Gilgamesh y los primeros dioses: la mitología más antigua jamás escrita

Gilgamesh y los primeros dioses: la mitología más antigua jamás escrita

Mucho antes de que Homero cantara la cólera de Aquiles y siglos antes de que se escribiera la primera línea de la Biblia, un poeta de Mesopotamia grabó en arcilla la historia de un rey que se negaba a morir. La epopeya de Gilgamesh es el relato literario más antiguo que conserva la humanidad: sus primeras versiones se escribieron hace más de 4.000 años en la tierra que hoy ocupa Irak, y todavía hoy sigue conmoviendo a quien la lee.

Su protagonista no es un dios, sino un hombre desmesurado: Gilgamesh, rey de Uruk, dos tercios divino y un tercio humano según el poema. Junto a su amigo Enkidu se enfrenta a monstruos, desafía a los dioses y, cuando la muerte le arrebata a su compañero, emprende el viaje más humano de todos: la búsqueda de la vida eterna.

Lo más asombroso es que esta historia estuvo perdida durante más de dos mil años. Enterrada bajo las ruinas de Nínive, solo volvió a la luz en el siglo XIX, cuando un modesto grabador londinense descifró unas tablillas rotas y se encontró, de pronto, con un relato del diluvio anterior al de Noé.

La epopeya de Gilgamesh es el poema épico más antiguo conocido: narra las aventuras del rey de Uruk y su búsqueda de la inmortalidad. Sus primeras versiones sumerias datan de hacia el 2100 a. C., y la versión clásica babilónica se conserva en doce tablillas halladas en Nínive.

¿Por qué la epopeya de Gilgamesh es la mitología más antigua jamás escrita?

La respuesta está en la arcilla. Los sumerios inventaron la escritura cuneiforme a finales del cuarto milenio antes de Cristo, y con ella nacieron también las escuelas de escribas donde se copiaban las tablillas una y otra vez. Gracias a esa labor de copia conservamos cinco poemas sumerios independientes sobre Bilgames (la forma sumeria del nombre), puestos por escrito hacia el 2100 a. C., durante la tercera dinastía de Ur. Muchas de esas tablillas aparecieron en la ciudad sagrada de Nippur, uno de los grandes archivos de la mitología sumeria.

Siglos después, hacia el 1800 a. C., un poeta babilonio fundió aquellos relatos sueltos en un único poema en acadio. Y hacia el 1200 a. C. un sabio llamado Sin-leqi-unninni fijó la llamada versión estándar, distribuida en doce tablillas, que comienza con las palabras «El que vio lo profundo». Es esa versión, hallada en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal en Nínive, la que hoy leemos como el Poema de Gilgamesh. Ningún otro relato literario de esta envergadura puede presumir de una antigüedad semejante: cuando se compuso la Ilíada, la historia de Gilgamesh ya llevaba más de mil años circulando por Oriente Próximo.

El rey histórico de Uruk que se convirtió en héroe legendario

¿Existió Gilgamesh de verdad? Casi con total seguridad, sí. La Lista Real Sumeria lo menciona como quinto rey de la primera dinastía de Uruk, y la mayoría de los historiadores sitúa su reinado hacia el 2700 a. C. Otros documentos antiguos lo citan como constructor de la muralla de la ciudad, una obra colosal de casi diez kilómetros que la arqueología ha confirmado. Hasta ahí el hecho; el resto es leyenda: la misma lista le atribuye un reinado de 126 años, y con el tiempo los mesopotámicos acabaron venerándolo como juez del inframundo.

Relieve asirio del Louvre con un héroe dominando un león, identificado con Gilgamesh
El llamado héroe del león, relieve del palacio de Sargón II conservado en el Louvre. (Unknown artist Unknown artist, dominio público, vía Wikimedia Commons)

Su ciudad, Uruk, tampoco es un decorado de fantasía. Fue una de las primeras grandes urbes del planeta: hacia el 3000 a. C. pudo albergar decenas de miles de habitantes, cifras sin rival en su época. En sus templos se desarrolló la escritura y en sus talleres, la producción en serie de cerámica. No es casualidad que la primera epopeya de la humanidad naciera en la misma tierra que siglos más tarde produciría el código de Hammurabi: Mesopotamia fue, durante milenios, el laboratorio de la civilización.

Enkidu, el salvaje que enseñó al rey a ser humano

Al comienzo del poema, Gilgamesh es un tirano espléndido y agotador que oprime a su pueblo. Los dioses escuchan las quejas de Uruk y encargan a la diosa Aruru una solución ingeniosa: crear un rival a su medida. Así nace Enkidu, un hombre salvaje cubierto de pelo que vive entre gacelas y bebe en los abrevaderos de los animales. Solo se civiliza tras pasar seis días y siete noches con Shamhat, una mujer del templo que le enseña a comer pan, beber cerveza y vestirse: una hermosa metáfora del paso de la barbarie a la vida en sociedad.

Cuando ambos héroes se encuentran, pelean con estruendo en las calles de Uruk y de aquel combate sin vencedor claro nace una amistad legendaria. Juntos viajan al Bosque de los Cedros para matar al gigante Humbaba y juntos abaten al Toro Celeste, enviado por la diosa Ishtar después de que Gilgamesh rechazara con insolencia su propuesta de matrimonio. Los dioses no perdonan tanta soberbia: deciden que Enkidu debe morir. Su agonía, narrada con una ternura sobrecogedora, marca el punto de inflexión del poema. Por primera vez, el rey invencible llora y descubre que también él es mortal.

