Constantino XI: el último emperador romano que murió luchando en la muralla

Constantino XI: el último emperador romano que murió luchando en la muralla

La madrugada del 29 de mayo de 1453, cuando los jenízaros ya inundaban las calles de Constantinopla, un hombre se arrancó las insignias imperiales, desenvainó la espada y se lanzó contra la marea de atacantes. Nadie volvió a verlo con vida. Así desapareció Constantino XI Paleólogo, el último eslabón de una cadena de emperadores que se remontaba, sin interrupción formal, hasta el Augusto de la antigua Roma.

Su historia parece escrita para la tragedia. Heredó un imperio que ya no era un imperio, sino una ciudad medio vacía rodeada de enemigos por todas partes. Sabía que no podía ganar, recibió ofertas para salvar la vida y las rechazó todas. Cuando la muralla se vino abajo, eligió morir peleando como lo que era: el último césar de Roma.

Pero los pueblos no dejan morir a sus héroes. Los griegos contaron durante siglos que un ángel lo rescató en el último instante y lo convirtió en piedra, y que el emperador petrificado duerme bajo la Puerta Dorada esperando el día de regresar. Entre el hecho y la leyenda se despliega una de las vidas más conmovedoras de la historia.

Constantino XI Paleólogo (1404-1453) fue el último emperador bizantino. Gobernó desde 1449 un imperio reducido casi a la ciudad de Constantinopla, se negó a rendirse ante el sultán Mehmed II y murió luchando en la muralla el 29 de mayo de 1453, el día de la caída de Constantinopla ante los otomanos.

Un imperio reducido a una sola ciudad

Para entender a Constantino hay que entender lo que quedaba de su herencia. Bizancio había sido el imperio que sobrevivió mil años a la muerte de Roma, una superpotencia que dominó el Mediterráneo oriental con su moneda de oro, su diplomacia y sus murallas. Pero la decadencia venía de lejos. La derrota de Manzikert en 1071 abrió Anatolia a los turcos, y el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada en 1204 destrozó el corazón del Estado. Aunque los Paleólogos recuperaron la capital en 1261, el imperio ya nunca volvió a ser más que una sombra.

A mediados del siglo XV, aquella sombra resultaba casi ridícula sobre el mapa. El Imperio bizantino se limitaba a Constantinopla con su entorno inmediato y al despotado de Morea, en el sur de Grecia. La capital, que en tiempos de Justiniano pudo rondar el medio millón de habitantes, apenas albergaba unas 50.000 personas dispersas entre campos, huertos y ruinas dentro del perímetro de las murallas. Los sultanes otomanos gobernaban ya casi todos los Balcanes y Anatolia, y la ciudad imperial era un islote cristiano en medio de un mar turco. El emperador pagaba tributo al sultán y sobrevivía gracias a las rivalidades entre sus vecinos.

Una coronación sin ceremonia en Mistra

Constantino nació en Constantinopla el 8 de febrero de 1404, uno de los diez hijos del emperador Manuel II Paleólogo y de la princesa serbia Elena Dragas. No estaba destinado al trono, y su formación fue más práctica que libresca: mientras su hermano Juan VIII reinaba en la capital, Constantino se labró una reputación de soldado enérgico como déspota de Morea, con corte en la ciudad de Mistra. Allí arrebató Patras a los latinos en 1429, reconstruyó el muro del Hexamilion en el istmo de Corinto y llegó a lanzar campañas por Grecia central, hasta que el sultán Murad II arrasó sus defensas en 1446 y lo obligó a volver a la condición de vasallo.

Cuando Juan VIII murió sin hijos el 31 de octubre de 1448, Constantino era el heredero natural. Su proclamación, sin embargo, dice mucho del estado del imperio: fue investido el 6 de enero de 1449 en Mistra, en una ceremonia civil y casi doméstica, sin la coronación religiosa que la tradición exigía celebrar en Santa Sofía. La razón era el veneno político del momento, la unión de las Iglesias ortodoxa y católica firmada en Florencia en 1439, que el patriarcado unionista defendía y buena parte del clero y del pueblo aborrecía. Coronarse de manos de un patriarca unionista habría incendiado la ciudad. Constantino, que era unionista pragmático porque necesitaba la ayuda occidental, prefirió no forzar la situación, y viajó a su capital en una nave catalana. Fue el único emperador Paleólogo que nunca llegó a coronarse en Santa Sofía.

Mehmed II, los cañones de Urbán y la cadena del Cuerno de Oro

Retrato del sultán otomano Mehmed II pintado por Gentile Bellini en 1480
Mehmed II, el conquistador de Constantinopla, retratado por Gentile Bellini en 1480. (Gentile Bellini, dominio público, vía Wikimedia Commons)

En 1451 subió al trono otomano Mehmed II, un joven de 19 años al que muchos en Europa subestimaron. Fue un error fatal. Mehmed tenía una obsesión, tomar Constantinopla, y la preparó con una minuciosidad implacable. En 1452 levantó en la orilla europea del Bósforo la fortaleza de Rumeli Hisari, apodada la Cortadora de Gargantas, que cerraba el estrecho y aislaba la ciudad del mar Negro. Cuando Constantino protestó, el sultán respondió ejecutando a sus embajadores. La guerra estaba declarada.

