En la primavera de 1815, Napoleón Bonaparte protagonizó uno de los regresos más audaces de la historia. Tras menos de un año de destierro en la pequeña isla de Elba, desembarcó en el sur de Francia el 1 de marzo con apenas un puñado de fieles. En lugar de detenerlo, los regimientos enviados a capturarlo se pasaron a su bando uno tras otro. El 20 de marzo entró en París sin haber disparado un solo tiro, y el rey Luis XVIII huyó apresuradamente. Comenzaba así el período conocido como los Cien Días.
Los Cien Días: un imperio contrarreloj
El emperador restaurado no gobernaba sobre la Francia triunfal de una década atrás. Las potencias reunidas en el Congreso de Viena lo declararon fuera de la ley —no enemigo de un Estado, sino enemigo de la paz de Europa— y movilizaron a la Séptima Coalición. Austria, Rusia, Prusia y el Reino Unido se comprometieron a poner en pie de guerra ejércitos que sumaban, en conjunto, cerca de un millón de hombres. Napoleón sabía que el tiempo jugaba en su contra: cuanto más tardara en actuar, más aplastante sería la superioridad numérica de sus enemigos.
Su única esperanza era golpear primero. Reunió a toda prisa el Ejército del Norte, unos 125.000 hombres, y marchó hacia el actual territorio de Bélgica. Allí esperaban dos fuerzas aliadas todavía separadas: el ejército anglo-aliado del duque de Wellington y el ejército prusiano del mariscal Blücher. El plan napoleónico era clásico y brillante: interponerse entre ambos y derrotarlos por separado antes de que pudieran unirse.

18 de junio de 1815: la batalla más estudiada de la historia
Los primeros movimientos salieron bien. El 16 de junio, Napoleón derrotó a los prusianos en Ligny, mientras el mariscal Ney frenaba a los británicos en Quatre Bras. Blücher se retiró maltrecho, y el emperador tomó entonces una decisión que la posteridad discutiría durante siglos: destacó al mariscal Grouchy con unos 33.000 hombres —casi un tercio de su ejército— para perseguir a los prusianos y evitar que regresaran.
El 18 de junio, sobre las colinas embarradas de Mont-Saint-Jean, al sur de la aldea de Waterloo, se libró el choque decisivo. Wellington había desplegado a sus tropas en una posición defensiva sobre una loma, protegido por granjas fortificadas como Hougoumont y La Haye Sainte. La lluvia de la noche anterior había convertido el campo en un lodazal, lo que retrasó el ataque francés varias horas cruciales: Napoleón esperó a que el terreno se secara para poder mover su artillería.
La batalla fue un martilleo brutal y desordenado. Los franceses lanzaron oleada tras oleada: el asalto al bosque de Hougoumont, el avance del cuerpo de D’Erlon contra el centro aliado, las espectaculares y suicidas cargas de caballería de Ney contra los cuadros de infantería británicos, que resistieron erizados de bayonetas. Durante horas, la línea de Wellington aguantó al borde del colapso. El duque, según la tradición, deseaba que llegaran «la noche o Blücher».

