Druidas, el Sidhe y el Samhain: los dioses de la mitología celta

Druidas, el Sidhe y el Samhain: los dioses de la mitología celta

Es una de las grandes ironías de la historia antigua: los celtas, que llegaron a extenderse por media Europa, desde la península ibérica hasta Anatolia, no dejaron ni una sola línea escrita sobre sus propios dioses. Y no porque desconocieran la escritura (la empleaban para asuntos prácticos con alfabetos griegos y latinos), sino porque sus sacerdotes, los druidas, prohibían poner por escrito la doctrina sagrada. Todo debía memorizarse y transmitirse de boca en boca, de maestro a discípulo, durante generaciones.

La consecuencia es que casi todo lo que sabemos de la mitología celta nos llegó por dos vías interesadas: los autores grecorromanos, que eran sus enemigos, y los monjes cristianos de Irlanda, que copiaron los viejos mitos siglos después de la conversión de la isla. Separar el hecho de la leyenda se convierte, por tanto, en un apasionante trabajo de detective.

La mitología celta es el conjunto de creencias de los pueblos celtas de la Edad del Hierro: una religión oral dirigida por druidas, con dioses como Dagda, Morrigan y Lugh, que sobrevivió gracias a los monjes cristianos irlandeses y cuya fiesta de Samhain dio origen a la actual noche de Halloween.

Una religión sin libros: así sobrevivió la mitología celta

Los pueblos celtas dominaron amplias zonas de Europa a partir del siglo VIII a.C., con las culturas arqueológicas de Hallstatt y La Tène como grandes referencias. Pero su religión era estrictamente oral, de modo que sus mitos solo se conservaron allí donde alguien los escribió más tarde. En la Galia, esa tarea la hicieron los romanos a su manera: mediante la llamada interpretatio romana identificaron a los dioses locales con los suyos, y Julio César llegó a afirmar que los galos veneraban sobre todo a «Mercurio», tras el cual probablemente se esconde el dios celta Lugus.

El gran depósito de mitos, sin embargo, está en Irlanda, que nunca fue conquistada por Roma. Allí, entre los siglos VIII y XII, los monjes copiaron relatos paganos en manuscritos como el Lebor Gabála Érenn (el Libro de las Invasiones) o el Cath Maige Tuired. Es la misma paradoja de la mitología nórdica de los vikingos, que también conocemos por textos redactados por cristianos: los mitos sobrevivieron gracias a quienes ya no creían en ellos, con todos los filtros y retoques que eso supone.

Los druidas: lo que cuenta César y lo que dice la arqueología

Sobre los druidas, las figuras más célebres de la mitología celta, pesan siglos de fantasía, así que conviene volver a las fuentes. La más detallada es el propio Julio César, que en La guerra de las Galias los describe como una élite intelectual: eran jueces, maestros y sacerdotes, estaban exentos de impuestos y del servicio militar, y su formación podía durar veinte años porque exigía memorizar un enorme corpus de versos. Enseñaban, dice César, que el alma no muere, sino que pasa de un cuerpo a otro. Plinio el Viejo añadió la estampa más famosa: el druida vestido de blanco que corta el muérdago sagrado de un roble con una hoz de oro.

César también les atribuyó sacrificios humanos, incluida la quema de víctimas dentro de gigantescas figuras de mimbre. Aquí conviene ser prudentes, porque era la propaganda de un conquistador, aunque la arqueología sugiere que tales sacrificios existieron: el hombre de Lindow, un cadáver conservado en una turbera inglesa y hallado en 1984, presenta señales compatibles con una muerte ritual. Roma, en todo caso, no toleró a una casta capaz de articular la resistencia: el emperador Claudio prohibió el druidismo y, hacia el año 60, las legiones arrasaron su santuario de la isla de Mona, la actual Anglesey. En cuanto al druida de larga barba y aire de mago que hoy imaginamos, es en gran parte un invento romántico de los siglos XVII y XVIII, cuando anticuarios como William Stukeley vincularon erróneamente a los druidas con Stonehenge, un monumento levantado unos dos mil años antes de que existieran los celtas.

Dagda, Morrigan y Lugh: los grandes dioses celtas de Irlanda

El panteón irlandés, el rincón mejor conservado de la mitología celta, gira en torno a los Tuatha Dé Danann, las «tribus de la diosa Danu», una raza divina que según el Libro de las Invasiones llegó a Irlanda y la conquistó. Entre estos dioses celtas destacan tres figuras. El Dagda, el «dios bueno», es un padre tosco y poderoso, dueño de una maza capaz de matar y resucitar, de un caldero inagotable y de un arpa que ordena las estaciones. La Morrigan, diosa de la guerra y la profecía, sobrevuela los campos de batalla en forma de cuervo y a menudo se presenta como divinidad triple. Y Lugh, el más brillante de todos, es el «diestro en todas las artes»: guerrero, arpista, herrero y poeta a la vez.

Caldero de plata de Gundestrup con relieves de dioses celtas y animales
El caldero de Gundestrup, con sus relieves de divinidades, es una de las joyas del arte celta. (Nationalmuseet, Roberto Fortuna og Kira Ursem, dominio público, vía Wikimedia Commons)

La huella de estos dioses desborda Irlanda. La fiesta de Lugh, Lughnasadh, se celebraba el 1 de agosto, y su equivalente continental, Lugus, dio nombre probablemente a Lugdunum, la actual Lyon. Los romanos, que bautizaron los días de la semana con sus propios dioses (una historia que contamos en el curioso origen de los nombres de los días), reconocieron en Lugus a su Mercurio. Y la diosa Brigid, patrona de la poesía y de la forja, acabaría confundiéndose con santa Brígida de Kildare, uno de los ejemplos más citados de continuidad entre el paganismo y el cristianismo irlandés.

