El nombre de una época
Hay dirigentes que dan nombre a su tiempo, y Pericles es uno de ellos. Cuando los historiadores hablan del Siglo de Pericles se refieren a las décadas centrales del siglo V a. C., el momento en que Atenas alcanzó su mayor esplendor político, cultural y artístico. Durante más de treinta años, un solo hombre marcó el rumbo de la ciudad, no como un tirano que impusiera su voluntad, sino como el líder capaz de convencer una y otra vez a una asamblea de ciudadanos libres.
Bajo su influencia, Atenas perfeccionó su democracia, levantó los monumentos que aún hoy coronan la Acrópolis y se convirtió en la capital cultural del mundo griego. Pero también condujo a la ciudad a la guerra que acabaría con su hegemonía. La figura de Pericles reúne, como pocas, la grandeza y las contradicciones de la Atenas clásica.
Atenas después de las Guerras Médicas
Para entender a Pericles hay que recordar el mundo en el que creció. Pocos años antes de su nacimiento, hacia el 495 a. C., los griegos habían rechazado las gigantescas invasiones del Imperio persa en las Guerras Médicas. Atenas había sido incluso incendiada por los persas, pero de aquella prueba salió reforzada: su flota había resultado decisiva en la victoria, y la ciudad se puso al frente de una alianza de estados griegos, la Liga de Delos, creada para continuar la lucha contra Persia.
Con el tiempo, esa alianza defensiva se transformó en algo muy parecido a un imperio ateniense, en el que los aliados pagaban tributo y Atenas dictaba las reglas. Ese fue el instrumento de poder sobre el que Pericles construiría buena parte de su obra.

El ascenso de un aristócrata demócrata
Pericles procedía, por vía materna, de una de las grandes familias aristocráticas de Atenas, los Alcmeónidas. Sin embargo, orientó su carrera hacia el bando democrático, el que defendía ampliar la participación del pueblo en el gobierno. Era una paradoja habitual en la política ateniense: muchos de los grandes líderes populares salían de la propia élite.
En sus primeros años impulsó, junto a otros políticos, reformas que recortaron el poder de las viejas instituciones aristocráticas en favor de la asamblea y los tribunales populares. Fue apartando a sus rivales mediante el ostracismo, el peculiar sistema ateniense por el que la ciudadanía podía desterrar durante diez años a un político demasiado poderoso. Elegido una y otra vez para el cargo de estratego, el principal puesto militar y político, llegó a ser reelegido durante quince años consecutivos, un dominio sin precedentes en una democracia tan celosa de repartir el poder.
La democracia de los ciudadanos
La gran aportación de Pericles a la política fue profundizar la democracia. Su medida más significativa fue introducir un salario público para quienes ejercían como jurados en los tribunales y desempeñaban otros cargos. Puede parecer un detalle menor, pero era revolucionario: significaba que también los ciudadanos pobres, que vivían de su trabajo diario, podían permitirse dedicar tiempo a los asuntos públicos sin arruinarse. La política dejaba de ser un lujo reservado a los ricos.
El sistema tenía límites que hoy nos resultan chocantes: solo eran ciudadanos los varones adultos hijos de padre y madre atenienses, una ley que el propio Pericles impulsó, mientras que las mujeres, los extranjeros residentes y los esclavos quedaban excluidos. Pero, dentro de ese círculo, el grado de participación directa en el gobierno fue mayor que en casi cualquier sociedad anterior o posterior. Los ciudadanos debatían y votaban en persona las leyes, la guerra y la paz.
Mármol para la eternidad
El símbolo más duradero de la Atenas de Pericles es de piedra. Con los recursos del tesoro de la Liga de Delos, trasladado desde la isla de Delos a Atenas, impulsó un ambicioso programa de construcción para reconstruir los templos destruidos por los persas. En lo alto de la Acrópolis se levantó el Partenón, dedicado a la diosa Atenea, una obra maestra de la arquitectura supervisada por el gran escultor Fidias, junto a los majestuosos Propileos que servían de entrada monumental al recinto sagrado.
La decisión no estuvo exenta de polémica. Muchos aliados y algunos atenienses consideraban un abuso emplear el dinero común, destinado en teoría a la guerra contra Persia, en embellecer una sola ciudad. Pericles defendió el gasto argumentando que Atenas cumplía su parte protegiendo a los aliados y que, a cambio, tenía derecho a usar los fondos como quisiera. El resultado, más allá del debate, fue un conjunto monumental que dos mil quinientos años después sigue siendo símbolo de toda una civilización.

La guerra y la peste
El poderío ateniense terminó chocando con el de Esparta, la gran potencia militar terrestre de Grecia, y sus aliados. En el año 431 a. C. estalló la Guerra del Peloponeso, un largo y agotador conflicto entre las dos coaliciones. Pericles diseñó una estrategia prudente: como Esparta era casi imbatible en tierra, propuso evitar las batallas campales, refugiar a la población rural detrás de las murallas que unían Atenas con su puerto y confiar en el dominio del mar para desgastar poco a poco al enemigo.
La estrategia era razonable, pero el destino jugó en contra. Con la población hacinada dentro de las murallas, una terrible epidemia, la llamada peste de Atenas, se propagó a partir del año 430 a. C. y mató a una enorme parte de los habitantes. La enfermedad minó la moral de la ciudad y alcanzó también a Pericles, que murió en el año 429 a. C., cuando la guerra apenas empezaba. Atenas resistiría muchos años más, pero ya sin la mano firme de su gran líder.
El legado de un líder
Buena parte de lo que sabemos de Pericles se lo debemos al historiador Tucídides, que puso en su boca uno de los discursos más famosos de la Antigüedad: la oración fúnebre en honor de los primeros caídos de la guerra. En ella, Pericles no elogia a los muertos hablando de riquezas, sino describiendo el sistema por el que dieron la vida: una ciudad gobernada por muchos y no por unos pocos, abierta al mundo, orgullosa de su libertad y de su cultura. Sea cual sea la fidelidad exacta de esas palabras, resumen el ideal que Atenas quería tener de sí misma.
Su tiempo fue también el de un florecimiento cultural sin igual. En los teatros de Atenas se estrenaban las tragedias de Sófocles y Eurípides, que aún hoy se representan; en sus calles y plazas se debatían las nuevas ideas de filósofos y maestros llegados de todo el mundo griego, y la escultura y la arquitectura alcanzaban una perfección que marcaría el canon del arte occidental. Pericles no creó por sí solo aquel milagro, pero supo dar a la ciudad la estabilidad, los recursos y la ambición necesarios para que germinara. Rodearse de artistas y pensadores brillantes fue una de sus decisiones más duraderas.
Pericles no fue un gobernante perfecto ni todopoderoso: dependía del voto de la asamblea, cometió errores y dejó a su ciudad enredada en una guerra que no vería terminar. Pero supo canalizar la energía de la Atenas de su tiempo hacia una obra política y cultural que la humanidad no ha olvidado. La democracia, el teatro, la filosofía y el arte que florecieron a su alrededor convirtieron a una ciudad relativamente pequeña en una de las cunas de la civilización occidental. Por eso, aún hoy, a aquellas décadas las llamamos, sencillamente, el Siglo de Pericles.
