De campesino a emperador
Hacia el año 482 nació en una aldea de los Balcanes un niño llamado Petrus Sabbatius. Nada en su origen campesino anticipaba que llegaría a ceñir la púrpura imperial. Su golpe de suerte tenía nombre: su tío Justino, un soldado casi analfabeto que fue ascendiendo en el ejército hasta comandar la guardia imperial y que, a la muerte del emperador, se hizo con el trono. Justino, sin hijos, llamó a su lado a su sobrino, lo educó en Constantinopla y lo adoptó. En su honor, el joven tomó el nombre con el que pasaría a la historia: Justiniano.
Cuando Justino murió en el año 527, Justiniano ya gobernaba de hecho, y asumió el poder con una idea fija en la cabeza. El Imperio romano de Occidente había caído medio siglo antes, y sus antiguas provincias estaban en manos de reinos germánicos. Justiniano se veía a sí mismo como heredero legítimo de los césares y soñaba con una renovatio imperii, la restauración del viejo Imperio romano en toda su extensión. A ese sueño dedicaría su vida, su tesoro y la sangre de sus soldados.

Teodora y la revuelta que casi lo derriba
A su lado reinó una de las mujeres más notables de la Antigüedad: Teodora. De origen humilde, había sido actriz, un oficio entonces mal visto, antes de casarse con Justiniano y convertirse en emperatriz. Lejos de ser una figura decorativa, Teodora participó en el gobierno, influyó en las leyes y demostró un temple que salvó el trono de su marido.
La prueba llegó en el año 532 con la revuelta de Niká. En Constantinopla, las facciones de aficionados a las carreras de carros, los verdes y los azules, se unieron en una explosión de violencia contra el emperador. Durante días la ciudad ardió, y los amotinados llegaron a proclamar a otro emperador. Justiniano, acorralado, pensó en huir. Según la crónica, fue Teodora quien lo detuvo con un discurso célebre: prefería morir como emperatriz antes que sobrevivir como fugitiva, pues la púrpura era el mejor sudario. Envalentonado, Justiniano ordenó a sus generales Belisario y Mundo actuar. Las tropas encerraron a la multitud en el hipódromo y provocaron una matanza que se contó por decenas de miles. El trono quedó salvado, aunque a un precio terrible.
El influjo de Teodora fue mucho más allá de aquella jornada. Impulsó leyes que mejoraban la posición jurídica de las mujeres, endurecían el castigo de quienes traficaban con jóvenes y ampliaban los derechos de la esposa en el matrimonio y la herencia. Fundó instituciones para acoger a mujeres desamparadas y opinó con criterio propio en los grandes debates religiosos de la corte. Cuando murió, en el año 548, Justiniano perdió a su consejera más lúcida, y ninguno de sus años posteriores alcanzó el brillo de la etapa en que ambos gobernaron juntos.
Leyes para la eternidad
Si algo garantizó a Justiniano la inmortalidad no fueron sus batallas, sino sus leyes. El derecho romano se había acumulado durante siglos en una maraña contradictoria de edictos, sentencias y opiniones de juristas. Justiniano encargó a una comisión dirigida por el jurista Triboniano ordenar todo aquel caos. El resultado fue una obra monumental que más tarde se conocería como Corpus Iuris Civilis, el cuerpo del derecho civil.
La compilación reunía las leyes vigentes en un código, resumía la sabiduría de los juristas clásicos en el Digesto, ofrecía un manual para estudiantes en las Instituciones y recogía las nuevas leyes del propio emperador. Aquella obra preservó el pensamiento jurídico de Roma y se convirtió, siglos después, en la base del derecho de buena parte de Europa. Todavía hoy, conceptos y principios que estudian los abogados proceden en línea directa de la compilación ordenada por Justiniano. Ningún ejército conquistó tanto y durante tanto tiempo como aquellos libros.
El sueño de recuperar Roma
Con las finanzas ordenadas y el trono firme, Justiniano lanzó su gran empresa: reconquistar Occidente. Su instrumento fue un general de extraordinario talento, Belisario. En el año 533 este desembarcó en el norte de África y, en una campaña relámpago, destruyó el reino de los vándalos y recuperó las ricas provincias africanas. Después puso rumbo a Italia, en manos del reino ostrogodo.
La guerra de Italia, sin embargo, resultó mucho más larga y devastadora. Durante casi veinte años, la península fue asolada por combates, asedios y hambrunas. Ciudades como Roma cambiaron de manos varias veces y quedaron arruinadas. Al final, con el general Narsés al mando, el Imperio logró someter Italia, y también arrebató a los visigodos una franja del sur de Hispania. Sobre el mapa, el Mediterráneo volvía a ser casi por completo un lago romano. Pero el esfuerzo había vaciado las arcas y agotado a la población, y las nuevas conquistas eran frágiles.
Santa Sofía: la iglesia imposible
La revuelta de Niká había destruido buena parte de Constantinopla, incluida su principal iglesia. Justiniano decidió reconstruirla a lo grande, y el resultado fue una de las mayores obras arquitectónicas de todos los tiempos: Santa Sofía, la iglesia de la Sabiduría Divina. Levantada en apenas cinco años y terminada en el año 537, deslumbraba por una cúpula gigantesca que parecía flotar sobre un anillo de ventanas, como suspendida del cielo.
Cuenta la tradición que, al contemplar su obra terminada, Justiniano exclamó que había superado al mismísimo Salomón, el rey bíblico constructor del templo de Jerusalén. Durante casi mil años, Santa Sofía fue la mayor catedral de la cristiandad y el símbolo del poder imperial bizantino. Su audaz diseño influyó en la arquitectura durante siglos, y todavía hoy asombra a quienes la contemplan en la actual Estambul.
Santa Sofía fue la joya de un ambicioso programa constructor que se extendió por todo el Imperio. Justiniano levantó iglesias, palacios, puentes y acueductos y, sobre todo, una vasta red de fortalezas para blindar unas fronteras siempre amenazadas por persas, eslavos y otros pueblos. Un cronista de su corte dedicó un tratado entero a enumerar aquellas obras. El emperador entendía la arquitectura como una forma de poder: cada muralla y cada cúpula proclamaban que el Imperio romano seguía vivo y que su señor era digno heredero de los césares.
Grandeza y sombra de un reinado
El reinado de Justiniano tuvo también su lado oscuro. En el año 541 estalló una pandemia devastadora, la llamada peste de Justiniano, que recorrió el Mediterráneo y mató a una parte enorme de la población. El propio emperador enfermó y sobrevivió, pero el Imperio quedó debilitado justo cuando más recursos necesitaba para sostener sus conquistas. Las guerras interminables y los impuestos elevados provocaron descontento, y su gobierno, pese a su brillo, dejó un Estado exhausto.
Justiniano murió en el año 565, tras casi cuatro décadas de reinado. Su sueño de un Imperio romano restaurado apenas le sobrevivió: pocos años después de su muerte, los lombardos invadieron Italia y buena parte de lo reconquistado se perdió. Sin embargo, su legado más profundo resultó imperecedero. Sus leyes moldearon el derecho de Occidente, su gran iglesia sigue en pie y su figura encarna como pocas la ambición de un hombre que, desde una aldea de los Balcanes, se atrevió a querer reconstruir el mundo entero a la medida de su sueño. Cuando siglos después Europa redescubrió el derecho romano, lo hizo a través de sus libros, estudiados en las nuevas universidades y convertidos en cimiento de los códigos de innumerables países hasta hoy.
