Kami, yokai y Amaterasu: los dioses y espíritus de la mitología japonesa

Kami, yokai y Amaterasu: los dioses y espíritus de la mitología japonesa

Un día, cuenta la leyenda, el sol desapareció del cielo. La diosa Amaterasu, ofendida por las brutalidades de su hermano, se encerró en una cueva de roca y el mundo entero quedó sumido en la oscuridad. Ochocientas divinidades se reunieron ante la entrada, y lo que se les ocurrió no fue una batalla ni un sacrificio, sino una carcajada colectiva. Pocas historias resumen mejor el espíritu de la mitología japonesa: dramática, poética y con un sorprendente sentido del humor.

Ese universo de dioses creadores, espíritus traviesos y emperadores de sangre divina no es una reliquia de museo. Sigue vivo en los miles de santuarios sintoístas que salpican Japón, en las festividades que marcan el calendario y, de forma más ruidosa, en el anime y los videojuegos que han llevado a kitsune, oni y tengu a las pantallas de medio mundo. Pero entre la tradición original y su versión pop hay diferencias enormes.

Este artículo recorre esas historias fundacionales tal y como las recogieron los cronistas hace trece siglos: la creación del archipiélago, el drama familiar de los dioses, el desfile de los yokai y la línea que conecta a una diosa solar con el trono imperial hasta el siglo XX.

La mitología japonesa es el conjunto de relatos sintoístas recogidos en el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720) que narran la creación de Japón por los dioses Izanagi e Izanami, las hazañas de la diosa solar Amaterasu y de su hermano Susanoo, y pueblan el mundo de espíritus: los kami y los yokai.

El sintoísmo y los kami: la base de la mitología japonesa

La base de todo este universo es el sintoísmo, la religión autóctona de Japón. A diferencia de otras grandes tradiciones, no tiene fundador, ni libro sagrado dogmático, ni un credo cerrado. Su corazón son los kami, un término que suele traducirse como dioses pero que en realidad abarca mucho más: espíritus o presencias sagradas que habitan montañas, ríos, árboles centenarios, cascadas e incluso antepasados ilustres. Una expresión tradicional habla de yaoyorozu no kami, literalmente ocho millones de kami, una forma poética de decir que son incontables.

A los kami se les honra en los jinja o santuarios, reconocibles por sus puertas torii, esos pórticos que marcan la frontera entre el espacio cotidiano y el sagrado. El monte Fuji es un kami, y también lo es Inari, protector del arroz y del comercio, cuyos santuarios están custodiados por estatuas de zorros. Frente al panteón jerarquizado de la mitología nórdica, con su Asgard y su genealogía ordenada, el mundo de los kami es difuso y cercano: lo divino no vive en un palacio lejano, sino en el paisaje que se pisa cada día. El sintoísmo convive además sin conflicto con el budismo desde el siglo VI, y muchos japoneses practican ritos de ambas tradiciones con total naturalidad.

Izanagi e Izanami: la pareja que creó Japón

Izanagi e Izanami crean las islas de Japón con la lanza celestial enjoyada
Izanagi e Izanami remueven el océano con la lanza celestial, según Kobayashi Eitaku. (Kobayashi Eitaku, dominio público, vía Wikimedia Commons)

El relato de la creación comienza con Izanagi e Izanami, hermanos y esposos, a quienes los dioses primordiales encargaron dar forma al mundo. De pie sobre el puente flotante del cielo, hundieron la lanza enjoyada Ame no Nuboko en el océano primigenio y la removieron. Las gotas de salmuera que cayeron de la punta se solidificaron y formaron la primera isla, Onogoro. Allí la pareja levantó un pilar celestial, celebró el primer rito nupcial y engendró las islas del archipiélago japonés y a decenas de kami.

