En julio de 1212, en un paraje de Sierra Morena llamado las Navas de Tolosa, se enfrentaron dos mundos: la coalición de reinos cristianos del norte de la península ibérica y el imperio almohade, que dominaba Al-Ándalus y buena parte del norte de África. La batalla que allí se libró está considerada uno de los grandes puntos de inflexión de la larga guerra medieval conocida como la Reconquista. Después de aquel día, el equilibrio de fuerzas en la Península quedó roto de forma irreversible.
Dos mundos frente a frente
A comienzos del siglo XIII, la península ibérica estaba partida en dos. Al sur dominaban los almohades, un poderoso imperio de origen bereber que había cruzado el estrecho de Gibraltar desde el actual Marruecos para unificar Al-Ándalus bajo una interpretación rigorista del islam. Al norte se extendían los reinos cristianos —Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal—, a menudo más ocupados en guerrear entre sí que en combatir a un enemigo común. El recuerdo de la derrota cristiana de Alarcos, en 1195, donde el rey Alfonso VIII de Castilla había sido humillado por los almohades, seguía muy vivo. El califa almohade Muhammad al-Nasir, al que las crónicas cristianas llamaban Miramamolín, preparaba una gran ofensiva para arrasar los reinos del norte. La amenaza era tan seria que, por una vez, logró lo que parecía imposible: unir a los rivales cristianos.

Una cruzada dentro de la Península
Alfonso VIII de Castilla, decidido a vengar Alarcos, obtuvo del papa Inocencio III que la expedición fuera proclamada como una auténtica cruzada, con las mismas indulgencias que las campañas de Tierra Santa. La llamada atrajo a caballeros de media Europa, sobre todo del sur de Francia, además de las tropas de los reinos peninsulares. Junto a Alfonso VIII acudieron el rey Pedro II de Aragón y el rey Sancho VII de Navarra, apodado el Fuerte por su corpulencia. El arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, que dejaría un relato de primera mano, fue una de las almas de la empresa. El ejército se concentró en Toledo en la primavera de 1212 y emprendió la marcha hacia el sur. No todo fue armonía: buena parte de los cruzados extranjeros, incapaces de soportar el calor y descontentos con el trato dado a la población conquistada, abandonaron la campaña antes de la batalla decisiva.

El paso secreto de la sierra
El gran obstáculo no era solo el enemigo, sino el terreno. El ejército almohade aguardaba en una posición muy fuerte, protegido por los desfiladeros de Sierra Morena, la barrera montañosa que separa la meseta del valle del Guadalquivir. Los cristianos corrían el peligro de quedar atrapados en los pasos, donde su superioridad se disolvería. La tradición, recogida en las crónicas, cuenta que un pastor de la zona se ofreció a guiarlos por una senda poco vigilada que les permitió cruzar la sierra y desplegarse en una llanura elevada frente al campamento almohade sin tener que forzar los desfiladeros. La leyenda posterior convirtió a aquel pastor en un enviado divino, pero, más allá del adorno piadoso, el episodio refleja un hecho real: los cristianos lograron sortear la trampa geográfica y presentar batalla en condiciones favorables.
El choque en la llanura
La mañana del 16 de julio de 1212, los dos ejércitos se desplegaron frente a frente. Las cifras que dan las crónicas son fabulosas y poco fiables, pero es seguro que se trataba de dos huestes muy numerosas para la época. Los cristianos se organizaron en tres grandes cuerpos, con las tropas castellanas en el centro y las de Aragón y Navarra en las alas. Los almohades, por su parte, colocaron en primera línea a sus tropas más expuestas y reservaron a la guardia del califa en la retaguardia. Al-Nasir dirigía la batalla desde una tienda instalada en lo alto, protegido por un anillo de guerreros. El primer embate cristiano se estrelló contra la resistencia almohade y hubo momentos en que la línea flaqueó. La entrada en combate de las reservas cristianas y el empuje de los reyes de Aragón y Navarra terminaron por quebrar el dispositivo enemigo.
La cadena rota
El momento culminante llegó cuando las tropas cristianas alcanzaron el reducto del califa. Según la tradición, la tienda de al-Nasir estaba rodeada por una empalizada de guerreros encadenados entre sí para que no huyeran, y romper aquella barrera equivalió a decapitar al ejército almohade. El propio Sancho VII de Navarra habría tenido un papel destacado en el asalto final; en recuerdo de aquella hazaña, las cadenas pasaron a formar parte del escudo de armas del reino de Navarra, que aún hoy las conserva. Con su campamento arrasado, el califa huyó del campo de batalla y el ejército almohade se deshizo en una desbandada que se convirtió en matanza.
El principio del fin de Al-Ándalus
La derrota de las Navas de Tolosa fue un golpe del que el imperio almohade no se recuperó. Al-Nasir regresó a Marruecos desacreditado y murió poco después; sin un poder fuerte que la sostuviera, la unidad de Al-Ándalus se resquebrajó en las décadas siguientes. El camino hacia el valle del Guadalquivir quedó abierto, y en apenas una generación cayeron en manos cristianas las grandes ciudades del sur: Córdoba en 1236, Sevilla en 1248. A partir de entonces, la presencia musulmana en la Península quedó reducida esencialmente al reino nazarí de Granada, que sobreviviría, como estado tributario y aislado, hasta 1492. Por eso los historiadores suelen señalar las Navas de Tolosa como la batalla que inclinó de manera decisiva la balanza: no acabó con Al-Ándalus de un solo golpe, pero marcó el momento en que su desaparición se volvió, a largo plazo, cuestión de tiempo.