El Sidhe: los dioses que se mudaron bajo los túmulos

¿Qué fue de los Tuatha Dé Danann? Los mitos irlandeses dan una respuesta melancólica: cuando llegaron los milesios, antepasados legendarios de los irlandeses actuales, los viejos dioses perdieron la batalla por la superficie y se retiraron bajo tierra, a los síde, los túmulos y colinas huecas que salpican la isla. De ahí viene el término Sidhe, que acabó designando tanto esas moradas subterráneas como a sus habitantes, el aos sí o pueblo de los túmulos.

Pintura de John Duncan con los jinetes del Sidhe cabalgando en procesión
Los jinetes del Sidhe según John Duncan (1911), en plena moda del renacimiento celta. (John Duncan, dominio público, vía Wikimedia Commons)

Lo fascinante es que esos túmulos existen y son muchísimo más antiguos que los propios celtas. El más famoso, Newgrange, en el valle del Boyne, se construyó hacia el 3200 a.C., antes que las pirámides de Egipto, y cada solsticio de invierno el sol naciente ilumina su cámara interior. Los celtas heredaron aquellos monumentos neolíticos ya milenarios y los poblaron con sus dioses: la tradición hace de Newgrange la morada del Dagda y de su hijo Aengus. Con la cristianización, los antiguos dioses fueron menguando hasta convertirse en las hadas del folclore, y de esa degradación salen criaturas como la banshee (bean sí, «mujer de los túmulos»), cuyo llanto anuncia una muerte. Es un proceso casi idéntico al de la mitología vasca y sus dioses olvidados, donde viejas divinidades acabaron reducidas a genios y criaturas de cuento.

¿Es el Samhain el verdadero origen de Halloween?

El calendario celta dividía el año en una mitad luminosa y otra oscura, y la fiesta de Samhain, celebrada entre el anochecer del 31 de octubre y el 1 de noviembre, era la más señalada de todas: marcaba el final de la cosecha y la entrada del invierno. Un mes llamado Samonios figura ya en el calendario galo de Coligny, una tabla de bronce del siglo II d.C. En Irlanda era la noche más peligrosa del año: se creía que la frontera con el mundo del Sidhe se volvía delgada y que los muertos y los seres del otro lado podían caminar entre los vivos, así que se encendían grandes hogueras rituales, como las de la colina de Tlachtga.

Fiesta de Halloween en Irlanda en 1832 pintada por Daniel Maclise
Snap-Apple Night (1833): Daniel Maclise retrató los juegos de una fiesta de Halloween en Irlanda. (Daniel Maclise, dominio público, vía Wikimedia Commons)

El origen celta de Halloween se explica por la cristianización de esa fecha. En el año 835 el papa Gregorio IV fijó la fiesta de Todos los Santos el 1 de noviembre, y hacia el 998 el abad Odilón de Cluny impulsó la conmemoración de los difuntos el día 2. La víspera pasó a llamarse en inglés All Hallows’ Eve, contraído con el tiempo en Halloween. Fueron los emigrantes irlandeses que huían de la Gran Hambruna (1845-1849) quienes llevaron la fiesta a Estados Unidos, donde el nabo tallado de la tradición original se sustituyó por una hortaliza local mucho más agradecida: la calabaza.

San Patricio y la cristianización que salvó los mitos

La conversión de Irlanda tiene nombre propio: Patricio, un britano del siglo V que, según cuenta él mismo en su Confesión (uno de los pocos documentos de la época escritos en primera persona), fue capturado a los dieciséis años por piratas irlandeses y pasó seis años como esclavo cuidando rebaños. Tras escapar, regresó voluntariamente como misionero a la isla de sus captores. Casi todo lo demás es leyenda posterior: no hay pruebas de que usara el trébol para explicar la Trinidad, y desde luego no expulsó a las serpientes de Irlanda, entre otras cosas porque en la isla nunca las hubo.

Lo notable es que la cristianización irlandesa no quemó la mitología celta, sino que la archivó. Al no haber apenas ruptura violenta, los monasterios convivieron con los filid, los poetas herederos del saber druídico, y acabaron copiando sus relatos. Eso sí, con retoques: los Tuatha Dé Danann fueron rebajados de dioses a reyes antiguos, héroes o incluso ángeles caídos, porque un monje podía transcribir historias maravillosas, pero no admitir la existencia de otros dioses. Gracias a ese pacto silencioso entre el pergamino y la memoria conservamos hoy los mitos de toda una civilización.

Conclusión

La mitología celta es la historia de una supervivencia improbable. Una religión que se negó a escribirse acabó dependiendo de plumas ajenas: la de un conquistador romano que describía a los druidas mientras los combatía y las de unos monjes que copiaban dioses en los que ya no creían. Entre ambas quedó un retrato incompleto, pero lo bastante nítido para asomarnos a un mundo de calderos inagotables, cuervos proféticos y túmulos habitados.

Y pocas mitologías antiguas siguen tan vivas. Cada 31 de octubre, millones de niños disfrazados repiten sin saberlo los gestos de una fiesta del fuego de hace más de dos mil años. Los dioses del Sidhe perdieron sus templos y hasta su condición divina, pero consiguieron algo que muy pocos dioses logran: quedarse con una noche entera de nuestro calendario.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.