Saladino: el sultán que reconquistó Jerusalén y se ganó el respeto de los cruzados

Grabado histórico de Saladino, sultán de Egipto y Siria

Hay un detalle incómodo en la manera en que Europa recuerda las Cruzadas: uno de sus grandes héroes no fue cristiano, sino el hombre que derrotó a los cristianos. Saladino, el sultán kurdo que le arrebató Jerusalén a los cruzados en 1187, terminó convertido en la Edad Media europea en el modelo mismo de la caballerosidad, el enemigo al que todos querían parecerse. Dante lo colocó entre los paganos virtuosos del Limbo, junto a Homero y Aristóteles. Ocho siglos después, su nombre sigue apareciendo en estatuas, banderas y películas de Hollywood. ¿Cómo llegó el adversario a convertirse en leyenda?

El general que unificó un mundo musulmán dividido

Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, conocido en Occidente como Saladino, nació hacia 1137 en Tikrit, en el actual Irak, dentro de una familia kurda al servicio de los gobernantes turcos de Siria. Su ascenso no tuvo nada de meteórico ni de heroico en sus inicios: llegó a Egipto como oficial subordinado de su tío, un general enviado a intervenir en una disputa palaciega, y solo tras una serie de muertes oportunas y maniobras políticas se encontró, en 1169, al frente del país como visir.

Lo que hizo con esa posición fue lo verdaderamente decisivo. Egipto era entonces territorio chiita, gobernado por la dinastía fatimí, mientras que la mayoría del mundo islámico circundante era suní. Saladino abolió el califato fatimí, restauró la autoridad suní y, a la muerte de su antiguo señor Nur al-Din, fue extendiendo su control sobre Siria, Mesopotamia y buena parte de Arabia. Por primera vez en generaciones, un solo gobernante rodeaba por tierra a los estados cruzados del Levante. La pieza que faltaba era Jerusalén.

Grabado histórico de Saladino, sultán de Egipto y Siria
Saladino, sultán de Egipto y Siria, en un grabado de época.

Hattin: la batalla que decidió la suerte de Jerusalén

El 4 de julio de 1187, el ejército cruzado cometió un error del que nunca se recuperaría. Atraídos hacia una meseta árida cerca de un volcán apagado conocido como los Cuernos de Hattin, miles de soldados marcharon durante un día entero bajo el sol del verano sin apenas agua, mientras las tropas de Saladino les cerraban cualquier vía de retirada y prendían fuego a la maleza seca para asfixiarlos con humo. Cuando por fin llegaron al lugar de la batalla, estaban tan deshidratados y exhaustos que apenas pudieron oponer resistencia.

La derrota fue total. El ejército cruzado quedó prácticamente aniquilado, el rey Guy de Lusignan cayó prisionero y, con él, la reliquia más sagrada del reino: un fragmento que se veneraba como la Vera Cruz, capturado en el campo de batalla y jamás devuelto. Sin ejército que la defendiera, la costa del Levante quedó abierta. Jerusalén, la ciudad por la que se había lanzado la Primera Cruzada noventa años antes, ya no tenía forma de resistir.

Miniatura medieval de la batalla de Hattin entre Saladino y los cruzados
Miniatura medieval que representa la batalla de Hattin, 1187.

La reconquista sin masacre

Aquí es donde la historia de Saladino se separa de la que cabría esperar. Cuando los cruzados tomaron Jerusalén en 1099, las crónicas de la época describen matanzas de la población musulmana y judía de la ciudad, con las calles cubiertas de cadáveres. Cuando Saladino recuperó la ciudad en octubre de 1187, ocurrió casi lo contrario.

El sultán negoció la rendición y permitió que la mayoría de los habitantes cristianos abandonaran la ciudad pagando un rescate modesto, tasado por edad y sexo. Miles de personas demasiado pobres para pagarlo fueron liberadas igualmente, algunas por intervención directa de Saladino y de su hermano, que pagaron rescates de su propio bolsillo. No hubo saqueo generalizado ni matanza. Los cronistas cristianos de la época, obligados a admitirlo a regañadientes, reconocieron la moderación del sultán, y ese contraste con 1099 fue uno de los primeros ladrillos de su leyenda posterior.

