Suena a paradoja o a broma: ¿cómo se puede prohibir morir? La muerte no atiende a leyes ni a decretos, y ninguna autoridad puede impedir que un ser humano fallezca cuando le llega la hora. Y sin embargo, a lo largo de la historia han existido lugares donde, por motivos muy distintos, se prohibió oficialmente morir dentro de sus límites. Detrás de cada una de esas prohibiciones hay una historia curiosa que mezcla religión, política, geografía e incluso un poco de picardía burocrática.
Delos, la isla donde no se podía ni nacer ni morir
El caso más antiguo y célebre se remonta a la Antigua Grecia, a la pequeña isla de Delos, en el archipiélago de las Cícladas. Para los griegos, Delos era un lugar sagrado: según el mito, allí habían nacido los dioses Apolo y Artemisa, hijos de Zeus. Como cuna de divinidades, la isla se consideraba un espacio de pureza absoluta que no debía ser mancillado por nada impuro. Y en la mentalidad griega, dos de las cosas más impuras que existían eran, precisamente, el nacimiento y la muerte.

Por esa razón se decretó que en Delos no podía nacer ni morir nadie. Quien estuviera a punto de dar a luz o de fallecer debía ser trasladado a toda prisa a una isla vecina para que el hecho no ocurriera en suelo sagrado. La medida no era un simple gesto simbólico: se aplicó con rigor y llegó a incluir la retirada de tumbas ya existentes.
Las fuentes antiguas cuentan que los atenienses, que controlaban la isla, llevaron a cabo verdaderas «purificaciones» de Delos. En una de ellas ordenaron exhumar todos los restos enterrados y trasladarlos fuera de la isla, y a partir de entonces impusieron la norma de que nadie muriera ni naciera en ella. Detrás de aquella purificación había, además de motivos religiosos, intereses políticos: controlar el santuario más venerado de la región otorgaba un enorme prestigio, y presentarse como su guardián purificador reforzaba la posición de Atenas.
En realidad, Delos fue purificada más de una vez a lo largo de su historia. Una primera limpieza, siglos antes, se limitó a retirar las tumbas que quedaban a la vista desde el recinto sagrado. La purificación más drástica llegó durante la guerra del Peloponeso, en el siglo V a. C., cuando los atenienses vaciaron la isla de todos sus enterramientos y prohibieron que en adelante nadie naciera o muriera en ella. A partir de ese momento la norma se mantuvo como parte esencial del carácter sagrado del lugar, y Delos siguió siendo durante siglos un gran centro religioso y, más tarde, también un floreciente puerto comercial, sin dejar de estar teóricamente libre de nacimientos y muertes.
Cuando la geografía prohíbe la muerte: el Ártico
Si en Delos la prohibición nacía de la religión, en otros lugares es la propia naturaleza la que impone algo parecido. El ejemplo más citado es Longyearbyen, una pequeña población noruega situada en el archipiélago de Svalbard, en pleno Ártico, uno de los asentamientos permanentes más septentrionales del planeta.

Allí el problema no es teológico, sino físico. El suelo está permanentemente helado, el llamado permafrost, y a temperaturas tan bajas los cuerpos enterrados apenas se descomponen. Con el tiempo se comprobó que los restos sepultados se conservaban prácticamente intactos, y surgió la preocupación de que pudieran preservar también agentes infecciosos de enfermedades antiguas. Por motivos prácticos y sanitarios, hace décadas que en la zona no se realizan nuevos enterramientos ordinarios: quienes están gravemente enfermos o muy ancianos suelen ser trasladados a la Noruega continental para pasar allí sus últimos días.

