierda. No responde a ninguna lógica global, sino a la suma de miles de decisiones locales: guerras, conquistas, imperios coloniales, redes de ferrocarril y hasta la anatomía de la mano derecha.

El automóvil terminó de consolidar cada tradición. Cuando la producción en serie llenó las carreteras de coches, el fabricante estadounidense Ford popularizó el volante a la izquierda para la circulación por la derecha, porque así el conductor quedaba junto a la línea central y controlaba mejor los adelantamientos. La posición del volante y el lado de la vía quedaron encajados como dos piezas complementarias.
Así que la próxima vez que dude un instante al cruzar una calle en otro país, recuerde que ese pequeño desconcierto es la herencia viva de siglos de historia: de espadas colgadas a la izquierda, de carreteros astutos, de un emperador con afán de orden y de un puñado de decisiones que hoy seguimos respetando sin apenas pensarlo.
