De Jano a Augusto: cómo nacieron los nombres de los meses del año

De Jano a Augusto: cómo nacieron los nombres de los meses del año

Un año que empezaba en marzo

Cada vez que decimos «enero» o «agosto» estamos hablando, sin saberlo, un poco de latín y repitiendo los nombres de dioses romanos, de rituales de purificación y hasta el homenaje a dos gobernantes que quisieron dejar su nombre grabado en el tiempo. Los nombres de nuestros meses son un fósil vivo: llevamos más de dos mil años usándolos casi sin cambios, sin sospechar todo lo que esconden.

Para entenderlos hay que viajar a la Roma más antigua. Según la tradición, el primer calendario romano se atribuía a Rómulo, el legendario fundador de la ciudad, y era muy distinto del nuestro. Tenía solo diez meses y sumaba unos 304 días. Lo más curioso es que no empezaba en enero, sino en marzo, coincidiendo con la llegada de la primavera y el inicio de la temporada de guerra y de labores agrícolas. Los meses fríos del invierno, en los que apenas pasaba nada en el campo, ni siquiera tenían nombre: eran un vacío en el calendario.

Esa decisión de empezar el año en marzo, aunque hoy nos parezca extraña, es la clave que explica muchas de las curiosidades que veremos a continuación. Sin ella, buena parte de nuestro calendario no tendría ningún sentido.

Los meses de los dioses: de enero a junio

Los primeros meses del año deben sus nombres, en su mayoría, a divinidades y ceremonias de la antigua Roma. Cada uno encierra una pequeña historia religiosa.

Enero viene de Ianuarius, en honor a Jano, el dios de las puertas, los comienzos y las transiciones. Se le representaba con dos caras que miraban en direcciones opuestas, una hacia el pasado y otra hacia el futuro, lo que lo convertía en el guardián perfecto para el umbral entre un año y el siguiente.

Febrero procede de Februarius, relacionado con las februa, unos rituales de purificación que los romanos celebraban en esas fechas para limpiarse simbólicamente antes de la llegada de la primavera. Era, en cierto modo, un mes dedicado a hacer limpieza espiritual y a cerrar cuentas pendientes con los dioses.

Marzo, el antiguo primer mes, honra a Marte, el dios de la guerra. No es casualidad: con el buen tiempo se reanudaban las campañas militares, así que el año arrancaba bajo el signo del dios que protegía a los ejércitos y las armas.

Marte (mitología)
Marte, dios de la guerra, presta su nombre a marzo, el antiguo primer mes del año

Abril es más discutido. Algunos lo relacionan con el verbo latino aperire, «abrir», por los brotes y las flores que se abren en primavera; otros lo vinculan con Venus, la diosa del amor, a la que estaba consagrado el mes. Mayo se asocia a Maia, una antigua diosa de la fertilidad y el crecimiento, y junio a Juno, la gran diosa protectora del matrimonio y de las mujeres, esposa de Júpiter. De ahí procede, quizá, la vieja costumbre de considerar junio un mes especialmente propicio para las bodas.

Los meses que se quedaron con un número

Aquí llega una de las rarezas más divertidas del calendario. Septiembre, octubre, noviembre y diciembre esconden en su nombre los números latinos siete, ocho, nueve y diez: septem, octo, novem y decem. Pero en nuestro calendario actual son los meses noveno, décimo, undécimo y duodécimo. ¿Por qué este desajuste tan llamativo?

La explicación es sencilla si recordamos que el año romano empezaba en marzo. Contando desde marzo, el séptimo mes era efectivamente septiembre, el octavo era octubre, y así hasta diciembre, el décimo y último. Antes de ellos estaban también Quintilis y Sextilis, es decir, el «quinto» y el «sexto» mes, que igualmente tomaban su nombre de un simple número de orden.

