Heliogábalo, el emperador adolescente que quiso que Roma adorara al Sol

Heliogábalo, el emperador adolescente que quiso que Roma adorara al Sol

En el verano del año 219, Heliogábalo, un muchacho sirio de apenas quince años, entró en Roma envuelto en sedas bordadas de oro y púrpura, el rostro maquillado y la cabeza ceñida por una tiara oriental. No traía consigo el recuerdo de una gran victoria ni el prestigio de una familia senatorial. Traía una piedra: un bloque negro y cónico, caído del cielo según sus paisanos, al que servía como sumo sacerdote desde niño.

Heliogábalo fue un emperador romano que gobernó entre 218 y 222, célebre por imponer en Roma el culto solar sirio del dios Elagábal y por los escándalos que le atribuyeron sus enemigos. Sacerdote desde niño, terminó asesinado por la Guardia Pretoriana a los dieciocho años. Su leyenda descansa sobre tres pilares:

  • Una piedra sagrada: el meteorito negro de Emesa, al que elevó por encima de Júpiter.
  • Una abuela ambiciosa: Julia Mesa, que fabricó su ascenso al trono.
  • Una leyenda negra: escándalos amplificados por fuentes que lo detestaban.

Aquella escena resumía a la perfección el enigma que llegaba al poder. El nuevo dueño del mundo romano no era un general endurecido ni un político astuto, sino un adolescente sirio que adoraba al sol y que pretendía que Roma entera se arrodillara ante su dios. La ciudad que había domado a reyes y aniquilado a Cartago iba a ser gobernada por un chiquillo con vocación de profeta.

Su reinado duraría menos de cuatro años y terminaría de la peor manera imaginable. Pero el escándalo que dejó tras de sí fue tan grande que, dieciocho siglos después, seguimos discutiendo cuánto de lo que se cuenta ocurrió de verdad y cuánto es puro morbo inventado por sus enemigos.

Un sacerdote solar antes que un emperador: la infancia de Heliogábalo

Su verdadero nombre era Vario Avito Basiano y había nacido hacia el año 204, probablemente en Emesa, la actual Homs, en la provincia romana de Siria. Su familia pertenecía a una poderosa dinastía sacerdotal local, encargada del culto al dios solar de la ciudad, una deidad llamada Elagábal que no tenía forma humana: se veneraba en un enorme meteorito negro guardado en un templo suntuoso.

Desde muy joven, el niño ejerció como sumo sacerdote de ese dios. Vestido con túnicas de seda y adornos deslumbrantes, dirigía las danzas rituales ante el altar mientras el humo del incienso llenaba el santuario. Aquel espectáculo, exótico y magnético a ojos de los soldados romanos acantonados en la zona, sería precisamente la chispa de su fulgurante ascenso.

Conviene recordar que Emesa no era un rincón perdido, sino una ciudad rica y cosmopolita de la Roma imperial, cruce de caravanas y cultos orientales. Allí, la frontera entre lo divino y lo político se difuminaba con facilidad. El joven sacerdote solar creció convencido de que su dios merecía un lugar mucho mayor que un templo provincial, y de que a él le correspondía dárselo.

Busto de mármol del emperador Heliogábalo conservado en los Museos Capitolinos de Roma
Busto del joven emperador, hoy en los Museos Capitolinos de Roma. (Carole Raddato from FRANKFURT, Germany, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons)

Julia Mesa, la abuela que fabricó un emperador

Nada de todo esto habría sucedido sin una mujer extraordinaria: su abuela, Julia Mesa. Era cuñada del emperador Septimio Severo y hermana de la influyente Julia Domna, de modo que corría por sus venas la sangre de la dinastía Severa, la familia que había gobernado Roma durante décadas. Cuando esa dinastía perdió el trono en 217, Julia Mesa no se resignó a envejecer en la sombra.

Su plan fue tan audaz como eficaz. Hizo correr el rumor de que su nieto era en realidad hijo secreto del emperador Caracalla, asesinado poco antes, para presentarlo como legítimo heredero. Con la fortuna familiar compró voluntades y sedujo a las legiones de Siria, siempre necesitadas de paga y ansiosas de un pretendiente al que aclamar.

En mayo del 218, la legión acuartelada en Emesa proclamó emperador al muchacho de catorce años. El emperador reinante, Macrino, marchó a sofocar la rebelión, pero fue derrotado cerca de Antioquía y ejecutado poco después. Así, casi de la noche a la mañana, un adolescente sacerdote se convirtió en el hombre más poderoso del mundo conocido, sostenido por el dinero y la voluntad de hierro de su abuela.

Moneda romana con el retrato de Julia Mesa, abuela del emperador Heliogábalo
Denario de Julia Mesa, la abuela que urdió el ascenso al trono. (Salisbury and South Wiltshire Museum, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons)

¿Por qué Heliogábalo puso al dios Sol Invicto por encima de Júpiter?

El nuevo emperador adoptó el nombre oficial de Marco Aurelio Antonino, para reclamar el prestigio de emperadores anteriores, pero la posteridad lo conocería por el de su dios: Heliogábalo, o Elagábalo, la versión helenizada del nombre de la deidad solar de Emesa. Y ese detalle no era casual, porque religión y persona se habían fundido en una sola. Su biografía de Heliogábalo es, en el fondo, la de un sacerdote convertido en soberano.

Su gran obra, la que de verdad escandalizó a la vieja aristocracia, fue trasladar la piedra negra de Emesa hasta Roma y levantar en su honor un templo colosal sobre el monte Palatino. Allí instaló a su dios, al que hizo proclamar como dios Sol Invicto, la divinidad suprema del Estado. Y ahí estaba la provocación mayúscula: colocaba a una deidad oriental por encima de Júpiter, el padre de los dioses romanos, el garante milenario del orden de la ciudad.