De ahí nació la idea, repetida en todo el mundo, de que «está prohibido morir» en Longyearbyen. En sentido estricto es una exageración: nadie impide fallecer a quien la muerte alcanza de forma repentina. Lo que ocurre es que, por las condiciones del terreno, no se puede enterrar a los muertos como en cualquier otro sitio, y eso se ha convertido en una de las anécdotas más famosas del lugar.
Que aquellos temores no eran del todo infundados lo demostró un episodio real. En el pasado, equipos de investigadores acudieron a Svalbard con la esperanza de estudiar los cuerpos de personas fallecidas durante la gran pandemia de gripe de comienzos del siglo XX, confiando en que el permafrost hubiera conservado rastros del virus responsable. El caso ilustra hasta qué punto el hielo del Ártico funciona como una gigantesca nevera natural, capaz de guardar durante décadas lo que en cualquier otro sitio habría desaparecido hace mucho tiempo.
Prohibir la muerte como protesta
Existe una tercera categoría, quizá la más sorprendente, en la que la prohibición de morir no responde ni a la fe ni al clima, sino a un conflicto muy terrenal. En distintas localidades, sobre todo en tiempos recientes, algunas autoridades han llegado a promulgar decretos que prohíben a sus vecinos morir. El motivo, casi siempre, es el mismo: los cementerios están llenos y no hay dónde enterrar a nadie más.
Se trata, evidentemente, de gestos simbólicos y hasta humorísticos, una forma de protesta administrativa. En varios pueblos de Europa, alcaldes enfrentados a la saturación de sus camposantos, o bloqueados por trabas legales que les impedían ampliarlos o construir uno nuevo, firmaron bandos que ordenaban a los ciudadanos abstenerse de fallecer dentro del término municipal hasta que se resolviera el problema. Nadie esperaba, por supuesto, que la orden se cumpliera: era una manera de llamar la atención sobre una situación absurda y de presionar a las instancias superiores.
Los ejemplos se han repetido en distintos países. En Francia, más de un alcalde de pequeñas localidades ha recurrido a este tipo de bando al ver cómo la normativa le impedía ampliar un cementerio ya desbordado. En Italia y en otros lugares se han conocido casos parecidos, e incluso algún municipio ha llegado a incluir, medio en broma medio en serio, la prohibición de enfermar de gravedad, llevando la ocurrencia todavía más lejos. En todos ellos el mensaje de fondo era idéntico: no había sitio para más difuntos y las autoridades locales se sentían atrapadas entre la burocracia y la realidad más inevitable de todas.
Estos decretos, difundidos por la prensa, alcanzaron cierta fama internacional precisamente por lo insólito del planteamiento. Prohibir la muerte por ley es una imposibilidad práctica, pero como golpe de efecto funciona: pocas cosas resumen mejor la impotencia de una pequeña administración frente a la burocracia que un cartel ordenando a los vecinos, con toda seriedad aparente, que no se mueran.
Qué nos dicen estas prohibiciones imposibles
Vistas en conjunto, estas curiosas prohibiciones cuentan mucho sobre cómo las distintas sociedades se han relacionado con la muerte. En Delos, la muerte era una fuente de impureza que amenazaba la santidad de un lugar sagrado, y por eso se la desterró de la isla. En el Ártico, es la propia tierra congelada la que se niega a acoger a los muertos como en cualquier otra parte. Y en los pueblos que prohibieron morir por decreto, la muerte se convirtió en el símbolo perfecto de un problema muy práctico y muy humano: la falta de espacio para descansar.
Ninguna de estas prohibiciones cambió, ni podía cambiar, el hecho inevitable de que todos morimos. Pero todas revelan hasta qué punto la muerte no es solo un fenómeno biológico, sino también un asunto cultural, religioso, legal y hasta político. Alrededor de ella hemos construido normas, tabúes, rituales y símbolos que varían enormemente de una época a otra y de un lugar a otro.
Quizá esa sea la lección más interesante de estas historias. Prohibir la muerte es, por supuesto, imposible; pero el mero intento, ya sea en una isla sagrada de la Antigüedad, en un pueblo helado del Ártico o en un ayuntamiento con el cementerio lleno, nos habla de la eterna necesidad humana de poner orden, aunque sea imaginario, frente a lo único que ninguna ley podrá controlar jamás.