Cuando más tarde el inicio del año se trasladó a enero, los números quedaron descolocados para siempre. Nadie se atrevió a rebautizar esos meses, y por eso todavía hoy llamamos «el séptimo» a septiembre aunque en realidad sea el noveno. Es uno de esos errores heredados que la costumbre ha vuelto casi invisibles: convivimos con ellos sin darnos cuenta.

Julio y Augusto: dos gobernantes en el calendario

¿Y qué pasó con Quintilis y Sextilis, aquellos meses «quinto» y «sexto»? Ambos acabaron cambiando de nombre para honrar a dos de los hombres más poderosos de Roma, en un gesto de propaganda que ha durado dos milenios.

Quintilis pasó a llamarse Iulius, nuestro julio, en homenaje a Julio César, que había nacido en ese mes y que fue el gran reformador del calendario. Tras su asesinato, el Senado quiso perpetuar su memoria dando su nombre al mes de su nacimiento.

Julio César
Julio César reformó el calendario y dio su nombre al mes de julio

Poco después, Sextilis se convirtió en Augustus, nuestro agosto, en honor a César Augusto, el primer emperador romano. El Senado eligió ese mes porque en él Augusto había cosechado algunos de sus mayores éxitos políticos y militares. Existe una leyenda muy repetida según la cual se habría robado un día a febrero para que agosto tuviera treinta y uno y no quedara «por debajo» de julio; sin embargo, los historiadores consideran que se trata de un relato tardío y sin base sólida.

César Augusto
Augusto, primer emperador romano, dio su nombre al mes de agosto

Así, dos meses que antes eran simples números pasaron a llevar para siempre el nombre de un dictador y de un emperador. Pocos homenajes en la historia han resultado tan duraderos como estos.

Numa, Julio César y la reforma del tiempo

Volvamos a los dos meses que faltaban. Si el calendario de Rómulo solo tenía diez meses, ¿de dónde salieron enero y febrero? La tradición se los atribuye a Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, que hacia el siglo VII a. C. habría añadido esos dos meses para ajustar el calendario al ciclo de la Luna y llenar el largo vacío del invierno.

Durante siglos, el calendario romano fue un auténtico lío: se desajustaba con las estaciones y había que ir intercalando días y meses extra a mano, a menudo con criterios políticos poco limpios. El desorden llegó a tal punto que Julio César, asesorado por astrónomos, emprendió en el año 46 a. C. una reforma radical. Estableció un año de 365 días con un día adicional cada cuatro años, el origen de nuestros años bisiestos, y fijó de manera definitiva el orden y la duración de los meses. Es el llamado calendario juliano, antecesor directo del que usamos hoy.

Con aquella reforma se consolidó también la costumbre de empezar el año el 1 de enero, en lugar de en marzo. El calendario juliano funcionó durante más de mil quinientos años, hasta que una pequeña imprecisión acumulada obligó a corregirlo de nuevo en 1582, dando lugar al calendario gregoriano que rige actualmente en casi todo el mundo. Pero, en toda esa historia de reformas, los nombres de los meses apenas se tocaron.

Por qué seguimos hablando latín cada mes

Lo asombroso de esta historia es su continuidad. A pesar de la caída del Imperio romano, de los cambios de religión, de idioma y de fronteras, los nombres de los meses han sobrevivido casi intactos durante más de dos milenios. En español, en italiano, en francés, en inglés o en alemán, todos reconocemos las mismas raíces latinas: enero sigue siendo el mes de Jano y agosto, el de Augusto.

Es un recordatorio silencioso de hasta qué punto la cultura romana sigue viva en nuestra vida cotidiana. Cada vez que apuntamos una cita en el calendario invocamos, sin darnos cuenta, a dioses antiguos, a rituales de purificación y a los dos hombres que gobernaron Roma en su momento de mayor esplendor. Los nombres de los meses son, quizá, la máquina del tiempo más discreta que usamos a diario: un pequeño trozo de la Antigüedad que repetimos, mes tras mes, sin sospechar todo lo que encierra.