Entonces entró en escena un personaje decisivo: Urbán, un ingeniero húngaro especialista en artillería. Primero ofreció sus servicios al emperador, pero Constantino no podía pagarle ni proporcionarle materiales. Urbán se marchó al campamento de Mehmed, que le dio todo lo que pidió, y fundió para él una bombarda gigantesca, de más de ocho metros de largo, capaz de lanzar bolas de piedra de unos 500 kilos. Sesenta bueyes la arrastraron desde Adrianópolis. Por primera vez en mil años, las murallas teodosianas, el sistema defensivo más famoso del mundo medieval, se enfrentaban a un arma capaz de derribarlas.

El asedio comenzó el 6 de abril de 1453. Frente a un ejército otomano de unos 80.000 hombres, Constantino reunió apenas 7.000 u 8.000 defensores, entre ellos unos 700 genoveses mandados por el capitán Giovanni Giustiniani. La entrada del Cuerno de Oro estaba protegida por una enorme cadena flotante que impedía el paso de la flota enemiga. Mehmed respondió con una jugada legendaria: la noche del 22 de abril hizo transportar decenas de naves por tierra, sobre troncos engrasados, salvando la colina de Gálata, y las botó dentro del Cuerno de Oro. La ciudad quedó cercada también por su costado más débil.

¿Cómo murió Constantino XI, el último emperador bizantino?

Antes del asalto final, Mehmed ofreció condiciones: si Constantino entregaba la ciudad, respetaría la vida de los habitantes y le permitiría retirarse a gobernar Morea. La respuesta del emperador, recogida por las crónicas, es su testamento moral: entregar la ciudad no dependía de él ni de ninguno de sus habitantes, porque todos habían decidido morir antes que rendirla. No era retórica. Constantino llevaba semanas combatiendo en la muralla, comiendo con los soldados y recorriendo las defensas cada noche.

La tarde del 28 de mayo, griegos y latinos celebraron juntos en Santa Sofía una última liturgia, olvidando por unas horas el cisma que los separaba. En la madrugada del 29, Mehmed lanzó el asalto definitivo en tres oleadas sucesivas contra el sector del río Lico, el más castigado por la artillería. Las dos primeras fueron rechazadas. En plena tercera oleada, la de los jenízaros, una herida obligó a evacuar a Giustiniani, y su marcha desmoralizó a los defensores. Casi al mismo tiempo, los atacantes encontraron abierta una pequeña poterna, la Kerkoporta, e izaron estandartes otomanos en las torres. El pánico hizo el resto.

Miniatura medieval francesa que representa el asedio otomano de Constantinopla en 1453
El asedio de Constantinopla en una miniatura francesa de hacia 1455. (Dominio público, vía Wikimedia Commons)

Según los cronistas, al ver la ciudad perdida Constantino gritó que la ciudad había caído y él seguía vivo, se despojó de las insignias imperiales para morir como un soldado más y se lanzó a la brecha cerca de la puerta de San Romano. Nunca se encontró su cuerpo con certeza. Se habló de un cadáver identificado por unas botas púrpuras bordadas con águilas, pero ni las fuentes griegas ni las turcas coinciden, y su tumba sigue siendo un misterio. En la caída de Constantinopla murieron el último emperador y, con él, los últimos restos políticos del Imperio romano, casi 1.500 años después de Augusto.

La leyenda del emperador de mármol

La desaparición del cuerpo alimentó de inmediato el mito. Entre los griegos sometidos al dominio otomano se difundió la leyenda del emperador de mármol, el Marmaromenos Vasilias: en el momento en que los turcos iban a alcanzarlo, un ángel arrebató a Constantino, lo convirtió en mármol y lo escondió en una cueva secreta junto a la Puerta Dorada, la entrada triunfal de los emperadores. Allí duerme desde entonces, y cuando Dios lo disponga despertará, recuperará su espada y expulsará a los conquistadores hasta el legendario árbol de la manzana roja.

Pintura del siglo XIX con la entrada triunfal de Mehmed II en Constantinopla conquistada
La entrada de Mehmed II en Constantinopla, óleo de Benjamin-Constant de 1876. (Jean-Joseph Benjamin-Constant, dominio público, vía Wikimedia Commons)

Conviene distinguir aquí el hecho de la leyenda: no existe prueba alguna de la supervivencia del emperador, y los historiadores dan por segura su muerte el 29 de mayo de 1453. Pero el mito tuvo una vida política extraordinaria. Durante casi cuatro siglos de dominio otomano, el emperador dormido funcionó como promesa de resurrección nacional, y en el siglo XIX se fundió con la Gran Idea, el sueño griego de recuperar Constantinopla. Todavía hoy Constantino es venerado por muchos ortodoxos como un héroe casi santo, aunque la Iglesia nunca lo ha canonizado formalmente, en parte por su compromiso con la unión con Roma.

Conclusión

Constantino XI no fue un gran conquistador ni un reformador genial. La historia no le dio tiempo ni medios para serlo. Su grandeza es de otro tipo: la de quien recibe una causa perdida y decide estar a su altura. Especular con qué habría pasado si Constantinopla no hubiera caído en 1453 es un ejercicio fascinante, pero el emperador real no tuvo esa alternativa, y eligió lo único que estaba en su mano: cómo caer. Murió en la brecha, sin corona ceremonial, sin tumba conocida y sin descendencia, y precisamente por eso su figura sigue viva. A los imperios los entierran los siglos; a los hombres que mueren de pie los guarda la memoria, aunque sea convertidos en mármol.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.