Okinawa: la batalla tan atroz que cambió los planes para invadir Japón

Okinawa: la batalla tan atroz que cambió los planes para invadir Japón

El 1 de abril de 1945, domingo de Pascua, la mayor flota de invasión jamás reunida en el Pacífico se acercó a las playas de una isla larga y estrecha del sur de Japón. Okinawa era el último gran obstáculo antes del archipiélago japonés propiamente dicho, y todos sabían que su conquista sería dura. Lo que nadie imaginaba era que se convertiría en una de las batallas más sangrientas de toda la Segunda Guerra Mundial, ni que su brutalidad pesaría de forma decisiva en la decisión de lanzar la bomba atómica.

El último escalón antes de Japón

Para la primavera de 1945, Estados Unidos había ido saltando de isla en isla por el Pacífico, acercándose cada vez más a Japón. Tras la conquista de Iwo Jima en febrero y marzo, el siguiente objetivo era Okinawa, en el archipiélago de las Ryūkyū, a poco más de 550 kilómetros de las islas principales japonesas. Desde allí, los aeródromos y puertos servirían de plataforma para la invasión final del país, la Operación Downfall que se planeaba para finales de ese año y para 1946.

La operación de desembarco, bautizada Iceberg, movilizó a más de 180.000 soldados del Décimo Ejército estadounidense al mando del general Simon Bolivar Buckner, apoyados por una armada colosal de portaaviones, acorazados y buques de transporte, en la que participaron también fuerzas británicas. Enfrente, la defensa japonesa corría a cargo del Trigésimo Segundo Ejército del general Mitsuru Ushijima, con alrededor de 100.000 hombres.

Una defensa pensada para que costara sangre

Los mandos japoneses habían aprendido de derrotas anteriores. Sabían que no podían ganar; su objetivo era otro: que la batalla resultara tan costosa en vidas estadounidenses que Washington se planteara negociar en lugar de invadir el Japón metropolitano. Por eso su estrategia, diseñada en gran parte por el coronel Hiromichi Yahara, renunció a defender las playas y concentró el grueso de las tropas en el sur de la isla, en una densa red de líneas fortificadas en torno al castillo de Shuri.

Aprovechando el terreno accidentado, los japoneses cavaron un laberinto de cuevas, túneles y posiciones artilladas que se apoyaban unas a otras. La idea era obligar al enemigo a conquistar cada colina y cada cueva por separado, pagando un precio altísimo por cada metro. No habría cargas suicidas masivas al descubierto, sino una guerra de desgaste metódica y desesperada.

El desembarco que empezó demasiado fácil

El 1 de abril, las tropas estadounidenses pisaron las playas de la costa oeste casi sin resistencia. Muchos, que esperaban una carnicería como la de Iwo Jima, no daban crédito a la calma. Pero era una trampa deliberada: Ushijima les dejaba entrar. En pocos días, al avanzar hacia el sur, los estadounidenses chocaron con la línea de Shuri, y entonces empezó el verdadero infierno.

Durante semanas, la batalla se convirtió en un combate lento y atroz por posiciones con nombres que se harían tristemente célebres, como la Loma del Pan de Azúcar. Las lluvias de mayo convirtieron el campo en un barrizal donde se mezclaban el fango, los restos y los cadáveres. Se combatía con lanzallamas, granadas y cargas de demolición cueva por cueva. El desgaste fue brutal para ambos bandos.

Los kamikazes y el final del Yamato

Mientras se peleaba en tierra, en el mar se libraba otra batalla igual de despiadada. Japón lanzó contra la flota aliada oleadas masivas de aviones suicidas, los kamikazes, en operaciones llamadas kikusui. Más de un millar y medio de aparatos se estrellaron o lo intentaron contra los buques estadounidenses. Fue el mayor esfuerzo kamikaze de toda la guerra, y le costó a la Marina de Estados Unidos algunas de las peores pérdidas navales de su historia: decenas de barcos hundidos y muchos más dañados, con miles de marineros muertos.

Kamikaze
Un avión kamikaze japonés durante su ataque suicida contra un buque aliado

En ese contexto se produjo uno de los episodios más simbólicos de la batalla. El 7 de abril, el acorazado Yamato, el buque de guerra más grande jamás construido, zarpó en una misión sin retorno: la Operación Ten-Gō. Su plan era llegar a Okinawa, embarrancar en la costa y convertirse en una batería inmóvil hasta agotar la munición. Ni siquiera llevaba combustible para volver. Nunca llegó. Los aviones estadounidenses lo interceptaron y lo hundieron con casi toda su tripulación, más de 3.000 hombres. Con él se hundía también la era de los grandes acorazados.

Yamato (acorazado)
El acorazado Yamato, hundido en una misión suicida rumbo a Okinawa

La tragedia de los civiles

Lo que hace de Okinawa una de las batallas más desgarradoras de la guerra no es solo la cifra de soldados caídos, sino la magnitud del sufrimiento civil. A diferencia de otras islas del Pacífico, Okinawa tenía una población civil numerosa, de cientos de miles de personas, que quedó atrapada en medio del combate. Las estimaciones más aceptadas calculan que murieron más de 100.000 civiles okinawenses, quizá entre una cuarta parte y un tercio de la población de la isla.

Muchos murieron por los bombardeos y el fuego cruzado. Otros, empujados por la propaganda que les había hecho creer que los estadounidenses los torturarían y matarían, se quitaron la vida —en ocasiones familias enteras— o fueron impulsados a hacerlo. La memoria de aquella tragedia sigue marcando profundamente a Okinawa hasta hoy y explica en parte su compleja relación con el resto de Japón y con las bases militares que aún alberga.

La sombra de Okinawa sobre la bomba

La batalla terminó a finales de junio de 1945. El general Ushijima y su jefe de estado mayor se suicidaron según el ritual tradicional en lugar de rendirse. Del lado estadounidense, el propio general Buckner había muerto días antes por fuego de artillería, convirtiéndose en el oficial estadounidense de mayor rango caído por fuego enemigo en toda la guerra. El balance final fue escalofriante: más de 12.000 estadounidenses muertos, en torno a 77.000 soldados japoneses caídos y la enorme mortandad civil.

Aquellas cifras tuvieron un efecto directo en la gran decisión que se avecinaba. Si conquistar una sola isla había costado tanto, los planificadores estadounidenses proyectaban que la invasión de las islas principales de Japón —defendidas por millones de soldados y por una población movilizada— podía suponer cientos de miles, quizá millones, de bajas en ambos bandos. Okinawa fue, en muchos sentidos, el ensayo general de lo que sería invadir Japón, y su resultado horrorizó a quienes tenían que decidir el siguiente paso.

Pocas semanas después, en agosto de 1945, Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y Japón se rindió sin que llegara a producirse la temida invasión terrestre. La discusión sobre aquella decisión sigue viva décadas después, pero es imposible entenderla sin la sombra alargada de Okinawa: la batalla tan brutal que hizo que se buscara, a toda costa, otra manera de terminar la guerra.

Operación Downfall
Esquema de la Operación Downfall, la invasión de Japón que finalmente no se llevó a cabo