La caída del Imperio romano: fechas, causas y último emperador

La caída del Imperio romano: fechas, causas y último emperador
La destrucción, de Thomas Cole (1836). (Dominio público, vía Wikimedia Commons)

Pocos acontecimientos históricos han hecho correr tanta tinta como la caída del Imperio romano. Durante siglos se ha usado como advertencia política, como metáfora del declive y hasta como espejo en el que mirar nuestras propias sociedades. Pero la imagen popular, la de un imperio glorioso que se hunde de golpe bajo las hordas bárbaras, tiene poco que ver con lo que de verdad ocurrió.

La caída del Imperio romano de Occidente no fue un derrumbe repentino, sino una agonía de generaciones: un siglo largo de invasiones, bancarrotas, guerras civiles y emperadores de cartón que terminó, casi en silencio, con un adolescente entregando su corona. Y lo más curioso es que muchos de sus contemporáneos ni siquiera se enteraron de que acababa de morir un imperio.

Antes de recorrer esa larga agonía, conviene responder a la pregunta que todo el mundo se hace.

El Imperio romano de Occidente cayó el 4 de septiembre del año 476 d. C., cuando el jefe germano Odoacro depuso al último emperador, Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Fue el desenlace de un declive de más de un siglo, no un hundimiento repentino.

¿Cuándo cayó el Imperio romano?

La fecha canónica es el año 476 d. C., y en concreto el 4 de septiembre. Aquel día, Odoacro, un oficial de origen germánico al mando de las tropas federadas de Italia, entró en Rávena (la capital de Occidente desde hacía décadas, protegida por marismas y mucho más defendible que Roma) y depuso al joven emperador Rómulo Augústulo. Después hizo algo insólito: en lugar de sentar en el trono a otra marioneta, como venía siendo costumbre, envió las insignias imperiales al emperador Zenón, en Constantinopla, con un mensaje demoledor. Occidente ya no necesitaba un emperador propio; bastaba con uno para todo el Imperio. Odoacro se conformó con gobernar Italia como rey.

Ahora bien, esa fecha tan limpia es en parte un invento posterior. En 476 hacía décadas que los emperadores de Occidente eran figuras decorativas en manos de sus generales, y muchos contemporáneos apenas notaron el cambio: para ellos simplemente había un jefe nuevo en Italia. Fueron cronistas posteriores, empezando por autores bizantinos del siglo VI, quienes convirtieron aquel golpe discreto en el punto final oficial de Roma. Para rematar la ironía, el último emperador reconocido por Oriente ni siquiera era Rómulo Augústulo, sino Julio Nepote, que sobrevivió exiliado en Dalmacia hasta el año 480 reclamando un trono que ya no existía.

Odoacro
Odoacro, el jefe germánico que depuso al último emperador de Occidente en el año 476

¿Cuáles fueron las causas de la caída de Roma?

Los historiadores llevan siglos discutiendo esta pregunta, y hoy la respuesta honesta es que no hubo una sola causa, sino una suma de factores que se reforzaron entre sí durante generaciones. Los principales fueron estos:

  • Crisis económica y fiscal: una moneda devaluada, una inflación galopante y una presión de impuestos asfixiante para sostener un ejército y una burocracia cada vez más caros.
  • Presión de los pueblos bárbaros: las migraciones germánicas, empujadas por los hunos desde finales del siglo IV, desbordaron unas fronteras imposibles de vigilar.
  • División del Imperio: el reparto definitivo entre Oriente y Occidente en el año 395 dejó a la mitad occidental, la más pobre, sola frente a los peores peligros.
  • Inestabilidad política crónica: usurpaciones, guerras civiles y emperadores asesinados en serie que impedían cualquier estrategia a largo plazo.
  • Dependencia militar de mercenarios: los ejércitos de Occidente acabaron formados por guerreros germanos (los llamados foederati) que servían bajo sus propios jefes.
  • Pérdida de legitimidad: los últimos emperadores eran marionetas de sus generales, y súbditos enteros dejaron de ver en Roma una autoridad que mereciera lealtad.

