Izquierda o derecha: por qué el mundo nunca se puso de acuerdo para conducir

Izquierda o derecha: por qué el mundo nunca se puso de acuerdo para conducir

Sube a un coche en Madrid, en París o en Nueva York y conducirás por el lado derecho de la carretera. Hazlo en Londres, en Tokio o en Sídney y tendrás que circular por la izquierda, con el volante al otro lado y los giros invertidos. Para un viajero desprevenido, cruzar esa frontera invisible puede ser desconcertante e incluso peligroso. ¿Por qué el mundo no logró ponerse de acuerdo en algo tan básico como el lado por el que se circula? La respuesta es un viaje fascinante por la historia de los caballos, las espadas, los grandes carros y la política.

Un mundo partido por una línea invisible

Hoy, alrededor de dos tercios de la población mundial conduce por la derecha y el tercio restante lo hace por la izquierda. Los países que circulan por la izquierda suman varias decenas de territorios, entre ellos el Reino Unido, Irlanda, Japón, la India, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y buena parte del sudeste asiático y de las antiguas colonias británicas. El resto del planeta, incluida casi toda la Europa continental, América y China, se mantiene firmemente en el lado derecho.

La diferencia no es solo una cuestión de por dónde ruedan los coches. Arrastra consigo el lado en el que se coloca el volante, el diseño de las autopistas, el sentido en el que se toman las rotondas e incluso pequeños detalles de la vida diaria, como por qué puerta se sube a un autobús. Detrás de esta división aparentemente arbitraria hay siglos de costumbres que se fueron fijando mucho antes de que existiera el primer automóvil.

Cuando casi todos íbamos por la izquierda

Puede sorprender, pero durante buena parte de la historia lo habitual fue circular por la izquierda. La explicación más aceptada tiene que ver con que la mayoría de las personas son diestras. Un jinete o un caminante armado prefería mantener su costado derecho, el de la mano que empuñaba la espada, orientado hacia quien venía de frente. Marchando por la izquierda del camino, tenía el brazo hábil libre para defenderse o para saludar a un desconocido, y la vaina de la espada, colgada a la izquierda, no chocaba con los que se cruzaban.

Había otra razón muy práctica, ligada de nuevo a los caballos. Los jinetes solían montar y desmontar por el lado izquierdo del animal, en parte para no estorbarse con la espada. Resultaba más cómodo y seguro hacerlo junto al borde del camino que en mitad del tránsito, lo que reforzaba la costumbre de mantenerse a la izquierda. Durante la Edad Media, este uso estaba tan extendido que llegó a recibir cierta sanción oficial, y algunos relatos aseguran que hasta el papado recomendaba a los peregrinos circular por ese lado.

Los indicios de esta preferencia son muy antiguos. En una cantera romana del sur de Britania, los arqueólogos observaron que las rodadas de salida, más profundas por el peso de la carga, estaban desgastadas de un modo que sugiere que los carros circulaban por la izquierda. Fuera como fuese, durante siglos la izquierda fue el lado natural para moverse por caminos estrechos, cuando el mayor peligro no era otro vehículo, sino un desconocido con malas intenciones.

La revolución de la derecha: grandes carros y postillones

El giro hacia la derecha empezó con un cambio en los propios vehículos. En países como Francia y, sobre todo, en los territorios que serían Estados Unidos, se popularizaron enormes carros de carga tirados por varias parejas de caballos. Muchos de ellos no tenían pescante, es decir, carecían de un asiento delantero para el conductor. En su lugar, el carretero cabalgaba sobre uno de los caballos traseros de la izquierda, para dejar libre su brazo derecho, con el que manejaba las riendas y el látigo sobre todo el tiro.

Sentado a la izquierda, el carretero quería asegurarse de que su vehículo no rozara con los que venían en sentido contrario. La forma de vigilar bien ese margen era mantenerse a la derecha del camino, de modo que los carros que se cruzaban quedaran a su izquierda, justo bajo su mirada. Poco a poco, allí donde estos grandes carros se impusieron, la circulación por la derecha se fue convirtiendo en la norma natural, primero por costumbre y luego por ley.

