Belisario (hacia 500-565) fue el general del emperador Justiniano que recuperó para el Imperio romano de Oriente el norte de África que dominaban los vándalos y buena parte de Italia, con Roma incluida. La mayor parte de lo que sabemos de él lo escribió Procopio, su asesor legal, que lo elogió en una obra y lo destrozó en otra. Y la imagen de Belisario ciego y pidiendo limosna, la que pintaron David y tantos otros, no aparece en ningún autor de su tiempo.
¿Quién fue Belisario?
Procopio cuenta que Belisario era de Germania, un lugar «entre Tracia e Iliria», en los Balcanes. Nació hacia 500 o 505 y aparece por primera vez muy joven («con la primera barba», escribe Procopio) como guardia personal de Justiniano, cuando este todavía era general y no emperador. En 527, el año en que Justiniano llegó al trono, el emperador Justino lo puso al frente de las tropas de Dara, en la frontera con Persia, y Procopio pasó a ser su asesor.
Tenía además una fuerza propia: los bucelarios, jinetes de su casa que equipaba y pagaba él mismo. Según Procopio, llegó a mantener siete mil, y cualquiera de ellos podía pelear en primera línea.
Dara y Calínico: una gran victoria y una derrota con dos versiones
En el verano de 530, junto a la fortaleza de Dara, en la frontera de Mesopotamia, Belisario enfrentó a un ejército persa mucho mayor: según Procopio, 25.000 romanos contra 40.000 persas, a los que al día siguiente se sumaron otros 10.000. Antes había hecho cavar una zanja delante de sus líneas; esperó el ataque y lo rechazó. Fue su primera gran victoria.
El 19 de abril de 531 perdió en Calínico, a orillas del Éufrates, y aquí las fuentes no coinciden. Procopio, que entonces era su asesor, escribió que Belisario bajó del caballo y peleó a pie con la infantería hasta la noche. El cronista Juan Malalas contó otra cosa: que había huido antes, cruzando el Éufrates en un bote. El historiador Ian Hughes considera más probable la versión de Malalas.
La revuelta de Niká
En enero de 532, las facciones del hipódromo de Constantinopla se levantaron contra Justiniano y proclamaron emperador a Hipacio, sobrino del antiguo emperador Anastasio. Justiniano pensó en huir. Según Procopio, lo detuvo la emperatriz Teodora con un discurso que terminaba con un viejo dicho: «la realeza es un buen sudario». Belisario y otro general, Mundo, entraron con sus tropas en el hipódromo, donde estaba la multitud, y la masacraron. Procopio calcula que ese día murieron más de 30.000 personas, como contamos en la historia de Justiniano.
África en unos meses y un triunfo que solo celebraban los emperadores
En 533, Justiniano lo mandó contra el reino de los vándalos, con capital en Cartago. Belisario desembarcó en la costa africana, venció en Ad Decimum, entró en Cartago y volvió a vencer en Tricamarum. En 534 se le rindió el rey Gelimer. El reino que los vándalos habían fundado casi un siglo antes desapareció en unos meses.
De vuelta en Constantinopla, Belisario celebró un triunfo, el antiguo desfile de los generales victoriosos. Procopio anota que hacía unos seiscientos años que nadie que no fuera emperador recibía ese honor, y que Belisario no desfiló a la antigua sino a pie, desde su casa hasta el hipódromo. Entre el botín iba el tesoro del templo de Jerusalén: Tito lo había sacado de allí en el año 70, y los vándalos se lo llevaron a Cartago cuando saquearon Roma en 455. Un judío advirtió que esos objetos solo podían estar en Jerusalén: por ellos, dijo, Genserico había tomado el palacio de Roma, y ahora los romanos el de los vándalos. Justiniano se asustó y los mandó a las iglesias de Jerusalén.
Gelimer desfiló como prisionero. Cuando vio a Justiniano en su trono no lloró ni se quejó, cuenta Procopio: solo repetía la frase del Eclesiastés, «vanidad de vanidades, todo es vanidad». Después le quitaron el manto de púrpura y lo obligaron a postrarse ante el emperador. Belisario hizo lo mismo, como suplicante junto a él.
Nápoles por un acueducto y Roma por la Puerta Asinaria
En 535 Justiniano lo mandó contra los ostrogodos, que gobernaban Italia. Belisario tomó Sicilia casi sin pelear y en 536 sitió Nápoles. El asedio duró unos veinte días: un soldado isaurio descubrió que por el acueducto, que Belisario había hecho cortar, se podía llegar al interior de la ciudad. Unos cuatrocientos hombres entraron por ahí después de ensanchar a escondidas el paso, y Nápoles cayó.
El 9 de diciembre de 536 entró en Roma por la Puerta Asinaria, mientras los godos se retiraban por la Puerta Flaminia. Procopio anotó que la ciudad volvía a ser de los romanos «después de sesenta años»: eran justo los que habían pasado desde que Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, en 476.

Los godos volvieron con su rey, Vitiges, y sitiaron Roma. Belisario la defendió con pocas tropas, entre el hambre y las epidemias. Según Procopio, el asedio duró «un año y nueve días»: los godos se retiraron hacia el equinoccio de primavera de 538.
