Japón y su montaña de deuda: por qué debe más que nadie y no se hunde

Japón y su montaña de deuda: por qué debe más que nadie y no se hunde

La deuda más grande del mundo que no revienta

Hay una cifra que desconcierta a cualquiera que se asome a la economía japonesa: su deuda pública supera con holgura el doble de todo lo que el país produce en un año. En términos técnicos, ronda o rebasa el 250 por ciento del producto interior bruto, un nivel que dejaría a muchas naciones al borde de la bancarrota. Y, sin embargo, Japón no se hunde. Sigue siendo una de las mayores economías del planeta, su moneda funciona con normalidad y su Estado paga sus facturas sin sobresaltos. ¿Cómo es posible semejante paradoja?

La respuesta obliga a desmontar una idea muy extendida: la de que la deuda de un país funciona como la de una familia. No es así. Un Estado que emite su propia moneda, que se financia sobre todo en casa y que goza de la confianza de sus acreedores juega con reglas distintas. Japón es, precisamente, el caso de estudio que mejor ilustra esas reglas.

Cómo un país próspero acabó tan endeudado

Para entender la montaña de deuda hay que remontarse a finales de los años ochenta. Japón vivía entonces una euforia financiera descomunal: los precios del suelo y de la bolsa alcanzaron cotas irracionales, en lo que después se conocería como la burbuja económica japonesa. A principios de los noventa, la burbuja estalló. El valor de los activos se desplomó, los bancos quedaron cargados de deudas incobrables y la economía entró en un largo letargo que los historiadores bautizaron como la década perdida, y que en la práctica se prolongó mucho más.

Ante el estancamiento y una deflación persistente —una caída sostenida de los precios que paraliza el consumo y la inversión—, los sucesivos gobiernos recurrieron al gasto público para sostener la actividad: obras, infraestructuras, estímulos. Ese gasto, mantenido durante años y financiado con emisión de deuda, fue engrosando el pasivo del Estado. A ello se sumó un factor demográfico implacable: Japón envejece a gran velocidad, con cada vez más pensionistas y menos trabajadores, lo que dispara el gasto social y reduce los ingresos por impuestos.

La clave: quién es el dueño de esa deuda

Aquí está el secreto mejor guardado del enigma japonés. A diferencia de países que dependen de inversores extranjeros, la inmensa mayoría de la deuda japonesa está en manos de los propios japoneses: sus hogares, sus bancos, sus fondos de pensiones y, sobre todo, su banco central. Japón se debe dinero, en gran medida, a sí mismo.

Esto cambia por completo la dinámica del riesgo. Cuando la deuda está en manos nacionales, no existe el peligro de que unos acreedores extranjeros huyan en masa y provoquen una crisis de confianza repentina, como ocurrió en otros países. Los ahorradores japoneses, tradicionalmente muy prudentes y con una elevadísima tasa de ahorro, han financiado durante décadas a su propio Estado comprando sus bonos, considerados un refugio seguro incluso cuando apenas ofrecían rentabilidad.

Yen
Al emitir deuda en yenes, su propia moneda, Japón controla las palancas de su financiación

El otro gran tenedor es el Banco de Japón, el banco central del país. Durante años ha comprado cantidades ingentes de bonos del Estado como parte de su política monetaria, hasta convertirse en el mayor acreedor del propio Gobierno. En la práctica, una parte del Estado japonés le debe dinero a otra parte del Estado japonés, lo que atenúa aún más la presión de la deuda.

La ventaja de imprimir tu propia moneda

Un punto decisivo, a menudo olvidado, es que Japón se endeuda en su propia divisa, el yen. Esto es una diferencia enorme respecto a los países que se endeudan en moneda extranjera. Un Estado que emite deuda en la moneda que él mismo controla nunca puede verse forzado a un impago involuntario por falta de esa moneda: siempre puede, en última instancia, disponer de ella a través de su banco central.

Eso no significa que imprimir dinero sea gratis ni infinito —hacerlo sin control desataría inflación y hundiría la moneda—, pero sí elimina el tipo de crisis que sufren los países endeudados en divisa ajena. Durante buena parte de las últimas décadas, además, Japón tuvo el problema contrario al de la mayoría: no demasiada inflación, sino demasiado poca. Los precios se estancaban o caían, de modo que el banco central podía mantener los tipos de interés extraordinariamente bajos, incluso cercanos a cero, sin temor a recalentar la economía.

Y ahí reside la pieza final del rompecabezas: con tipos tan bajos, el coste de pagar los intereses de una deuda gigantesca resulta sorprendentemente manejable. No es lo mismo deber mucho y pagar intereses altos que deber mucho y pagar intereses ínfimos. Durante años, Japón vivió en el segundo escenario.

Abenomics y el pulso contra el estancamiento

En 2012, el primer ministro Shinzō Abe lanzó un ambicioso programa económico que la prensa apodó Abenomics. Se apoyaba en tres flechas: una política monetaria muy expansiva, con el banco central inyectando liquidez y comprando activos; un gasto público flexible para estimular la demanda; y reformas estructurales destinadas a mejorar la productividad y la participación laboral. El objetivo era sacar por fin al país de la deflación y reactivar el crecimiento.

Shinzō Abe
Shinzō Abe, impulsor del programa económico conocido como Abenomics

Los resultados fueron mixtos. La política logró alejar el fantasma de la deflación más grave y sostener la actividad, pero no resolvió los problemas de fondo: la deuda siguió creciendo y la demografía continuó pesando como una losa. Aun así, la experiencia confirmó algo importante: mientras la confianza en el Estado y en el yen se mantenga, un país con estas características puede sostener niveles de deuda que en otros lugares serían impensables.

¿Un modelo eterno o una cuerda floja?

Sería un error concluir que la deuda no importa nunca. El equilibrio japonés se sostiene sobre condiciones concretas: acreedores mayoritariamente nacionales y pacientes, una moneda propia y creíble, una población dispuesta a ahorrar y unos tipos de interés muy bajos. Si esas condiciones cambian —por ejemplo, si la inflación obliga a subir los tipos de forma sostenida—, el coste de los intereses podría dispararse y tensar las cuentas públicas. El envejecimiento, además, sigue reduciendo la base de ahorradores y contribuyentes que ha sostenido el sistema.

Por eso los economistas ven el caso japonés menos como una fórmula mágica que como un delicado acto de equilibrismo, sostenible mientras se mantenga la confianza y prudente mientras los tipos permanezcan bajos. Lo que el ejemplo demuestra con claridad es que la solvencia de un Estado no se mide con la misma vara que la de un hogar. Depende de quién posee la deuda, en qué moneda está denominada y cuánta credibilidad conserva quien la emite.

Japón, en definitiva, no desafía las leyes de la economía: las ilustra. Nos recuerda que las finanzas públicas son, ante todo, una cuestión de confianza, y que un país capaz de conservarla puede cargar sobre sus hombros una montaña que a otros los aplastaría. La verdadera pregunta no es tanto por qué no ha colapsado, sino durante cuánto tiempo podrá seguir manteniendo el difícil equilibrio que lo sostiene.