Pocas imágenes de la Antigua Roma están tan grabadas en el imaginario popular como la del comensal decadente que, tras atiborrarse en un banquete, acude a una sala especial para provocarse el vómito y volver así a la mesa con el estómago vacío. Esa sala tendría hasta un nombre propio: el vomitorium. Es una escena que aparece en novelas, películas y documentales, y que resume a la perfección la idea de una Roma entregada al exceso. El problema es que, tal y como se cuenta habitualmente, esa historia es casi por completo falsa.
El caso del vomitorium es un ejemplo perfecto de cómo un malentendido lingüístico, mezclado con unas cuantas anécdotas reales sobre emperadores glotones, puede acabar convertido en un «hecho histórico» que casi nadie se molesta en verificar. Merece la pena separar lo que de verdad ocurría en las mesas romanas de lo que la leyenda añadió siglos después.
Qué era realmente un vomitorium
La palabra existe, y es latina, pero no significaba en absoluto lo que hoy se cree. Un vomitorium era un pasillo o acceso de un anfiteatro, un teatro o un estadio, es decir, una de esas galerías por las que el público entraba y salía de las gradas. El nombre procede del verbo latino vomere, «expulsar» o «arrojar», pero no aplicado a las personas ni a la comida, sino a la propia multitud: la construcción «vomitaba» a los espectadores hacia sus asientos al empezar el espectáculo y los expulsaba de nuevo al terminar.

Cualquiera que haya visitado un gran anfiteatro romano habrá pasado por uno de estos accesos sin saberlo. El diseño era sorprendentemente eficaz: gracias a esta red de pasillos, un recinto como el Coliseo, con capacidad para decenas de miles de personas, podía vaciarse en cuestión de minutos. El término, de hecho, sigue usándose hoy en arquitectura teatral para designar esos accesos, y en español la palabra «vomitorio» mantiene ese significado técnico.
El testimonio antiguo más citado sobre el uso de la palabra procede de Macrobio, un autor de comienzos del siglo V que en sus Saturnales explica precisamente que estos pasillos se llamaban así porque la gente salía «a borbotones» a través de ellos. En ningún momento aparece la idea de una habitación destinada a vomitar tras comer. Esa asociación es muy posterior y nació de confundir el nombre del pasillo con una supuesta costumbre gastronómica.
De dónde salió entonces la leyenda
Si la palabra nunca designó una sala de vómitos, ¿por qué se popularizó esa idea? La confusión parece haberse consolidado sobre todo en los siglos XIX y XX, cuando el término latino se malinterpretó de forma casi literal. A un lector moderno, ver la raíz «vómito» en una palabra romana relacionada con banquetes le sugería de inmediato la escena del comensal que se purga. Y como Roma ya tenía fama de decadente, la explicación resultaba demasiado atractiva para cuestionarla.
A ese error lingüístico se sumó un ingrediente decisivo: las fuentes antiguas sí describen episodios reales de gula y de vómitos provocados entre las élites. El problema no es que esas historias no existieran, sino que se generalizaron hasta convertir una conducta excepcional y criticada en una supuesta rutina de todos los banquetes romanos.
Lo que sí decían las fuentes antiguas
El filósofo Séneca, en una de sus cartas, dejó una frase demoledora sobre ciertos personajes de su tiempo: «vomitan para comer y comen para vomitar». Pero conviene leerla en su contexto. Séneca no estaba describiendo una costumbre normal ni un servicio doméstico habitual, sino denunciando con desprecio moral el exceso de unos pocos ricos a los que consideraba esclavos de su propio apetito. Era una crítica, no una crónica costumbrista.

El caso más extremo que transmitieron los autores antiguos es el del emperador Vitelio, que reinó apenas unos meses en el año 69. Suetonio lo retrató como un glotón insaciable, capaz de celebrar varios banquetes descomunales al día y de recurrir a purgas para poder seguir comiendo. Vitelio se convirtió en el símbolo mismo de la gula imperial, y su leyenda contribuyó a alimentar la imagen de una Roma vomitiva. Pero, de nuevo, hablamos de un personaje presentado por las propias fuentes como un caso escandaloso y reprobable, no como un ciudadano corriente.

