Ninguna civilización antigua duró tanto ni fascina todavía a tanta gente como la egipcia. Entre el primer rey que unificó el valle del Nilo y la reina que lo perdió todo frente a Roma transcurrieron unos tres mil años, más tiempo del que nos separa hoy de Homero. Para hacerse una idea del abismo: Cleopatra vivió más cerca de la llegada del hombre a la Luna que de la construcción de la Gran Pirámide.
En ese océano de siglos reinaron más de trescientos monarcas repartidos en una treintena de dinastías de Egipto. La mayoría son hoy poco más que nombres grabados en una lista real. Pero unos pocos cambiaron el rumbo de su país, y algunos el de la historia entera. Este artículo recorre los faraones de Egipto realmente decisivos, diez reinados que explican cómo nació, brilló y se apagó la civilización del Nilo.
La pregunta de fondo es qué hacía grande a un faraón. ¿Conquistar territorios? ¿Levantar monumentos? ¿Sobrevivir en la memoria de los hombres? Cada uno de estos personajes respondió a su manera, y todos juntos dibujan el retrato de la monarquía más duradera que ha conocido el mundo.
Los faraones de Egipto más importantes fueron Narmer, Zoser, Keops, Mentuhotep II, Hatshepsut, Tutmosis III, Akenatón, Tutankamón, Ramsés II y Cleopatra VII: diez reinados que resumen tres milenios de historia, desde la unificación del valle del Nilo y las grandes pirámides hasta el imperio, la revolución religiosa y el final ante Roma.
Narmer y la unificación de las Dos Tierras
Hacia el año 3100 a. C. el valle del Nilo estaba partido en dos reinos: el Alto Egipto, en el sur angosto del río, y el Bajo Egipto, en el delta abierto al Mediterráneo. Narmer, un rey del sur, los fundió en un solo estado, y con ello creó la entidad política más antigua de la historia que aún podemos reconocer en un mapa.
Lo sabemos gracias a un objeto extraordinario: la Paleta de Narmer, hallada en Hieracómpolis en 1898. En una cara el rey luce la corona blanca del sur mientras somete a un enemigo; en la otra desfila con la corona roja del norte. Es la primera vez que un mismo soberano aparece con ambas coronas, y por eso los egiptólogos lo consideran el fundador de la primera de las dinastías de Egipto. La tradición posterior lo recordó con el nombre de Menes y le atribuyó la fundación de Menfis, aunque los especialistas todavía discuten si Menes fue el propio Narmer o su sucesor Aha. Sea como fuere, el modelo que inauguró, un rey divino que garantizaba el orden del cosmos, iba a durar tres mil años.
De Zoser a Keops: los faraones de Egipto que levantaron montañas
Unos 450 años después de Narmer, el faraón Zoser hizo algo que nadie había intentado: construir para la eternidad en piedra. Su arquitecto Imhotep apiló seis plataformas decrecientes en Saqqara y creó la pirámide escalonada, el primer gran edificio de piedra tallada del mundo, de unos 60 metros de altura. Imhotep fue tan admirado que, siglos más tarde, los propios egipcios lo divinizaron como patrón de la sabiduría y la medicina, un honor rarísimo para alguien que no había nacido rey.

La cima de esa carrera llegó con Keops, hacia el 2570 a. C. Su Gran Pirámide de Guiza alcanzó los 146 metros y sumó unos 2,3 millones de bloques: fue la construcción más alta del planeta durante casi cuatro mil años y es la única de las siete maravillas del mundo antiguo que sigue en pie. Heródoto pintó a Keops como un tirano que esclavizó a su pueblo, pero la arqueología ha desmentido la leyenda: los poblados de obreros hallados junto a Guiza muestran trabajadores organizados, alimentados y atendidos. Quien quiera el detalle puede leer cómo se construyeron de verdad las pirámides. La grandeza de Keops no fue conquistar nada: fue movilizar un país entero alrededor de una idea.
Hatshepsut y Tutmosis III: la edad del imperio
El Reino Antiguo acabó derrumbándose entre hambrunas y gobernadores rebeldes, y fue Mentuhotep II quien, hacia el 2050 a. C., volvió a coser las Dos Tierras e inauguró el Reino Medio. Su reunificación, menos famosa que la de Narmer, demostró algo esencial: Egipto podía romperse y renacer. Pero la hora imperial llegó con el Reino Nuevo, a partir del 1550 a. C., cuando los faraones dejaron de conformarse con el valle del Nilo.
Hatshepsut, que reinó aproximadamente entre 1479 y 1458 a. C., empezó como regente de su joven sobrino e hijastro y terminó coronándose con todos los títulos reales, barba ceremonial incluida. Prefirió el comercio a la guerra, envió una célebre expedición al país de Punt y levantó en Deir el-Bahari uno de los templos más elegantes de Egipto. Su figura, una mujer ejerciendo como faraón durante dos décadas de prosperidad, merece por sí sola un capítulo aparte.
A su muerte, aquel sobrino se reveló como el mayor conquistador egipcio. Tutmosis III dirigió unas diecisiete campañas militares y en Meguido, hacia 1457 a. C., sorprendió al enemigo cruzando un desfiladero que todos consideraban impracticable. Bajo su mando el imperio se estiró desde el Éufrates hasta la cuarta catarata del Nilo, y el egiptólogo James Henry Breasted lo apodó con razón el Napoleón de Egipto. Años después alguien mandó borrar las imágenes de Hatshepsut de sus monumentos; hoy se piensa que no fue venganza personal sino un frío cálculo sucesorio, pues el borrado comenzó décadas más tarde.
¿Por qué Akenatón fue el faraón más revolucionario?
Ningún faraón se atrevió a tanto como Amenhotep IV. Hacia 1350 a. C. este rey cambió su nombre por el de Akenatón, proclamó que el disco solar Atón era el dios supremo, cerró el grifo a los poderosos templos de Amón y fundó una capital nueva en pleno desierto, Ajetatón, la actual Amarna. Junto a su esposa Nefertiti protagonizó además una revolución artística: por primera vez el faraón se dejó retratar con rasgos extraños y escenas domésticas, jugando con sus hijas bajo los rayos del sol.