Eso no convierte la conquista en un acto de bondad desinteresada: seguía siendo una guerra, con esclavización de parte de los prisioneros que no pudieron pagar y una ciudad que cambiaba de manos por la fuerza. Pero la diferencia de trato, documentada por fuentes de ambos bandos, fue real y notable para los estándares de la época.

Ilustración de Saladino entrando en Jerusalén tras su reconquista en 1187
Saladino entra en Jerusalén tras su reconquista en 1187.

El enemigo perfecto: Saladino y Ricardo Corazón de León

La caída de Jerusalén provocó la Tercera Cruzada, encabezada por Ricardo I de Inglaterra, Felipe II de Francia y el emperador Federico Barbarroja, que murió ahogado antes de llegar a Tierra Santa. Fue en el enfrentamiento entre Ricardo y Saladino donde la leyenda de la caballerosidad del sultán terminó de fraguarse.

Los cronistas árabes de la corte de Saladino, en particular Baha al-Din ibn Shaddad, relatan varios episodios que la tradición europea adoptó y amplificó con entusiasmo: que Saladino envió a Ricardo caballos de refresco cuando este perdió su montura en combate, para que un rey no luchara a pie como un plebeyo; que le hizo llegar fruta y nieve de las montañas cuando el rey inglés cayó enfermo de fiebre. Son anécdotas que conviene tomar con cautela, como gran parte de la crónica caballeresca medieval, pero que aparecen en fuentes cercanas a los hechos y que, ciertas o exageradas, retratan cómo ambos bandos querían presentar a su adversario: como alguien digno de respeto.

La guerra terminó en 1192 sin que ninguno de los dos lograra una victoria decisiva. Ricardo no consiguió reconquistar Jerusalén; Saladino no logró expulsar a los cruzados de la costa. El resultado fue una tregua de tres años que dejaba la ciudad en manos musulmanas, pero garantizaba a los peregrinos cristianos acceso seguro a los lugares santos. Ricardo zarpó de regreso a Europa sin haber llegado a ver, según cuenta la tradición, la ciudad que había ido a reconquistar. Saladino murió en Damasco pocos meses después, en marzo de 1193, y sus cronistas registraron que, al morir, su tesoro personal apenas alcanzaba para pagar su propio entierro: lo había repartido casi todo en limosnas a lo largo de su vida.

Grabado antiguo del enfrentamiento entre Ricardo Corazón de León y Saladino
Grabado antiguo del enfrentamiento entre Ricardo Corazón de León y Saladino.

De sultán histórico a símbolo político

La fama de Saladino en Occidente no dejó de crecer después de su muerte. Dante lo situó en el Limbo, reservado a las grandes almas paganas anteriores al cristianismo o ajenas a él, un honor que no concedió a ningún otro musulmán contemporáneo suyo. Siglos más tarde, la novela «El talismán» (1825) de Walter Scott convirtió al sultán en el paradigma del caballero oriental noble y astuto, una imagen romántica que tenía tanto de invención literaria como de historia real.

En el siglo XX, Saladino se transformó además en símbolo político dentro del propio mundo árabe. Gamal Abdel Nasser lo invocó como referente del panarabismo egipcio; el águila de Saladino, un emblema heráldico atribuido a su época, acabó en los escudos de armas de Egipto, Irak, Palestina, Yemen y los Emiratos Árabes Unidos. Saddam Hussein, nacido cerca de Tikrit como Saladino, explotó deliberadamente ese paralelismo geográfico para presentarse como su heredero. Y en 2005, la película «El reino de los cielos» volvió a llevar su figura al gran público, con la misma tensión de siempre entre el personaje histórico y el símbolo que cada época necesita fabricar.

Pocas figuras medievales han sido reclamadas con tanto entusiasmo por bandos tan distintos: cronistas cristianos que admiraban a su enemigo, poetas que lo imaginaban como un caballero más, y gobernantes del siglo XX que lo convirtieron en bandera. Saladino ganó una guerra real, en Hattin y en Jerusalén. Pero la batalla que sigue librando, ochocientos años después, es la de quién tiene derecho a contar su historia.

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Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.