La historia, sin embargo, acaba en tragedia. Izanami murió abrasada al dar a luz a Kagutsuchi, el dios del fuego, y descendió a Yomi, el sombrío país de los muertos. Izanagi, desesperado, bajó a buscarla, pero al encender una luz descubrió que su esposa era ya un cadáver en descomposición. Huyó horrorizado y selló la entrada del inframundo con una roca gigantesca. Desde el otro lado, Izanami juró matar a mil personas cada día; él respondió que cada día haría nacer a mil quinientas. Así explicaban los antiguos japoneses el equilibrio entre la muerte y la vida.

Del episodio nació algo más. Al purificarse en un río para limpiarse la contaminación de la muerte, de los ojos y la nariz de Izanagi surgieron tres divinidades cruciales: Amaterasu, diosa del sol, de su ojo izquierdo; Tsukuyomi, dios de la luna, del derecho; y Susanoo, dios de las tormentas, de su nariz. Ese baño ritual es el origen mítico del misogi, la purificación con agua que todavía se practica a la entrada de los santuarios.

Amaterasu y la cueva: el día que se apagó el sol

El episodio más célebre de todo el ciclo enfrenta a los dos hermanos. Susanoo, violento e impulsivo, arrasó los arrozales de su hermana, profanó su palacio y arrojó un potro celestial desollado dentro de la sala donde sus doncellas tejían, causando la muerte de una de ellas. Amaterasu, entre la ira y el duelo, se encerró en la cueva celestial de Ama no Iwato y el universo quedó a oscuras: sin sol no había cosechas, y los espíritus malignos campaban a sus anchas.

Los ochocientos kami reunidos ante la cueva urdieron entonces un plan tan ingenioso como teatral. Colgaron de un árbol un espejo y joyas, y la diosa Ame no Uzume se subió a una tina invertida y bailó una danza tan desvergonzada que la asamblea entera estalló en carcajadas. Intrigada por aquel escándalo, Amaterasu entreabrió la roca y preguntó cómo podían reír en un mundo sin luz. Le respondieron que celebraban la llegada de una diosa aún más brillante que ella y le acercaron el espejo. Al asomarse para ver a su supuesta rival, deslumbrada por su propio reflejo, el forzudo Ame no Tajikarao la sacó de la cueva y la luz volvió al mundo. El mito, además de explicar los eclipses y el retorno del sol, consagró al espejo como objeto sagrado del sintoísmo.

Susanoo y la serpiente de ocho cabezas

Susanoo combate a la serpiente de ocho cabezas Yamata no Orochi en un grabado japonés
Susanoo se enfrenta al monstruo Yamata no Orochi, en una estampa de Yoshitoshi. (Yoshitoshi, dominio público, vía Wikimedia Commons)

Expulsado del cielo por su comportamiento, Susanoo protagonizó después una redención digna de un héroe. En la región de Izumo encontró a una pareja de ancianos llorando: una serpiente monstruosa de ocho cabezas y ocho colas, Yamata no Orochi, había devorado a siete de sus hijas y venía a por la última. Susanoo ideó una trampa a la altura del monstruo: hizo preparar sake fortísimo en ocho tinajas, una por cabeza, y esperó. Cuando la criatura se emborrachó y quedó dormida, la despedazó con su espada.

En una de las colas encontró una hoja extraordinaria, la espada Ame no Murakumo, más tarde conocida como Kusanagi, que ofreció a Amaterasu en señal de reconciliación. Ese detalle no es menor: la espada, junto al espejo de la cueva y la joya curva del mismo ciclo mítico, forma los tres tesoros sagrados de Japón, las insignias que desde hace siglos legitiman a cada nuevo emperador y que ningún ciudadano común ha podido contemplar jamás.

¿Qué son los yokai y en qué se diferencian de los kami?

Si los kami representan lo sagrado, los yokai encarnan lo extraño. Son las criaturas sobrenaturales del folclore: monstruos, aparecidos y espíritus ambiguos que no se veneran en santuarios, sino que se temen, se negocian o directamente se esquivan. El gran catálogo visual de estas criaturas lo dibujó el artista Toriyama Sekien en 1776 con su Gazu Hyakki Yagyo, una suerte de enciclopedia ilustrada del desfile nocturno de los cien demonios.