A esa lista, la investigación reciente añade factores de fondo como las epidemias y un enfriamiento del clima en la Antigüedad tardía que redujo las cosechas. Muchas de estas grietas venían de lejos: entre los años 235 y 284, la llamada crisis del siglo III encadenó más de veinte emperadores (casi todos asesinados), invasiones simultáneas y ciudades vaciadas por la peste. Diocleciano estabilizó aquel desastre, pero al precio de convertir el Imperio en una maquinaria enorme y carísima, y de dividirlo administrativamente para poder gobernarlo. Quien quiera profundizar en el detalle de cada factor puede consultar el extenso análisis de la caída del Imperio romano de Occidente que recoge la historiografía moderna.

La división se volvió definitiva en el año 395, cuando Teodosio I, el último hombre que gobernó unido todo el mundo romano, repartió el Imperio entre sus dos hijos. La mitad oriental, con capital en Constantinopla, se quedó con Egipto, Siria y Anatolia, las regiones más ricas y pobladas del Mediterráneo. La occidental heredó fronteras larguísimas, provincias más rurales y muchos menos recursos para defenderlas. Cuando llegaron los tiempos difíciles, Oriente pudo comprar la paz o desviar el peligro hacia su vecino; Occidente, no.

Teodosio I
Teodosio I, el último emperador que gobernó unido todo el mundo romano

De Adrianópolis a los saqueos de Roma: un siglo de golpes

Roma llevaba siglos midiéndose con los germanos; ya en el año 9 d. C., la emboscada de Teutoburgo había frenado en seco la expansión romana al otro lado del Rin. Pero el golpe que desestabilizó Occidente para siempre llegó cuatro siglos después, y no lo dieron los bárbaros que atacaban, sino los que huían. Hacia el año 375, los hunos, un pueblo de jinetes esteparios, empujaron a las poblaciones germánicas de Europa central contra las fronteras del Imperio. En 376, decenas de miles de godos cruzaron el Danubio con permiso de Roma pidiendo asilo. El trato abusivo que recibieron desató una rebelión que culminó en el año 378 en la batalla de Adrianópolis, donde el ejército romano de Oriente fue aniquilado y el propio emperador Valente murió en el campo de batalla. Roma nunca volvió a reconstruir del todo aquel ejército.

La siguiente oleada llegó en la Nochevieja del año 406, cuando vándalos, suevos y alanos cruzaron un Rin helado y se adentraron en la Galia. De allí pasaron a Hispania y, en el caso de los vándalos, al norte de África: en 439 tomaron Cartago, y con ella el granero que alimentaba a la propia ciudad de Roma y buena parte de los ingresos fiscales de Occidente. El Imperio perdió sus provincias más productivas justo cuando más dinero necesitaba para defenderse.

Mientras tanto, la ciudad eterna vivió dos humillaciones que parecían impensables. En el año 410, los visigodos de Alarico saquearon Roma durante tres días; la ciudad no caía ante un enemigo desde hacía ocho siglos, y la conmoción fue tal que san Agustín escribió La Ciudad de Dios en parte para responder a quienes culpaban del desastre al abandono de los viejos dioses. En 455, los vándalos de Genserico repitieron el saqueo, esta vez con dos semanas de calma y minuciosidad. Entre ambas fechas, el Imperio solo se sostuvo gracias a generales de origen bárbaro como Estilicón o Aecio, el vencedor de Atila en los Campos Cataláunicos en 451. Cuando el emperador Valentiniano III asesinó a Aecio con su propia mano, un cortesano resumió la situación con una frase célebre: el emperador se había cortado la mano derecha con la izquierda.

Saqueo de Roma (410)
El saqueo de Roma por los visigodos de Alarico en el año 410 conmocionó al mundo antiguo

¿Quién fue el último emperador romano?

El último emperador de Occidente fue Rómulo Augústulo, un muchacho de unos quince años que reinó apenas diez meses, entre el 475 y el 476. Ni siquiera gobernaba de verdad: lo había colocado en el trono su padre, el general Orestes, tras expulsar de Rávena al emperador legítimo, Julio Nepote. La historia le reservó un nombre cargado de ironía: Rómulo, como el fundador legendario de la ciudad, y Augústulo, un diminutivo burlón de Augusto, el primer emperador. El primer Rómulo fundó Roma; el último, un «Augusto pequeñito», la cerró.

