Es difícil imaginar una escena más surrealista. En septiembre de 1976, un avión procedente de El Cairo aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, a las afueras de París, y fue recibido en la pista con honores militares. Dentro no viajaba un jefe de Estado en activo ni un dignatario extranjero de visita oficial, sino el cuerpo momificado de un hombre que llevaba muerto más de tres mil años. Se trataba de Ramsés II, uno de los faraones más poderosos del Antiguo Egipto. Y para poder entrar legalmente en Francia, aquel rey del Bronce tardío había tenido que hacer algo que ningún escriba del Nilo habría podido imaginar jamás: obtener un pasaporte.
La historia suena a leyenda urbana, pero está razonablemente documentada y tiene una explicación de lo más lógica. Cuando algo cruza una frontera internacional, necesita papeles. Y las autoridades egipcias, que enviaban a Francia a su faraón más ilustre por un motivo de fuerza mayor, no quisieron correr el menor riesgo con la burocracia.
Quién fue Ramsés II
Para entender por qué su cuerpo mereció semejante despliegue conviene recordar quién fue este personaje. Ramsés II, llamado también Ramsés el Grande, gobernó Egipto durante la dinastía XIX, aproximadamente entre 1279 y 1213 antes de nuestra era. Su reinado se prolongó unos sesenta y seis años, una barbaridad para la época, y se calcula que murió con más de noventa años, habiendo sobrevivido a varios de sus propios herederos.
Durante ese tiempo levantó algunos de los monumentos más colosales que se conservan del mundo antiguo: los templos de Abu Simbel, excavados en la roca; la gran sala hipóstila de Karnak; su templo funerario, el Ramesseum; y una nueva capital, Pi-Ramsés, en el delta del Nilo. También libró la célebre batalla de Qadesh contra los hititas y, años después, firmó con ellos uno de los primeros tratados de paz de la historia del que se conserva el texto. Para los egipcios posteriores fue el modelo de faraón, hasta el punto de que otros nueve reyes adoptaron su nombre. No es de extrañar que, milenios después, Egipto tratara su momia como a un rey vivo.
Un escondite para salvar a los reyes
El cuerpo de Ramsés II no llegó hasta nosotros por casualidad. Como tantas tumbas del Valle de los Reyes, la suya fue saqueada en la Antigüedad. Ante el continuo pillaje, los sacerdotes de la dinastía XXI tomaron una decisión extraordinaria: reunir en secreto las momias de los grandes faraones y esconderlas juntas para protegerlas. Trasladaron sus cuerpos de un lado a otro y finalmente los ocultaron en un pozo excavado en los acantilados de Deir el-Bahari, cerca de la actual Luxor.

Allí permanecieron ocultos casi tres mil años, hasta que a finales del siglo XIX una familia local descubrió el escondite y empezó a vender discretamente objetos en el mercado de antigüedades. Las autoridades egipcias siguieron la pista de aquellas piezas y en 1881 dieron con el pozo. Dentro esperaba un tesoro sin igual: decenas de momias reales, entre ellas las de Seti I, Tutmosis III y el propio Ramsés II, cuidadosamente etiquetadas por los antiguos sacerdotes. El gran faraón fue trasladado a El Cairo, donde acabó expuesto en el museo.
El hongo que amenazó al rey
Y así habría seguido, tras una vitrina, de no ser porque a mediados de los años setenta del siglo XX los conservadores detectaron un problema alarmante: la momia se estaba deteriorando a ojos vista. Un hongo había colonizado los tejidos y amenazaba con destruir en pocas décadas lo que había resistido tres milenios. Egipto no disponía entonces de los medios técnicos para frenar aquel ataque biológico, así que se tomó una decisión insólita: enviar al faraón a Francia, donde un equipo de especialistas se encargaría de estudiarlo y salvarlo.
El problema es que trasladar un cuerpo, por antiguo que sea, a través de fronteras internacionales no es un asunto trivial. La normativa francesa exigía que toda persona que entrara en el país, viva o muerta, dispusiera de documentación en regla. La solución fue tan pragmática como memorable: el Gobierno egipcio expidió a Ramsés II un pasaporte moderno. En la casilla de profesión, según se ha contado numerosas veces, figuraba una descripción difícil de superar: «Rey (fallecido)».
Recibido como un rey
Cuando el avión aterrizó en París, la momia fue recibida con los honores que Francia reserva a un monarca o a un jefe de Estado. La imagen de soldados cuadrándose ante un sarcófago de tres mil años tiene algo profundamente poético: el protocolo diplomático, ese lenguaje frío y reglado, reconociendo la realeza de un hombre que había gobernado el mundo conocido cuando aún no existían ni Roma ni Atenas.
En los laboratorios franceses, un amplio equipo de científicos se puso manos a la obra. El objetivo inmediato era detener el hongo, pero la ocasión era irrepetible para estudiar el cuerpo con las técnicas más avanzadas del momento. Durante meses, decenas de especialistas de distintas disciplinas examinaron al faraón con un detalle que ningún egipcio antiguo habría soñado.
Lo que revelaron los análisis
Los resultados fueron fascinantes. Para eliminar el hongo y los posibles insectos, la momia fue sometida a un tratamiento con radiación que esterilizó los tejidos sin dañarlos. El análisis de los restos permitió reconstruir buena parte de la vida y la vejez del rey. Se confirmó que había alcanzado una edad muy avanzada y que padecía una artritis severa, además de graves problemas dentales y una arteriosclerosis avanzada. En vida, aquel dios viviente debió de moverse con dolor y encorvado.
Uno de los hallazgos más comentados tuvo que ver con su cabello. Los estudios detectaron restos de pigmentación rojiza, lo que sugiere que Ramsés II pudo ser pelirrojo, un rasgo que algunos investigadores relacionaron con el culto al dios Set. También se documentaron los materiales empleados en la momificación, incluidos granos de pimienta introducidos en la nariz para mantener su forma, un detalle que habla del cuidado extremo con que fue tratado su cuerpo hace tres mil años.

El regreso a casa
Una vez saneada y estudiada, la momia emprendió el viaje de vuelta a Egipto en 1977, ya libre de la amenaza que había motivado la expedición. Durante años continuó en El Cairo, y en 2021 protagonizó un último traslado espectacular: el llamado Desfile Dorado de los Faraones, en el que veintidós momias reales cruzaron la ciudad en vehículos especialmente diseñados hasta su nueva sede, el Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Una vez más, Ramsés II recorría las calles aclamado por multitudes, como en sus tiempos de esplendor.
La historia del pasaporte se ha repetido tantas veces que a menudo se le añaden detalles novelescos, y conviene tomar algunos con cautela. Pero el núcleo del relato es cierto: un faraón muerto hacía tres mil años necesitó papeles para volar a París y los obtuvo. Es una de esas anécdotas que resumen a la perfección el encuentro entre dos mundos: el de la burocracia contemporánea, incapaz de aceptar a nadie sin su documento correspondiente, y el de una civilización que creía firmemente que sus reyes, bien conservados, podían seguir viajando para siempre. Al final, ambos coincidieron en lo esencial: Ramsés II seguía siendo un rey y merecía ser tratado como tal.