Ilustración clásica de un kappa, yokai acuático del folclore japonés, por Toriyama Sekien
El kappa según Toriyama Sekien, del catálogo de yokai de 1776. (Hokkei, dominio público, vía Wikimedia Commons)

Entre los más famosos están los kitsune, zorros longevos capaces de adoptar forma humana, a menudo la de una mujer hermosa, que pueden ser tramposos crueles o fieles mensajeros del dios Inari. El kappa es un ser acuático con caparazón y un cuenco de agua en la cabeza: si se le hace una reverencia, la devuelve por cortesía, derrama el agua y pierde su fuerza. Los oni son ogros cornudos armados con mazas de hierro, protagonistas del Setsubun, la fiesta en la que aún hoy se lanzan habas para espantarlos. Y los tengu, criaturas de las montañas con nariz descomunal, pasaron de ser aves demoníacas a maestros de esgrima: la leyenda dice que uno de ellos entrenó al héroe Minamoto no Yoshitsune.

Conviene separar esta tradición de su eco moderno. El anime y el manga han hecho de los yokai un fenómeno global, pero los reinventa con libertad absoluta: el zorro de nueve colas de las series de moda, los espíritus amables de las películas de Studio Ghibli o los monstruos coleccionables de los videojuegos son criaturas nuevas inspiradas en el folclore, no el folclore mismo. Ocurre igual que con los samuráis y el mito que construyó el cine: la imagen popular es espectacular, pero la realidad histórica y la tradición original son bastante más complejas y, a menudo, más interesantes.

Del Kojiki al trono: el emperador descendiente de una diosa

Todo el corpus de la mitología japonesa se puso por escrito muy pronto. En el año 712, el cronista O no Yasumaro terminó el Kojiki o Registro de cosas antiguas, el libro más antiguo conservado de Japón, compilado por orden imperial a partir de tradiciones orales. Apenas ocho años después, en 720, se completó el Nihon Shoki, una crónica más extensa y de vocación diplomática. Ambas obras no eran simple literatura: eran documentos políticos destinados a demostrar que la familia imperial descendía directamente de Amaterasu.

La genealogía era explícita. La diosa del sol envió a su nieto Ninigi a gobernar la tierra, entregándole el espejo, la espada y la joya. Bisnieto de Ninigi fue Jinmu, el primer emperador legendario, cuya ascensión al trono se fecha tradicionalmente en el año 660 antes de Cristo. Del mismo modo que los faraones de la mitología egipcia se proclamaban hijos de Ra, los emperadores japoneses reinaron durante siglos como arahitogami, dioses encarnados en forma humana. Lo extraordinario es cuánto duró esa idea: solo el 1 de enero de 1946, tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial y por presión de las fuerzas de ocupación, el emperador Hirohito renunció públicamente a su divinidad en la llamada Declaración de Humanidad. La dinastía, eso sí, continúa: es la monarquía hereditaria más antigua del mundo en ejercicio.

Conclusión

La mitología japonesa no es una colección de cuentos exóticos, sino la columna vertebral de una civilización. Sus relatos explicaron el nacimiento de las islas, el ciclo del sol, el miedo a la muerte y hasta la legitimidad del trono durante más de mil doscientos años. Y a diferencia de los dioses de Grecia o Roma, que hoy solo viven en los libros, los kami siguen recibiendo ofrendas cada mañana en miles de santuarios, y los yokai siguen mutando en cada nueva pantalla.

Quizá esa sea su lección más profunda: una mitología no muere mientras siga contándose. La próxima vez que un zorro de nueve colas aparezca en una serie o un torii rojo se cuele en una fotografía de viaje, detrás habrá trece siglos de historias que empezaron con dos dioses removiendo el océano con una lanza. Saber distinguir la tradición de su eco moderno no le quita magia; la multiplica.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.