Su final fue sorprendentemente amable. Cuando las tropas germánicas de Italia se rebelaron porque Orestes les negó las tierras prometidas, Odoacro mató al padre pero perdonó al hijo. Conmovido, según las crónicas, por su juventud, le asignó una pensión anual y lo envió a vivir a una villa de la Campania, donde se pierde su rastro. El hombre cuyo derrocamiento marca el final de la Roma antigua no murió en una batalla ni en un calabozo, sino, con toda probabilidad, de viejo y en la cama.

Rómulo Augústulo
Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente, símbolo de un final ya consumado

¿Por qué sobrevivió el Imperio de Oriente?

Aquí está el matiz que los titulares suelen olvidar: en 476 solo cayó la mitad occidental. La otra mitad, con capital en Constantinopla, siguió funcionando con total normalidad durante casi mil años más, hasta la caída de la ciudad ante los turcos otomanos en 1453. Sus habitantes jamás se llamaron a sí mismos «bizantinos»; se llamaron romanos hasta el último día, como contamos en la historia de Bizancio, el imperio que sobrevivió mil años a la muerte de Roma.

¿Por qué aguantó Oriente lo que Occidente no pudo? Por una combinación de geografía y dinero. Constantinopla era casi inexpugnable gracias a sus murallas teodosianas y a su posición entre dos mares, y controlaba las provincias más ricas del Mediterráneo, lo que le permitía pagar ejércitos, sobornar enemigos o redirigirlos hacia Occidente. Sus fronteras terrestres eran más cortas y defendibles, sus ciudades más pobladas y su recaudación mucho más sólida. De hecho, Oriente llegó a sentirse tan fuerte que en el siglo VI intentó revertir la historia: Justiniano, el emperador que soñó con reconstruir el Imperio romano, reconquistó Italia, el norte de África y parte de Hispania, aunque su sueño duró poco más que su reinado.

¿Caída o transformación? El debate que sigue abierto

Para muchos habitantes del antiguo Imperio, el 476 cambió poco. El senado romano siguió reuniéndose. Teodorico, el rey ostrogodo que gobernó Italia poco después, conservó la administración, el derecho y el latín, y se veía a sí mismo como continuador de Roma, no como su verdugo. La Iglesia católica absorbió buena parte de la estructura imperial, desde su lengua hasta su organización territorial. Y la idea de Roma resultó tan poderosa que siguió resucitando durante siglos: en el año 800 Carlomagno se coronó «emperador de los romanos», inaugurando la tradición que acabaría en el Sacro Imperio Romano Germánico, que ni era sacro, ni romano, ni imperio, pero duró mil años más.

Otros historiadores, en cambio, insisten en que sí hubo una catástrofe real y medible. En amplias zonas de Occidente el comercio a larga distancia se hundió, la calidad de la cerámica y la moneda retrocedió siglos, la alfabetización cayó y las ciudades se despoblaron. Para la gente corriente, pasar de un mundo con acueductos, mercados y caminos seguros a otro más pobre e inseguro fue un empobrecimiento genuino. Desde que Edward Gibbon culpara en el siglo XVIII al cristianismo y a la decadencia moral, la discusión entre «transformación» y «colapso» no ha dejado de reavivarse, como muestra la síntesis de la Enciclopedia de la Historia Mundial. E incluso ha saltado de la academia a internet: de ahí viene el famoso lema de «Roma nunca hubiera caído», que juega con la fantasía de un imperio eterno.

Conclusión

La caída del Imperio romano tiene fecha oficial, el año 476, pero no tuvo un solo culpable ni un solo día decisivo. Fue la suma de una economía exhausta, unas fronteras desbordadas, una clase dirigente que se devoraba a sí misma y un ejército que ya no era romano ni de nombre. Ninguno de esos males, por separado, habría acabado con Roma; todos juntos fueron demasiado.

Quizá esa sea la verdadera lección, y el motivo de que sigamos hablando de ella dieciséis siglos después. Los grandes sistemas rara vez caen por un golpe espectacular: se van debilitando poco a poco, superando crisis que parecían mortales, hasta que una más resulta ser la última. Roma no cayó el día en que un adolescente entregó sus insignias, sino a lo largo de generaciones de tensiones acumuladas. Por eso su final se parece menos a un rayo y más a un lento atardecer, de esos que nadie sabe señalar en qué minuto exacto terminaron.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.