Levantamos la copa, la hacemos chocar contra la de los demás, nos miramos y decimos «¡salud!». Lo hacemos en bodas, en cumpleaños y en cenas de amigos sin preguntarnos por qué. En otros idiomas se dice cheers, santé o prost, pero el gesto es casi universal. Detrás de ese ritual tan cotidiano, y de muchas otras costumbres de la mesa, se esconden siglos de historia, religión, miedo al veneno y refinamiento social. Repasemos de dónde vienen algunas de las cosas que hacemos, casi sin pensar, cada vez que nos sentamos a comer o a beber.
Beber en honor de los dioses
La costumbre de brindar es antiquísima y tiene un origen sagrado. En la Antigua Grecia y en Roma era habitual la libación: antes de beber, se derramaba un poco de vino en el suelo o sobre un altar como ofrenda a los dioses o en memoria de los difuntos. Beber no era solo un placer, sino también un acto religioso y social. En los banquetes griegos, o simposios, se levantaban las copas para honrar a los dioses, a los ausentes y a los presentes, deseándoles salud y prosperidad.
De hecho, desear salud al beber es una idea que viene de muy lejos. Los romanos brindaban a la salud de sus invitados y de su emperador, y esa asociación entre la bebida compartida y el buen deseo hacia los demás ha sobrevivido, prácticamente intacta, hasta nuestro «¡salud!» de hoy.

El pan tostado que bautizó el brindis
Las palabras que usamos guardan pistas curiosas. En inglés, brindar se dice to toast, literalmente «tostar», y no es casualidad. Antiguamente se acostumbraba a meter un trozo de pan tostado y especiado en la copa de vino para mejorar su sabor o suavizar su acidez. Con el tiempo, la persona a la que se dedicaba la bebida pasó a ser, metafóricamente, ese trozo especial: aquello que daba mejor sabor al encuentro.
En español, la propia palabra «brindis» tiene un origen sorprendente: no viene del latín, sino del alemán. Procede de la expresión bring dir’s, algo así como «te lo ofrezco», que usaban los soldados alemanes al invitar a un trago durante las guerras del siglo XVI. La expresión se coló en el italiano y en el español y acabó dando nombre al gesto entero. Brindar es, etimológicamente, ofrecer.
El mito del veneno y el choque de copas
¿Y por qué hacemos chocar las copas? Aquí abundan las leyendas, algunas muy repetidas y poco fiables. La más popular cuenta que, en épocas de intrigas y envenenamientos, al golpear con fuerza las copas se hacía saltar un poco de líquido de una a otra; si ambos bebían del vino ya mezclado, ninguno podía haber envenenado al otro. Es una historia atractiva, pero no hay pruebas sólidas de que ese sea el verdadero origen.
Otra teoría, igualmente legendaria, sostiene que el ruido del cristal servía para espantar a los malos espíritus que supuestamente se acercaban a la bebida. La explicación más sobria, y probablemente más cierta, es sencilla: al beber disfrutamos con la vista del color, el olfato del aroma, el gusto del sabor y el tacto de la copa. Faltaba un sentido, el oído; y el alegre tintineo del cristal al chocar lo completa. Brindar, así, es una fiesta para los cinco sentidos.
Mirarse a los ojos y otras reglas no escritas
Alrededor del brindis han florecido normas curiosas. En países como Alemania se considera de mala educación —y hasta motivo de mala suerte— no mirarse a los ojos al chocar las copas. En muchos lugares se evita brindar con agua o con la copa vacía, gesto que en ciertas tradiciones se asocia a malos augurios o incluso a desearle algo malo al otro.
Estas reglas, más que supersticiones aisladas, revelan lo que el brindis significa: un pacto momentáneo de confianza y buena voluntad entre quienes comparten mesa. Mirarse, tocar las copas y pronunciar un buen deseo es una manera de decir, sin palabras, que estamos entre amigos.
El tenedor, un recién llegado escandaloso
No todas las costumbres de la mesa son tan antiguas como parecen. El tenedor, hoy imprescindible, tardó siglos en imponerse en Europa y llegó a considerarse un objeto escandaloso. Durante la Edad Media, la gente comía con cuchillo, cuchara y, sobre todo, con las manos. Cuando una noble bizantina lo usó en Venecia, en el siglo XI, algunos clérigos se escandalizaron: emplear un pequeño tridente para comer, en lugar de los dedos que Dios había dado, les pareció un lujo afeminado e impropio.
El tenedor fue ganando terreno poco a poco desde Italia, donde resultaba muy práctico para comer pasta sin quemarse ni mancharse. A lo largo de los siglos XVI y XVII se extendió por las cortes europeas, asociado al refinamiento italiano, y no se generalizó del todo hasta el siglo XVIII. Algo tan básico hoy como pinchar la comida fue, en su día, la última moda de la alta sociedad.
«¡Salud!» al estornudar y el arte de la mesa
Muchas cortesías de mesa y de trato tienen raíces igual de profundas. Decir «salud» o «Jesús» cuando alguien estornuda es una costumbre que se remonta, al menos, a épocas de epidemias, cuando un estornudo podía ser el primer síntoma de una enfermedad temible; desear salud era, casi literalmente, desear que el otro no muriera. La servilleta, el mantel o el uso ordenado de los cubiertos se convirtieron, con los siglos, en señales de buena educación y de posición social.
Al final, casi todo lo que hacemos en la mesa —brindar, chocar las copas, usar tenedor, desear salud— nació de una mezcla de religión, superstición, higiene y buenos modales. Son gestos heredados que repetimos casi en piloto automático, pero que llevan dentro siglos de historia humana. La próxima vez que levante su copa y diga «¡salud!», recuerde que está pronunciando uno de los deseos más antiguos y universales de la humanidad.