El diluvio de Utnapishtim y la búsqueda de la inmortalidad

Aterrado por la muerte, Gilgamesh abandona su trono y vaga por el mundo en busca de Utnapishtim, el único hombre al que los dioses concedieron la vida eterna. Cruza montañas custodiadas por hombres escorpión, atraviesa un túnel de oscuridad absoluta y conversa con Siduri, la tabernera de los confines del mundo, que le da un consejo inolvidable: disfruta de tu pan, de tu ropa limpia y del abrazo de los tuyos, porque esa es la única felicidad al alcance de los hombres.

Cuando por fin encuentra a Utnapishtim, este le cuenta su secreto: sobrevivió a un diluvio universal desatado por los dioses construyendo un barco y embarcando en él a su familia y a animales de toda especie. Tras la tormenta, soltó aves para buscar tierra firme y ofreció un sacrificio a los dioses. El paralelismo con el arca de Noé es evidente, y no es un caso aislado: el mito de una gran inundación se repite en culturas de todo el mundo. El diluvio de Utnapishtim, sin embargo, es la versión escrita más antigua que conocemos de ese relato.

La lección final es amarga y luminosa a la vez. Utnapishtim reta a Gilgamesh a vencer al sueño durante siete días y el héroe fracasa a las primeras de cambio. Como premio de consolación le revela dónde crece una planta que devuelve la juventud; Gilgamesh la consigue, pero una serpiente se la roba mientras se baña. El rey regresa a Uruk con las manos vacías y comprende, al contemplar sus murallas, que la única inmortalidad posible es la obra que dejamos a los demás.

An, Enlil e Inanna: el panteón básico de la mitología sumeria

Para entender el poema conviene conocer a sus dioses. La mitología mesopotámica imaginaba un cosmos gobernado por una asamblea divina encabezada por An (Anu en acadio), dios del cielo y padre remoto de los demás. El poder efectivo lo ejercía Enlil, señor del viento y de la tierra, el mismo que en el relato del diluvio decide exterminar a la humanidad porque su ruido no le deja dormir. Frente a él, Enki (Ea), dios de las aguas dulces y de la sabiduría, actúa como protector de los hombres y avisa a Utnapishtim de la catástrofe.

Relieve de Burney con una diosa alada, posible imagen de Inanna en la mitología mesopotámica
El Relieve de Burney, pieza babilónica asociada a Inanna o a su hermana Ereshkigal. (CC0, vía Wikimedia Commons)

Y luego está Inanna, la Ishtar de los acadios, diosa del amor y de la guerra, tan fascinante como temible: es ella quien, despechada, lanza el Toro Celeste contra Uruk. Completan el cuadro Utu (Shamash), el sol justiciero que protege a los héroes, y Nanna (Sin), la luna. Este panteón, nacido en las ciudades sumerias, sobrevivió con nombres acadios a todos los imperios de la región y dejó huellas que llegan hasta nuestros días, empezando por la costumbre babilónica de organizar el tiempo que heredamos en el calendario.

George Smith y el desciframiento que asombró al mundo en 1872

La historia moderna del poema parece otra epopeya. A mediados del siglo XIX, las excavaciones británicas en Nínive sacaron a la luz decenas de miles de fragmentos de tablillas procedentes de la biblioteca de Asurbanipal, que acabaron amontonados en el Museo Británico. Allí trabajaba George Smith, un grabador de billetes sin formación universitaria que había aprendido a leer cuneiforme por pura afición, dedicando sus pausas del almuerzo a estudiar las colecciones del museo.

Retrato del asiriólogo George Smith, descifrador de la epopeya de Gilgamesh en 1872
George Smith, el grabador autodidacta que devolvió al mundo la epopeya de Gilgamesh. (Anonymous Unknown author, dominio público, vía Wikimedia Commons)

En 1872, mientras clasificaba fragmentos, Smith leyó en una tablilla la historia de un barco encallado en una montaña y de una paloma soltada en busca de tierra. Según el relato de la época, quedó tan conmocionado que empezó a quitarse la ropa por la sala. El 3 de diciembre de 1872 presentó su hallazgo ante la Sociedad de Arqueología Bíblica de Londres y la noticia dio la vuelta al mundo: existía un diluvio escrito siglos antes que el del Génesis. El periódico Daily Telegraph financió una expedición a Nínive para buscar los fragmentos que faltaban y Smith, contra todo pronóstico, encontró uno de ellos a los pocos días de excavar. Murió en 1876, cerca de Alepo, con solo 36 años, pero había devuelto a la humanidad su primer gran libro, hoy estudiado en detalle por proyectos como los que recoge la World History Encyclopedia.

Conclusión

Hay algo profundamente emocionante en el hecho de que la primera gran historia escrita por el ser humano no hable de victorias, sino de una derrota: la de un rey todopoderoso que no logra escapar de la muerte y aprende a vivir con ella. Cuatro mil años después, la epopeya de Gilgamesh sigue planteando las mismas preguntas que nos hacemos hoy y ofreciendo, en boca de una tabernera del fin del mundo, la misma respuesta sencilla: la vida es breve, y precisamente por eso vale la pena. Quizá esa sea la verdadera inmortalidad que Gilgamesh encontró sin saberlo: seguir hablándonos desde la arcilla cuando ya no queda nada de su mundo.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.