Es importante recordar cómo funcionaban estos relatos. Autores como Suetonio escribían en parte para entretener y en parte para transmitir juicios morales sobre los gobernantes. Atribuir vicios espectaculares a un emperador impopular era una forma habitual de desacreditarlo. Por eso conviene tomar estas descripciones no como estadísticas de comportamiento, sino como retratos cargados de intención.
Cómo eran de verdad los banquetes romanos
La comida cotidiana de la inmensa mayoría de los romanos era frugal y sencilla: pan, aceite, legumbres, algo de verdura, queso, fruta y, cuando se podía, un poco de pescado o carne. El banquete elaborado, la cena de varios platos con invitados, era cosa de las clases acomodadas y de ocasiones especiales. Se comía recostado en divanes, en una sala llamada triclinio, y el acto tenía tanto de social como de gastronómico: era el momento de conversar, hacer negocios, exhibir riqueza y tejer alianzas.
En esas veladas la exhibición sí importaba, y los anfitriones más ostentosos competían por sorprender con platos exóticos y presentaciones espectaculares. La literatura satírica romana, como el célebre banquete de Trimalción que aparece en el Satiricón de Petronio, se burlaba precisamente de esos nuevos ricos que confundían la abundancia con el buen gusto. Pero incluso esas sátiras, pensadas para ridiculizar el exceso, no describen salas colectivas dedicadas a vomitar entre plato y plato.
Que algún comensal se excediera con la comida o la bebida y acabara indispuesto era, sin duda, tan posible entonces como ahora. Lo que no existió fue una institución cultural, una arquitectura específica y un ritual normalizado del vómito para poder seguir comiendo. Esa parte es puro invento retrospectivo.
El vómito como remedio, no como costumbre de mesa
Hay, con todo, un matiz que conviene no pasar por alto para ser justos con la historia. En la medicina antigua sí existía la idea de purgar el cuerpo, y provocarse el vómito se contemplaba a veces como un remedio o una medida higiénica puntual. Autores médicos romanos como Celso, que recopiló buena parte del saber sanitario de su época, se referían al vómito como una práctica que, empleada con moderación, podía tener fines terapéuticos, aunque advertían con claridad contra su abuso.
Existe incluso una anécdota célebre que involucra a Julio César. Según se transmitió, durante una cena tomó un emético, es decir, una sustancia para provocarse el vómito, algo que en su caso se ha relacionado más con la salud o la digestión que con el simple deseo de seguir devorando manjares. Estos testimonios muestran que la práctica de purgarse no era desconocida en el mundo romano, pero apuntan a un uso ocasional y en gran medida médico, muy lejos de la imagen de comensales que interrumpían cada banquete para vaciar el estómago en una sala habilitada al efecto. Una cosa era el vómito como recurso puntual; otra muy distinta, la costumbre institucionalizada que nunca existió.
Por qué el mito sigue tan vivo
La leyenda del vomitorium ha resistido tan bien porque encaja a la perfección con la idea que muchos tienen de Roma: un imperio poderoso pero corrompido por el lujo, condenado a caer por su propia decadencia. Es una narrativa moral muy cómoda, casi una fábula, y las anécdotas sobre banquetes y vómitos funcionan como su guinda perfecta. Cuando una historia refuerza lo que ya queremos creer, rara vez la sometemos a examen.
La realidad es más matizada y, en cierto modo, más interesante. Roma tuvo, como toda sociedad, sus excesos y sus críticos de esos excesos; tuvo emperadores glotones y filósofos que los señalaban; tuvo banquetes fastuosos y una mayoría que comía de forma modesta. Pero no tuvo salas de vómito. La próxima vez que alguien mencione el vomitorium como prueba de la decadencia romana, merece la pena recordar que esa palabra solo designaba un pasillo, y que la verdadera historia de las mesas romanas es la de un malentendido convertido en leyenda.
