Incitato, el caballo que Calígula quiso hacer cónsul de Roma

Incitato, el caballo que Calígula quiso hacer cónsul de Roma

Es uno de esos relatos que suenan demasiado extravagantes para ser ciertos y, precisamente por eso, todo el mundo los recuerda: un emperador de Roma tan desquiciado que quiso convertir a su caballo en cónsul, la magistratura más alta del Estado. La imagen es irresistible. Un animal cubierto de púrpura presidiendo el Senado, dando órdenes a generales y gobernadores mientras los senadores agachan la cabeza. Pero, como suele ocurrir con las mejores anécdotas de la Antigüedad, la realidad es más matizada, más interesante y quizá más inquietante que la caricatura.

El protagonista es Cayo Julio César Augusto Germánico, al que la historia conoce por su apodo: Calígula. Y el caballo tenía nombre propio, Incitato, que en latín viene a significar «el impetuoso» o «el veloz». Vale la pena separar lo que dicen las fuentes de lo que ha ido añadiendo la leyenda.

Quién era Calígula

Calígula gobernó apenas cuatro años, del 37 al 41 d. C., y sin embargo su nombre se ha convertido en sinónimo de tiranía caprichosa. El apodo, curiosamente, era tierno: de niño acompañaba a su padre, el popularísimo general Germánico, en las campañas del Rin, vestido con un uniforme militar en miniatura que incluía unas pequeñas botas de soldado, las caligae. Los legionarios empezaron a llamarlo «Caligulita», y el mote se le quedó pegado para siempre.

Sus primeros meses en el poder fueron prometedores. Redujo impuestos, organizó juegos, repatrió cenizas de familiares desterrados y se ganó el afecto del pueblo. Pero, según los relatos antiguos, una enfermedad grave a los pocos meses de reinado marcó un antes y un después. A partir de ahí, las fuentes lo describen imprevisible, cruel y obsesionado con humillar a la clase senatorial, ese cuerpo de aristócratas que, en teoría, compartía con el emperador el gobierno de Roma.

Conviene recordar que casi todo lo que sabemos de él procede de autores que escribieron décadas después y que pertenecían, precisamente, a esa élite ofendida. La imagen del monstruo es, en parte, una venganza literaria.

Incitato, el caballo más mimado de Roma

Antes de llegar a la famosa cuestión del consulado, las fuentes se recrean en el trato de lujo que el emperador dispensaba a su caballo favorito. Y aquí los detalles son extraordinarios. Según el biógrafo Suetonio, Incitato dormía en un establo de mármol, comía en un pesebre de marfil y lucía mantas de púrpura y un collar de piedras preciosas. La víspera de las carreras, para que nada perturbara su descanso, se llegaba a imponer silencio en el barrio con la ayuda de soldados.

La cosa no acababa ahí. El animal disponía, siempre según el relato, de su propia casa, con esclavos a su servicio y mobiliario para recibir a los invitados que Calígula mandaba cenar en su nombre. Se cuenta incluso que el emperador brindaba a su salud con copas de oro. Fuera cierto o exagerado, el mensaje era claro: aquel caballo vivía mejor que la mayoría de los ciudadanos libres del Imperio.

Suetonio
Suetonio, el biógrafo cuyo relato fijó la anécdota para la posteridad.

¿Cónsul de verdad? Lo que dicen las fuentes

Llegamos al núcleo del asunto. Dos autores antiguos recogen la historia del consulado, y merece la pena leerlos con atención porque no dicen exactamente lo mismo. Suetonio, en su Vida de los doce césares, escribe que se comentaba que Calígula tenía intención de nombrar cónsul a su caballo. La frase es cautelosa: habla de un propósito, de un rumor, no de un hecho consumado.

El historiador Dión Casio, algo más de un siglo después, va un paso más allá y afirma que el emperador habría hecho cónsul al animal de no haber sido asesinado antes. De nuevo, se trata de una intención frustrada, no de un nombramiento real. En ningún momento las fuentes describen a Incitato ejerciendo el cargo, presidiendo sesiones ni firmando decretos.

Esta distinción es fundamental. La versión popular, esa de que «Calígula nombró cónsul a su caballo», no aparece en ninguna fuente antigua. Lo que aparece es que, supuestamente, pensaba hacerlo. Entre una cosa y la otra hay un abismo, y sobre ese abismo se ha construido una de las leyendas más resistentes de la historia romana.

Locura, provocación o propaganda

¿Cómo interpretar entonces la anécdota? Los historiadores modernos manejan varias lecturas, y ninguna es tan sencilla como decir que estaba loco. La primera y más sugerente es que se trataba de una burla calculada. Al amenazar con dar la más alta magistratura a un caballo, Calígula estaría diciendo a los senadores algo brutal: vuestro cargo es tan vacío, tan decorativo, que hasta un animal podría desempeñarlo igual de bien. Sería un insulto político disfrazado de excentricidad, una manera de recordar a la aristocracia que el poder real ya no residía en ellos, sino en el emperador.

La segunda lectura apunta a la propia naturaleza de las fuentes. Los autores que nos legaron el retrato de Calígula escribían para un público que despreciaba su memoria, y las historias grotescas encajaban a la perfección en el molde del tirano, ese cliché con el que Roma gustaba de describir a los gobernantes que se salían del guion republicano. Amplificar rumores hasta convertirlos en hechos era una herramienta habitual.

La tercera posibilidad, más literal, es que Calígula padeciera algún tipo de trastorno que afectara a su juicio. Se ha especulado con epilepsia, con secuelas de aquella enfermedad temprana e incluso con la presión de un poder absoluto ejercido sin contrapesos. Pero conviene ser prudente: diagnosticar a distancia de dos mil años, a partir de textos hostiles, es un ejercicio arriesgado.

Senado romano
El Senado romano, blanco predilecto de las provocaciones del joven emperador.

Un final tan brusco como su reinado

La carrera de Calígula terminó en enero del año 41, cuando un grupo de oficiales de la guardia pretoriana, encabezado por el tribuno Casio Querea, a quien el emperador había humillado en repetidas ocasiones, lo asesinó en un pasillo del palacio imperial. Con él murieron también su esposa y su hija pequeña. Tenía veintiocho años.

El Senado, por un instante, soñó con restaurar la República. Pero fueron de nuevo los pretorianos quienes decidieron el futuro, proclamando emperador a su tío Claudio, al que encontraron, según la leyenda, escondido tras una cortina. El consulado para Incitato, si alguna vez estuvo sobre la mesa, se esfumó junto con su dueño. Qué fue del caballo después es un misterio que las fuentes no se molestaron en aclarar.

Por qué la historia sigue viva

La anécdota de Incitato ha sobrevivido veinte siglos por una razón muy humana: resume en una sola imagen todo lo que tememos del poder sin límites. Un gobernante que puede elevar a un animal por encima de los hombres es un gobernante que ha perdido todo sentido de la proporción, y esa idea sigue siendo tan potente hoy como en la Roma imperial.

Lo fascinante es que, probablemente, nunca ocurrió tal nombramiento. Lo que hubo fue, en el mejor de los casos, una provocación genial y venenosa; en el peor, una calumnia bien construida. En ambos casos, la historia dice más sobre la relación entre el emperador y el Senado, y sobre cómo se escribe la memoria de los vencidos, que sobre la salud mental de un joven con demasiado poder. La próxima vez que alguien mencione al caballo cónsul, ya sabe que la verdad, como casi siempre, es más sutil que el chiste. Y no por ello menos reveladora.