El 18 de junio de 1815, en un campo embarrado a pocos kilómetros de Bruselas, se decidió el destino de Europa y el final de una de las carreras más asombrosas de la historia. Napoleón Bonaparte, que había dominado el continente durante más de una década, lo perdió todo en una sola jornada. Waterloo no fue una derrota causada por un único error garrafal, sino por una cadena de fallos que se fueron encadenando hora tras hora hasta hundir al mayor genio militar de su tiempo.
El águila vuelve a volar
En marzo de 1815, Napoleón protagonizó una de las fugas más audaces que se recuerdan. Desterrado en la pequeña isla de Elba tras su primera abdicación, desembarcó en el sur de Francia con apenas un puñado de fieles y, sin disparar un solo tiro, reconquistó el país. Los regimientos enviados a detenerlo se pasaron a su bando al ver de nuevo al «pequeño cabo». El 20 de marzo entró en París mientras el rey Luis XVIII huía. Comenzaban así los llamados Cien Días, el último acto del drama napoleónico.
Europa reaccionó con pánico. Las potencias reunidas en el Congreso de Viena declararon a Napoleón enemigo de la humanidad y movilizaron ejércitos gigantescos. El emperador sabía que no podía esperar: si dejaba que rusos, austriacos, prusianos y británicos se concentraran, sería aplastado por el peso de los números. Su única oportunidad era golpear primero, rápido y por separado. Eligió Bélgica, donde se concentraban dos ejércitos enemigos: el angloaliado del duque de Wellington y el prusiano del mariscal Blücher.

Un plan brillante que empezó a torcerse
La idea de Napoleón era sencilla y genial: introducir su ejército como una cuña entre Wellington y Blücher, impedir que se unieran y derrotarlos uno tras otro. El 16 de junio libró dos batallas simultáneas. En Ligny venció a los prusianos de Blücher y los obligó a retirarse; en Quatre Bras, el mariscal Ney contuvo a Wellington. Sobre el papel, el plan funcionaba a la perfección.
Pero aquí empezaron los errores que arruinarían la campaña. Tras Ligny, Napoleón tardó demasiado en organizar la persecución de los prusianos derrotados. Cuando por fin destacó al mariscal Grouchy con unos 33.000 hombres para perseguir a Blücher, ya era tarde. Los prusianos no huyeron hacia el este, alejándose, como Napoleón supuso, sino que se replegaron hacia el norte, manteniéndose en contacto con Wellington. Grouchy los buscó donde no estaban. Ese error de cálculo dejaría a un tercio del ejército francés marchando en la dirección equivocada el día decisivo.
El barro que costó un imperio
La noche del 17 al 18 de junio cayó sobre Bélgica una tormenta torrencial. El campo, recién arado, se convirtió en un lodazal. A la mañana siguiente, Napoleón quiso atacar la posición de Wellington, atrincherada en la loma de Mont-Saint-Jean, cerca del pueblo de Waterloo. Pero el terreno estaba tan embarrado que la artillería no podía maniobrar ni las balas rebotar con eficacia. El emperador decidió esperar unas horas a que el suelo se secara.
Aquella demora, aparentemente prudente, fue fatal. Cada hora perdida acercaba a los prusianos, que ya marchaban en auxilio de Wellington. El ataque, que podría haber comenzado al amanecer, no se inició hasta cerca del mediodía. Napoleón, además, no se encontraba en su mejor forma física y delegó buena parte del mando táctico en Ney, un hombre valiente hasta la temeridad pero poco dado a la paciencia.
Hougoumont y La Haye Sainte
La batalla comenzó con un ataque de distracción contra el castillo de Hougoumont, una granja fortificada en el flanco derecho aliado. La idea era obligar a Wellington a desviar reservas hacia allí. En la práctica ocurrió lo contrario: fueron los franceses quienes se enredaron en un combate feroz por aquellas paredes, alimentando el ataque con cada vez más tropas sin lograr tomar la posición. Hougoumont resistió todo el día, defendido con tenacidad, y desangró inútilmente a las divisiones francesas.
En el centro se libraba otra lucha crucial por la granja de La Haye Sainte. El gran ataque de infantería del cuerpo de d’Erlon avanzó contra el centro aliado, pero fue rechazado con enormes pérdidas por la firmeza de la línea británica y por una devastadora carga de la caballería pesada británica. Los franceses no lograban romper la posición de Wellington, que había ocultado a buena parte de su infantería tras la cresta de la colina para protegerla del fuego de artillería.
Las cargas suicidas de Ney
A media tarde, el mariscal Ney creyó ver signos de retirada en las líneas británicas. Lo que en realidad observaba era el traslado de heridos y prisioneros hacia la retaguardia. Convencido de que el enemigo flaqueaba, lanzó masas enormes de caballería contra el centro aliado. Fue uno de los errores más comentados de la jornada: aquellas cargas se hicieron sin apoyo de infantería ni artillería que las acompañara.
La infantería de Wellington se formó en cuadros, esas formaciones erizadas de bayonetas por los cuatro costados contra las que la caballería es casi impotente. Oleada tras oleada, los jinetes franceses se estrellaron contra los cuadros británicos sin lograr romperlos, sufriendo pérdidas terribles. Ney sacrificó la magnífica caballería francesa en un esfuerzo tan valiente como estéril. Cuando por fin llegó infantería de apoyo y cayó La Haye Sainte, era ya demasiado tarde: los prusianos estaban entrando en el campo.

La Guardia retrocede
El mariscal Blücher, pese a su avanzada edad y a haber sido derrotado dos días antes, cumplió su palabra a Wellington. Sus columnas prusianas comenzaron a presionar el flanco derecho francés en el pueblo de Plancenoit, obligando a Napoleón a desviar reservas para contenerlas. El ejército francés luchaba ahora en dos frentes a la vez, y el tiempo corría en su contra.
Napoleón se jugó su última carta al caer la tarde: lanzó a la Guardia Imperial, la infantería de élite que nunca había sido derrotada, en un asalto final contra el centro aliado. Fue el momento decisivo. Las columnas de la Guardia subieron la loma bajo un fuego infernal y, cuando llegaron arriba, se toparon con la infantería británica que se alzó de golpe y descargó andanadas a quemarropa. Por primera vez en su historia, la Guardia retrocedió. El grito «¡La Guardia retrocede!» corrió por las filas francesas y desató el pánico.
El precio de una sola tarde
El ejército de Napoleón se deshizo en una desbandada general. La caballería prusiana persiguió a los fugitivos durante toda la noche. En cuestión de horas, la Grande Armée dejó de existir como fuerza combatiente. Napoleón regresó a París, abdicó por segunda vez el 22 de junio y acabó desterrado en la remota isla de Santa Elena, en pleno Atlántico Sur, donde moriría seis años después sin volver a pisar Europa.
¿Qué hundió a Napoleón en Waterloo? No una sola causa, sino una acumulación de errores: la persecución fallida de Grouchy, que privó al emperador de un tercio de sus tropas; la demora provocada por el barro, que dio horas preciosas a los prusianos; el desperdicio de fuerzas en Hougoumont; y las cargas de caballería lanzadas sin apoyo por Ney. A ello se sumaron la firmeza de Wellington, maestro de la defensa, y la lealtad de Blücher, que acudió cuando podía haberse quedado en casa. Waterloo demostró que ni el mayor genio militar de su época era inmune al azar, al cansancio y a las decisiones equivocadas tomadas bajo presión. En una sola jornada terminó una era.