Los historiadores debaten si aquello fue un monoteísmo estricto o un culto exclusivo que toleraba a los demás dioses en segundo plano, pero fue, en cualquier caso, el primer intento documentado de la historia de imponer un dios único. Duró lo que duró su autor. A su muerte, hacia 1336 a. C., la corte regresó a Amón, Amarna quedó abandonada y las listas reales posteriores borraron su nombre como si nunca hubiera reinado. La religión tradicional egipcia, cuyo universo de dioses puede explorarse en el artículo sobre Ra, Osiris y Anubis, había ganado la partida.
Tutankamón y Ramsés II: la fama y la gloria
El hijo de aquel hereje reinó apenas una década y murió hacia 1323 a. C., con unos diecinueve años, por causas que los estudios forenses siguen debatiendo. Tutankamón fue un faraón menor que se limitó a restaurar el culto de Amón. Y sin embargo hoy es el más famoso de todos, porque en 1922 Howard Carter encontró su tumba casi intacta, con más de cinco mil objetos y la máscara de oro más reproducida del planeta. Su caso demuestra que, en la lotería de la memoria, a veces gana el reinado más breve.
Ramsés II jugó en la categoría contraria: la de la gloria fabricada a conciencia. Reinó 66 años, de 1279 a 1213 a. C., libró contra los hititas la batalla de Kadesh, que terminó en tablas pero que él vendió en todos sus templos como una victoria personal, y firmó después el primer tratado de paz internacional que se conserva. Cubrió Egipto de colosos con su rostro, excavó Abu Simbel en un acantilado de Nubia y llegó a ser adorado como un dios en vida. Su historia completa, la de el faraón que reinó 66 años y acabó convertido en dios, resume mejor que ninguna otra el arte egipcio de la propaganda monumental.

Cleopatra y el final de tres mil años
La última soberana de Egipto ni siquiera era de sangre egipcia. Cleopatra VII, nacida en el 69 a. C., descendía de Ptolomeo, un general macedonio de Alejandro Magno, y según Plutarco fue la primera de su dinastía que se molestó en aprender la lengua del país. Culta, políglota y de una inteligencia política formidable, entendió que Egipto ya no podía vencer a Roma, pero sí negociar con ella desde dentro, y para eso se alió sucesivamente con Julio César y con Marco Antonio.
La apuesta se hundió en el 31 a. C. en la batalla naval de Accio, y un año después Cleopatra se quitó la vida antes que desfilar encadenada en el triunfo de Octavio. Egipto se convirtió en provincia romana y tres milenios de faraones terminaron en el camarote de una flota derrotada. Aun así, pocas figuras han demostrado tanto talento para jugar mano tras mano con las peores cartas: la historia de la última faraona que sentó a Roma a jugar en su tablero es cualquier cosa menos la de una simple seductora.
Conclusión
¿Qué hacía grande a un faraón? Los egipcios tenían una respuesta precisa: mantener la maat, el orden del mundo, frente al caos siempre al acecho. Narmer lo fundó, Zoser y Keops lo hicieron piedra, Mentuhotep lo recompuso, Hatshepsut y Tutmosis lo expandieron, Akenatón intentó reinventarlo, Ramsés lo convirtió en espectáculo y Cleopatra lo defendió hasta el último aliento. Diez maneras distintas de ejercer el mismo oficio imposible: ser un dios con problemas de humanos.
Hay algo más. Los egipcios creían que un difunto seguía vivo mientras alguien pronunciara su nombre. Visto así, estos diez reinados lograron exactamente lo que buscaban: cinco mil años después de la Paleta de Narmer, todavía decimos sus nombres. Puede que no exista una definición más exacta de la inmortalidad.