Rávena, 540: la corona que fingió aceptar
En 540, sitiados en Rávena, su capital, los godos le propusieron a Belisario que se quedara con Italia como emperador de Occidente. Él fingió aceptar, entró en la ciudad sin combatir y la tomó en nombre de Justiniano. Cuando ya se iba, los godos insistieron y le ofrecieron la púrpura; esta vez, según Procopio, los rechazó abiertamente.
Justiniano no lo dejó en Italia. Lo llamó de vuelta y lo mandó otra vez contra los persas, mientras un nuevo rey godo, Totila, recuperaba gran parte de lo perdido.
Procopio, el asesor que lo elogió y lo destrozó
Procopio de Cesarea contó las campañas de Belisario en la Historia de las guerras, donde el general sale casi siempre bien parado. Pero hacia 550 escribió también la Historia secreta, un libro que no se publicó hasta 1623, a partir de un manuscrito de la Biblioteca Vaticana. Allí Belisario aparece como un hombre dominado por su esposa, Antonina, amiga de la emperatriz Teodora.
Ese mismo libro cuenta cómo lo apartaron del mando. En 542, cuando Justiniano enfermó de la peste que asolaba Constantinopla, corrió el rumor de que había muerto, y a Belisario lo acusaron de haber dicho que el ejército no aceptaría a otro emperador elegido en la capital. «Aunque ninguno de los cargos se pudo probar», escribe Procopio, el emperador lo apartó del mando de Oriente a instancias de Teodora. Sus guardias se sortearon entre generales y eunucos del palacio, y Justiniano prohibió a sus amigos visitarlo. Después lo rehabilitaron, y en 544 volvió a Italia casi sin tropas ni dinero, para una guerra que no pudo ganar.
Los últimos años de Belisario
En 559, ya retirado, lo llamaron para defender Constantinopla de los cutriguros, jinetes de las estepas que amenazaban la ciudad. Con unos trescientos veteranos y una multitud de campesinos, los rechazó. En 562 lo acusaron de estar al tanto de una conspiración contra Justiniano y le confiscaron los bienes. Lo rehabilitaron en 563 y murió en marzo de 565, pocos meses antes que el propio Justiniano.
El Belisario ciego y mendigo: de dónde sale la leyenda
Ningún autor de su tiempo cuenta que lo dejaran ciego ni que pidiera limosna. La historia aparece por primera vez en los Patria de Constantinopla, una colección del siglo X de relatos sobre la ciudad: allí Justiniano le hace sacar los ojos y lo sienta con un cuenco de barro a pedir un óbolo a los que pasan. En el siglo XII, el erudito bizantino Juan Tzetzes la contó en verso. Niccolò Alemanni, el primer editor de la Historia secreta, propuso que se lo había confundido con Juan de Capadocia, el poderoso prefecto de Justiniano al que, según Procopio, despojaron de todo y obligaron a pedir «pan u óbolos» camino de su destierro en Egipto.
En España, el dramaturgo Antonio Mira de Amescua, que murió en 1644, llevó la leyenda al teatro en El ejemplo mayor de la desdicha y capitán Belisario. Allí Justiniano, celoso por Teodora, manda sacarle los ojos, y Belisario pide por los caminos: «Dad limosna a Belisario». Todavía se reimprimía en el siglo XVIII: la Real Academia Española conserva una edición de Valencia de 1781 que, en la portada, se la atribuye a Lope de Vega. En Francia, la novela Bélisaire, de Jean-François Marmontel (1767), la puso de moda, y Jacques-Louis David la pintó en 1781.

Pocos años después, Edward Gibbon la despachó en su historia de Roma como «una ficción de tiempos posteriores», que se ganó el favor del público como ejemplo de los vaivenes de la fortuna.
Lo que se repite de Belisario y lo que dicen las fuentes
| Lo que se repite | Lo que dicen las fuentes |
|---|---|
| Terminó ciego y pidiendo limosna | Ningún autor de su época lo cuenta. La leyenda aparece en los Patria de Constantinopla (siglo X) y la difundieron Tzetzes (siglo XII), Mira de Amescua y Marmontel (1767). |
| Murió olvidado y en la miseria | Lo rehabilitaron en 563 y murió en marzo de 565. Según Gibbon, sus tesoros pasaron al emperador después de su muerte. |
| Rechazó la corona de Italia | En 540 fingió aceptarla para entrar en Rávena sin combatir. La rechazó abiertamente después, cuando ya se iba (Procopio). |
| Nunca perdió una batalla | Perdió en Calínico (531), y según Juan Malalas huyó antes del final. |
| Fue «el último gran general de Roma» | Es un elogio, no un dato: después de él, Narsés, otro general de Justiniano, derrotó a los godos en 552 y 553. |
Fuentes
Fuentes antiguas y medievales: Procopio, Historia de las guerras (libros 1, 3, 4, 5, 6 y 7) e Historia secreta; Juan Malalas, Cronografía; Agatías, Historias, libro 5; Patria de Constantinopla; Juan Tzetzes, Quilíadas.
Obras y estudios modernos: A. Mira de Amescua, El ejemplo mayor de la desdicha y capitán Belisario (siglo XVII); J.-F. Marmontel, Bélisaire (1767); E. Gibbon, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, cap. 43 (1788); I. Hughes, Belisarius: The Last Roman General (2009); Encyclopaedia Britannica, «Belisarius» (1911).