El instante en que todo pudo torcerse
Aquí es donde la historia roza lo que pudo haber sido. Blücher, lejos de haber quedado neutralizado por Grouchy, cumplió su promesa a Wellington y condujo a su ejército prusiano hacia el campo de batalla. A media tarde, sus columnas empezaron a aparecer sobre el flanco derecho francés, cerca de la aldea de Plancenoit. Napoleón se vio obligado a desviar reservas para contenerlos, restando fuerza al golpe final contra Wellington.
Imaginemos por un momento que las cosas hubieran ido de otro modo. Si Grouchy hubiera interpretado el fragor lejano de los cañones y hubiera marchado «hacia el fuego», tal vez habría bloqueado a los prusianos. Si el ataque francés hubiera comenzado al amanecer, con el terreno seco, Wellington quizá habría cedido antes de que llegara ayuda. En cualquiera de esos escenarios, la última carga de la Guardia Imperial —que en la realidad fue rechazada y desató el pánico y la desbandada— podría haber quebrado la línea aliada. Waterloo se habría convertido en una victoria napoleónica.
Es un ejercicio fascinante, pero conviene detenerse en la pregunta que de verdad importa: ¿habría cambiado eso el destino de Napoleón?
Ganar Waterloo no era ganar la guerra
La respuesta más probable, y la que comparte la mayoría de los historiadores, es que no. Waterloo fue una batalla decisiva, pero no era la última barrera entre Napoleón y la victoria; era solo la primera. Aun aplastando a Wellington y Blücher aquel domingo de junio, el emperador habría quedado frente a una realidad demoledora: el grueso de la Séptima Coalición ni siquiera había entrado todavía en combate.
Mientras se libraba Waterloo, un enorme ejército austríaco al mando del príncipe de Schwarzenberg se aproximaba al Rin, y las masas rusas avanzaban desde el este. En total, se estaban movilizando en torno a seiscientos o setecientos mil soldados de la coalición para invadir Francia por varias direcciones a la vez. Napoleón, incluso victorioso en Bélgica, no habría podido reponer las pérdidas ni multiplicar sus tropas al ritmo de sus enemigos.
Conviene recordar cómo había terminado la campaña anterior. En 1814, con medio continente invadiendo Francia, Napoleón había librado una brillante serie de combates defensivos, la llamada campaña de los Seis Días, en la que derrotó una y otra vez a columnas aliadas aisladas. Y aun así perdió: la superioridad numérica acabó por imponerse y París cayó. Nada indica que en 1815, con un ejército más pequeño y un país más agotado, el resultado hubiera sido distinto por mucho que venciera en Bélgica.

Una Europa decidida a acabar con él
Había además un factor político tan decisivo como los ejércitos. En 1815, las potencias europeas ya no veían a Napoleón como un rival con el que negociar, sino como una amenaza que debía desaparecer. La declaración del Congreso de Viena lo había puesto al margen de toda relación civil y social. No habría armisticios ni tratados de compromiso como en campañas anteriores: la coalición estaba resuelta a no detenerse hasta derribarlo definitivamente.
Francia, por su parte, estaba exhausta. Más de dos décadas de guerras revolucionarias e imperiales habían drenado su población, sus finanzas y su entusiasmo. Muchos franceses recibieron el regreso del emperador con más resignación que fervor. Una victoria en Waterloo habría levantado la moral y quizá prolongado la resistencia unas semanas o meses, pero no habría creado nuevos soldados ni llenado unas arcas vacías.
Lo más verosímil es que un triunfo en Waterloo solo hubiera aplazado lo inevitable: una segunda campaña, esta vez en suelo francés, contra fuerzas abrumadoramente superiores. El desenlace probable seguía siendo la caída de Napoleón, tal vez tras una lucha más larga y sangrienta, con más muertos y un país aún más arruinado.
El veredicto: una victoria efímera
Por eso Waterloo se ha convertido en símbolo de la derrota total y definitiva, hasta el punto de que la expresión «encontrar tu Waterloo» significa toparse con el fracaso irremediable. Pero la lección histórica es más sutil. La suerte de Napoleón no se decidió en una sola loma embarrada, sino en la aritmética implacable de una Europa entera coaligada contra él y en el agotamiento de una Francia que ya no podía sostener sus ambiciones.
En la realidad, Napoleón abdicó por segunda vez el 22 de junio, apenas cuatro días después de la batalla, y terminó desterrado en la remota isla de Santa Elena, en pleno Atlántico Sur, donde murió en 1821. Un triunfo en Waterloo habría dado material para una leyenda aún más romántica, pero casi con toda seguridad habría desembocado en el mismo lugar. A veces la historia no depende de una batalla, sino de todo lo que la rodea. Y en 1815, todo estaba en contra del hombre que había hecho temblar a Europa.