Para consagrar la nueva jerarquía, el emperador organizó procesiones en las que la piedra sagrada era paseada sobre un carro tirado por caballos blancos mientras él caminaba hacia atrás, sin dar nunca la espalda a su dios. Llegó incluso a celebrar un matrimonio divino, casando a su deidad solar con una diosa venerada en Cartago. Para el Senado, todo aquello no era piedad, sino una humillación calculada de las tradiciones de la Roma imperial.

Antoniniano de plata de Heliogábalo con el betilo, la piedra sagrada del dios solar de Emesa, sobre un carro
Antoniniano de Heliogábalo: en el reverso, el betilo sagrado de Emesa transportado en su carro ceremonial. (Gunthram, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons)

Con el tiempo, y una vez desaparecido Heliogábalo, el culto al Sol Invicto acabaría echando raíces por otras vías, hasta convertirse en una de las religiones más populares del imperio. Pero de la manera brusca y personalista en que él lo impuso, solo podía generar rechazo.

Escándalos, matrimonios y transgresiones que indignaron a Roma

Si su política religiosa irritó a las élites, su vida privada las escandalizó por completo, al menos según cuentan las fuentes. Se le atribuyen cinco matrimonios en apenas cuatro años, entre bodas y divorcios vertiginosos. El más sacrílego fue su enlace con una virgen vestal, una sacerdotisa consagrada a la castidad cuya violación se castigaba tradicionalmente con la muerte. El emperador lo presentó como la unión perfecta entre un sumo sacerdote y una suma sacerdotisa.

Las crónicas hostiles lo pintan entregado a banquetes desmesurados, a bromas crueles con sus invitados y a un lujo asfixiante. Se le acusaba de repartir cargos según el capricho y de rodearse de favoritos sacados de los oficios más humildes, entre ellos un auriga que, según los relatos, ejercía casi como su consorte. En esa acumulación de excesos, su figura recuerda a la de otros emperadores convertidos en símbolo del disparate, como aquel Calígula que quiso nombrar cónsul a su caballo.

Conviene ser prudente con todos estos detalles. Buena parte procede de plumas decididamente enemigas, empeñadas en demostrar que un adolescente extranjero jamás debió sentarse en el trono. El morbo se mezcla con la propaganda, y separar lo cierto de la caricatura resulta casi imposible a esta distancia. Lo indudable es que Heliogábalo despreció las costumbres que un emperador debía fingir respetar, y ese desprecio le salió carísimo.

Mientras tanto, la maquinaria de la ciudad seguía funcionando al margen del emperador. El pueblo acudía a los combates de gladiadores y llenaba a diario las grandes termas públicas, ajeno en buena medida a las excentricidades del Palatino. Pero en los cuarteles pretorianos y en el Senado, la paciencia se agotaba con rapidez.

El puñal de la Guardia Pretoriana

La misma abuela que lo había encumbrado terminó por comprender que su nieto era ingobernable y que arrastraba a la familia hacia el abismo. Con la misma frialdad calculadora de siempre, Julia Mesa cambió de caballo. Convenció al emperador para que adoptara como heredero a su primo Alejandro, un joven de carácter moderado y buena imagen ante las tropas.

Fue su sentencia. La Guardia Pretoriana, cuerpo de élite que decidía en la práctica quién vivía y quién moría en la cúspide del poder, volcó pronto sus simpatías en el prudente Alejandro. Heliogábalo, celoso, intentó apartarlo e incluso eliminarlo, pero cada maniobra contra el favorito de los soldados aumentaba su propio aislamiento. El desenlace era solo cuestión de tiempo.

En marzo del año 222, los pretorianos se amotinaron. Buscaron al emperador por los rincones del campamento y lo asesinaron junto a su madre, Julia Soemias. Después arrastraron su cadáver por las calles, lo mutilaron e intentaron arrojarlo por una cloaca; como no cabía, acabaron tirándolo al Tíber para que ni siquiera tuviera tumba. Tenía dieciocho años. El emperador Heliogábalo desaparecía tal como había llegado: en medio de un tumulto de soldados.

El Senado completó la obra con una damnatio memoriae, la condena oficial al olvido: se borró su nombre de las inscripciones y se devolvió la piedra negra a Emesa. Roma quiso comportarse como si aquel reinado nunca hubiera existido, y sin embargo consiguió justo lo contrario.

Conclusión

El problema de Heliogábalo es que casi todo lo que creemos saber de él procede de fuentes que lo detestaban. Herodiano escribió con distancia y desdén; la Historia Augusta, redactada más de un siglo después, es una obra célebre por su gusto por la anécdota escabrosa y por la invención descarada. Bajo esa capa de literatura sensacionalista, el sacerdote solar real resulta escurridizo, casi invisible.

El morbo, además, no se detuvo en la Antigüedad. En 1888, el pintor Lawrence Alma-Tadema lo inmortalizó en «Las rosas de Heliogábalo», donde el emperador sofoca a sus invitados bajo una lluvia de pétalos. Es una escena magnífica y probablemente falsa, tomada de esas mismas crónicas dudosas, pero fijó para siempre su imagen de tirano decadente y caprichoso en el imaginario europeo.

Quizá lo más justo sea verlo como lo que fue: un adolescente al que colocaron en el trono sin prepararlo para nada, empujado por la ambición de una abuela y por su propia fe absoluta en un dios extranjero. Ni el monstruo de la leyenda ni un reformador incomprendido, sino un chico que confundió el imperio con su santuario particular. Y Roma, que toleraba muchas cosas de sus emperadores menos que despreciaran abiertamente sus tradiciones, se lo hizo pagar con la vida.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.