Napoleón y el mapa de Europa

A la costumbre se sumó pronto la política. Suele atribuirse a la Francia revolucionaria y a Napoleón Bonaparte un papel decisivo en la expansión de la circulación por la derecha en Europa. Según esta interpretación, muy repetida, la aristocracia solía desplazarse por la izquierda mientras que el pueblo llano lo hacía por la derecha; tras la Revolución, mantenerse a la derecha se cargó de un cierto sentido igualitario. Cuando los ejércitos napoleónicos recorrieron el continente, llevaron consigo esa práctica.

Así, los territorios que cayeron bajo la influencia francesa, como buena parte de Europa occidental y central, adoptaron la conducción por la derecha. En cambio, las naciones que resistieron a Napoleón o quedaron al margen de su imperio, con el Reino Unido a la cabeza, conservaron su tradicional circulación por la izquierda. Conviene tomar este relato con cierta prudencia, porque la realidad fue más gradual y desordenada, pero ilustra bien cómo las guerras y las fronteras acabaron dibujando también el sentido del tráfico.

Napoleón Bonaparte
A la expansión napoleónica se atribuye buena parte del triunfo de la circulación por la derecha en Europa

El Imperio británico exporta su lado

Mientras el continente se pasaba a la derecha, el Reino Unido no solo mantuvo la izquierda, sino que la formalizó por ley. Con el crecimiento del tráfico en Londres y en sus puentes, las autoridades británicas fueron dictando normas que fijaban la circulación por la izquierda, una costumbre que ya venía de la época de los carruajes de caballos. Lo que convirtió esa preferencia local en un fenómeno mundial fue el enorme alcance del Imperio británico.

Allá donde llegó el dominio británico, llegó también su forma de conducir. La India, Australia, Nueva Zelanda, gran parte de África oriental y meridional y numerosos territorios de Asia heredaron la circulación por la izquierda y la conservan todavía hoy. Japón, que nunca fue colonia británica, terminó adoptando también ese lado, en parte por influencia de los ferrocarriles construidos con ayuda británica en el siglo XIX. De este modo, cada imperio fue extendiendo su costumbre por medio mundo.

El día que Suecia cambió de lado

Cambiar el sentido de la circulación de un país entero es una operación colosal, pero se ha hecho. El caso más famoso es el de Suecia. Hasta 1967, los suecos conducían por la izquierda, pese a que casi todos sus vecinos continentales iban por la derecha y a que la mayoría de sus propios coches tenían el volante a la izquierda. Aquella incoherencia provocaba accidentes en las fronteras y complicaba el comercio.

La solución llegó de golpe. A las cinco de la madrugada del domingo 3 de septiembre de 1967, en la jornada que pasó a la historia como el Dagen H (por Högertrafik, «tráfico por la derecha»), todo el país cambió de lado de forma simultánea. Durante unos minutos, los vehículos se detuvieron, cruzaron con cuidado al carril contrario y reanudaron la marcha ya por la derecha. Pese al caos previsto, los primeros días registraron incluso menos accidentes de lo normal, porque todo el mundo conducía con extremo cuidado. Islandia repitió la maniobra un año después.

Por qué ya casi nadie quiere cambiar

Los cambios en sentido contrario también existen. En 2009, el pequeño Estado de Samoa pasó de la derecha a la izquierda para alinearse con Australia y Nueva Zelanda, de donde importaba coches usados más baratos. Pero estos casos son excepcionales, porque cambiar de lado se ha vuelto carísimo y complicado a medida que crece el número de vehículos, señales, semáforos y autopistas diseñados para un sentido concreto.

Esa permanencia explica también un detalle que todos hemos notado: el volante se coloca casi siempre en el lado opuesto al del sentido de circulación. En los países que conducen por la derecha, el volante va a la izquierda; en los que van por la izquierda, a la derecha. La razón es la visibilidad: situado hacia el centro de la calzada, el conductor domina mejor el carril contrario y puede adelantar con más seguridad. Es la misma lógica del viejo carretero que se sentaba a la izquierda de su tiro para vigilar a quien venía de frente.

Por eso, la vieja división entre la izquierda y la derecha parece condenada a perdurar. Lo que empezó como una cuestión de espadas, caballos y grandes carros quedó grabado en las leyes, en los coches y en el asfalto de cada país. Hoy, ese detalle que tanto despista a los viajeros es un curioso fósil viviente: cada vez que elegimos un carril, seguimos obedeciendo, sin saberlo, a costumbres nacidas hace siglos entre jinetes armados y carreteros con látigo.