La imagen popular de Esparta es la de guerreros perfectos que vivían solo para pelear, entregados a la disciplina militar por una especie de amor romántico a la gloria. La realidad documentada es más oscura y bastante más interesante: Esparta se obsesionó con la guerra porque, literalmente, no le quedaba otra opción para sobrevivir.
Superados en número por sus propios esclavos
Esparta era, ante todo, un Estado esclavista. Los ilotas, la población campesina sometida que trabajaba la tierra para los espartanos, los superaban ampliamente en número: según la estimación de Heródoto para la batalla de Platea (479 a. C.), cada hoplita espartano iba acompañado de varios ilotas, en una proporción que algunos historiadores sitúan en torno a siete por cada ciudadano. Con esa desproporción, el miedo a una revuelta masiva no era paranoia, era matemática. La respuesta espartana fue institucionalizar el terror: cada año, los magistrados declaraban formalmente la guerra a los propios ilotas, lo que permitía perseguirlos y matarlos sin cometer delito alguno dentro de un ritual llamado criptía. A eso se sumaban azotes públicos anuales y la obligación de vestir de forma distinta, ambas cosas pensadas para humillarlos e intimidarlos. La obsesión militar espartana no nació de una cultura guerrera romántica: nació de la necesidad de controlar, todos los días, a una mayoría hostil dentro de las propias fronteras.
Una infancia diseñada para sobrevivir a la guerra
El sistema de entrenamiento, la agogé, empezaba antes incluso de que el niño tuviera nombre. Según Plutarco, un consejo de ancianos examinaba a cada recién nacido; si no lo consideraban lo bastante robusto, lo llevaban al Apóthetas, un barranco al pie del monte Taigeto, para abandonarlo allí. A los siete años, a los que habían superado esa primera criba se los separaba de sus familias y se los integraba en unidades llamadas agélai, al mando de un adolescente mayor. Dormían sobre juncos que ellos mismos debían cortar a mano, sin herramientas; iban descalzos, apenas vestidos y rara vez se les permitía bañarse. Las raciones de comida se mantenían deliberadamente escasas, lo que los empujaba a robar comida; si los descubrían, el castigo no era por el robo, sino por la torpeza de dejarse atrapar. El Estado retenía su tutela hasta los veinte años, y durante todo ese tiempo el objetivo era uno solo: producir soldados capaces de obedecer sin dudar.

Las mujeres más libres de la antigua Grecia
Aquí aparece la paradoja que más sorprende de Esparta. En una sociedad construida enteramente alrededor de la guerra, las mujeres gozaban de más libertad y más derechos que en cualquier otro rincón del mundo griego. Se casaban más tarde que en Atenas, se movían con libertad, vestían ropas cortas y ligeras, y podían tener amantes sin el escándalo que eso habría supuesto en otras ciudades. Mientras los hombres pasaban la vida en el ejército, ellas administraban las propiedades familiares: tras las largas guerras del siglo IV a. C., entre un 35 y un 40 % de todas las tierras de Esparta terminó en manos de mujeres, la proporción más alta registrada en toda la Antigüedad clásica. No era una forma temprana de feminismo. Era pragmatismo puro: una sociedad que necesitaba producir hijos fuertes y mantener el patrimonio en funcionamiento mientras los hombres estaban en el frente no podía permitirse mujeres débiles ni recluidas.

Un modelo con fecha de caducidad
Ese sistema tenía un defecto estructural que ningún entrenamiento podía resolver: Esparta no podía reponer sus bajas. Formar a un espartiata llevaba veinte años; matarlo en combate, un segundo. Cada victoria costaba hombres irreemplazables, y cada derrota resultaba devastadora precisamente por eso. El 371 a. C. llegó la factura: en Leuctra, el día que Tebas hizo añicos el mito de la invencibilidad espartana, una sola derrota en campo abierto bastó para acabar con casi dos siglos de hegemonía militar. Esparta nunca se recuperó del todo.

La ironía final es que la sociedad más militarizada de toda la Antigüedad no dejó ni arte, ni filosofía, ni ciencia, ni literatura que perdurara. Atenas, su rival supuestamente más «blanda», legó una tradición intelectual que sigue viva 2500 años después; Esparta dejó una leyenda y unas ruinas. Esa leyenda, además, ha tenido usos siniestros: en 1928 Adolf Hitler escribió que Esparta era el modelo de lo que sería el Tercer Reich, por considerarla el primer «Estado racista» de la historia. Contar cómo funcionaba Esparta de verdad (una sociedad sostenida por el miedo, no por una superioridad innata) importa, precisamente, para no repetir ese error.
