Un imperio decidido a domar el hielo
A mediados del siglo XIX, el Reino Unido era la mayor potencia naval del planeta y le quedaba un trofeo pendiente: el Paso del Noroeste, la ruta marítima que supuestamente unía el Atlántico con el Pacífico bordeando el norte de Canadá. Durante casi trescientos años, marinos de media Europa habían buscado ese atajo hacia las riquezas de Asia entre un laberinto de islas heladas. En 1845, la Marina Real británica creyó que había llegado el momento de cerrar el mapa de una vez por todas.
Para la misión eligieron a sir John Franklin, un oficial veterano de 59 años que ya conocía el Ártico por expediciones anteriores. No era el candidato más joven ni el más audaz, pero cargaba con prestigio y con las ganas de redimir una carrera que había sufrido reveses. Nadie imaginaba que aquel viaje se convertiría en el mayor desastre de la historia de la exploración polar británica.
El Paso del Noroeste llevaba siglos alimentando sueños y tragándose expediciones. El Almirantazgo había llegado a ofrecer una recompensa de miles de libras a quien lo encontrara, y cada intento fallido no hacía sino aumentar el prestigio del que lograra por fin unir los dos océanos. Con casi todo el mapa ya dibujado, se pensaba que solo faltaba rellenar un pequeño hueco entre las últimas costas conocidas. Franklin partía, en teoría, para dar la última pincelada a una obra de tres siglos.

Dos barcos casi indestructibles
La expedición partió con lo mejor de la tecnología de su tiempo. Los dos buques, el HMS Erebus y el HMS Terror, eran antiguos bombarderos reconvertidos, con cascos reforzados con planchas de hierro para resistir la presión del hielo. Cada uno llevaba una máquina de vapor tomada del ferrocarril que movía una hélice y calentaba el interior, un lujo pensado para sobrevivir a los interminables inviernos polares.
Las bodegas guardaban provisiones para tres años: miles de latas de conserva —una novedad entonces—, toneladas de harina, carne salada y hasta una biblioteca con más de mil volúmenes. Zarparon 134 hombres; cinco fueron enviados de vuelta desde Groenlandia por enfermedad, de modo que 129 continuaron hacia lo desconocido. En julio de 1845, unos balleneros europeos cruzaron unas palabras con la tripulación en la bahía de Baffin. Fue la última vez que alguien de fuera los vio con vida.
La partida fue casi festiva. La prensa británica presentaba la expedición como un paseo triunfal, y la confianza era tan absoluta que apenas se contemplaron planes de rescate serios. Se daba por hecho que aquellos barcos, los más avanzados de su tiempo, no podían fallar. Esa certeza fue, precisamente, uno de los factores que retrasó la respuesta cuando las cosas empezaron a torcerse.
El silencio que lo devoró todo
Pasó un invierno, y luego otro, sin noticias. En Londres, la ausencia de cartas empezó a inquietar. Hacia 1848, la Marina, presionada además por Jane Griffin, la tenaz esposa de Franklin, organizó las primeras expediciones de rescate. Fue el inicio de una de las mayores operaciones de búsqueda jamás emprendidas: durante más de una década, decenas de barcos peinaron el Ártico. Irónicamente, al buscar a Franklin cartografiaron miles de kilómetros de costa y terminaron de dibujar el mapa que él había ido a completar.

Las primeras pistas fueron macabras. En la isla de Beechey aparecieron tres tumbas de marineros muertos ya durante el primer invierno, cuidadosamente marcadas con lápidas de madera. Pero de los barcos y del grueso de la tripulación no había ni rastro. El Ártico parecía haberse tragado a los 129 hombres sin dejar apenas huella.
La nota escondida en un mojón de piedras
La clave llegó en 1859, cuando una expedición dirigida por Leopold McClintock recorrió la isla del Rey Guillermo. Bajo un montón de piedras hallaron un documento que hoy se conoce como la nota de Victory Point. En realidad eran dos mensajes escritos en el mismo papel. El primero, de mayo de 1847, era tranquilizador: «todo va bien». El segundo, garabateado al margen casi un año después, era una sentencia de muerte.
Aquella nota de abril de 1848 contaba que los barcos llevaban un año y medio atrapados en el hielo, que sir John Franklin había muerto el 11 de junio de 1847, que veinticuatro hombres ya habían fallecido y que los 105 supervivientes abandonaban los buques para intentar llegar a pie al continente, siguiendo un río hacia el sur. Nunca lo lograron. A lo largo de la ruta fueron apareciendo esqueletos, un bote salvavidas cargado con objetos absurdos para semejante marcha y los rastros de una agonía prolongada.
El testimonio que Inglaterra no quiso oír
Ya en 1854, el explorador escocés John Rae había recogido entre los inuit de la zona un relato estremecedor: los últimos hombres, hambrientos y enfermos, habían recurrido al canibalismo antes de morir. Rae lo comunicó a Londres, y la reacción fue de furia. La idea de que oficiales británicos hubieran comido carne humana resultaba intolerable para la sociedad victoriana. El propio Charles Dickens escribió artículos para desacreditar a los inuit y defender el honor de los expedicionarios.
El tiempo dio la razón a Rae. Estudios forenses posteriores encontraron en los huesos marcas de corte compatibles con el descuartizamiento, exactamente como habían descrito los inuit. Su conocimiento del terreno, despreciado durante generaciones, resultó ser la fuente más fiable de toda esta historia.
Qué los mató realmente
No hubo una sola causa, sino una tormenta perfecta. El frío extremo, el agotamiento y la falta de comida fueron la base. A ello se sumaron el escorbuto, provocado por la carencia de vitamina C, y probablemente la tuberculosis. Durante años se popularizó la teoría de que el plomo de las soldaduras de las latas de conserva —o de las tuberías del sistema de agua de los barcos— había envenenado poco a poco a la tripulación, nublándoles el juicio. Análisis recientes matizan esa idea: el envenenamiento por plomo pudo agravar la situación, pero difícilmente fue el detonante principal frente al hambre y la enfermedad.
En la década de 1980, el antropólogo Owen Beattie exhumó en la isla de Beechey los cuerpos de tres marineros que el permafrost había conservado casi intactos durante ciento treinta años. Los rostros congelados de aquellos hombres, con la piel y la ropa todavía reconocibles, se convirtieron en una de las imágenes más inquietantes de toda la exploración polar. Sus tejidos mostraban niveles elevados de plomo, pero también signos de tuberculosis y desnutrición, un recordatorio de que ningún factor por sí solo explica lo ocurrido.
Los barcos que reaparecieron siglo y medio después
El enigma tenía un último capítulo bajo el agua. En 2014, un equipo de Parks Canada localizó los restos del HMS Erebus; en 2016 apareció el HMS Terror, sorprendentemente bien conservado, en una bahía que ya llevaba su nombre. En ambos casos, la pista decisiva volvió a proceder de la tradición oral inuit, que durante generaciones había señalado dónde se había hundido «un barco grande».
La búsqueda de Franklin acabó cumpliendo su objetivo original de la manera más amarga. El Paso del Noroeste fue finalmente navegado de principio a fin por el noruego Roald Amundsen entre 1903 y 1906, en un pequeño barco con apenas seis hombres, justo lo contrario de la colosal expedición que había fracasado medio siglo antes. La lección quedó grabada para siempre: en el Ártico, la humildad y el conocimiento del terreno pesaban más que todo el hierro y el vapor del mayor imperio del mundo.

